Overblog
Edit post Seguir este blog Administration + Create my blog
17 junio 2012 7 17 /06 /junio /2012 18:14

Desde hace casi cinco años, y desde que mi papá murió, mi día del padre tiene una mecánica distinta a lo que era antes. Hoy en día, el día del padre es levantarme temprano, desayunar e irme al cementerio Parque del Recuerdo de Lurín, donde mi viejo está enterrado.

 

Sin embargo, el día presenta algunas complicaciones. En primer lugar, y como todos los años, debo enfrentarme primero con el infernal tráfico que sólo en estos días se genera en los cementerios, con el absurdo precio con que los floristas ofertan sus rosas marchitas y con el estrés de, una vez adentro, encontrar un lugar para estacionar. De ahí, y luego de sortear a la gente, finalmente puedo llegar a su tumba, presentarle mis respetos y empezar con un ritual ya conocido: lavar el mármol seco por el sol, mientras arranco el pasto crecido alrededor de la lápida y preparo las flores que dejaré. Normalmente, este parque es un sitio apacible y reflexivo, pero días como hoy, no. En este punto es que empieza la otra parte de mi estrés. Yo llego conmovido y recogido a su tumba, con el respeto que el lugar reclama, pero últimamente percibo que ya no encajo en ese comportamiento con el resto de personas que también van al camposanto. Con los años veo más gente relajada, divertida, que llegan con su gaseosa, su comidita, sus cervecitas, ¡sus perritos! y se atoran de la risa producto de la comida y los tragos mientras miran cómo sus niños juegan mundo entre las lápidas de mármol del piso que aún no han sido visitadas. Con tamaña distracción, es difícil hilvanar una oración completa. A veces me digo si en verdad la gente va al cementerio a conmemorar y respetar el lugar donde descansan los huesos de aquellos que amaron, o es que están buscando una razón más para no quedarse en casa y salir a pasear en mancha, en familia. O es que acaso quieren justificar con el alcohol su melancolía y tristeza, de tal manera que los demás no los vean vulnerables y sensibles. Cada familia es una historia y cada historia es una experiencia diferente, por lo cual uno debe aprender a respetar la forma de expresar el duelo del otro, aunque ellos no respeten la tuya.

 

Finalmente pude limpiar su tumba mientras mi mamá traía agua para hidratar las flores. Mientras miraba su nombre en la loza, y como siempre me pasa, recordé otros días como éste cuando de niño los días previos al tercer domingo de junio demandaban preparación y esmero. Desde el nido hasta el sexto de primaria nos ilusionaba aprender la poesía para la actuación; llenábamos nuestras manos de témpera, goma, palitos de helado, papeles de colores, telas, pinzas, palitos de tejer, escarcha, tednopor y demás artilugios necesarios para esas manualidades, con la tierna idea de que nuestro esfuerzo se vería recompensado con la exhibición de nuestra obra en el escritorio de la sala, en la repisa del cuarto o en la oficina del trabajo de papá. Felizmente mi viejo nunca me rompió la burbujita y siempre prometía que mi portalapicero hecho con cono de papel higiénico y algodón humedecido en goma pintada adornaría el escritorio de su oficina. Las pocas veces que fui a su oficina nunca lo vi. Felizmente recién reparo en eso, pues me proveyó de una infancia feliz.

 

Cuando creces y ya no tienes excusa para seguir regalando manualidades siempre está tu mamá cómplice que te acompañará a comprar alguna cosita, por más pequeña que sea.Sin embargo, a estas alturas, comprarle un regalo a tu viejo resulta ser un engaña muchachos, pues la propina que te da tu papá sirve para su regalo; o sea, si uno más uno es dos y dos más dos es cuatro, te darás cuenta que –a buena cuenta- es como si tu papá te encargara que le compres algo. Sin embargo, vivir con el cómplice momento hace a todos felices: él se hará el sorprendido y tú seguirás comprándole regalos… con su dinero.

 

Luego llega tu independencia económica, y empiezas a generar tu propio dinero. Sabedor de tus nuevos ingresos individuales, tu papá esperará un gesto generoso de tu parte, aunque no lo diga ni lo manifieste. Mínimo lo sacarás a comer; aunque siempre es válido el viejo cuento de “todo está lleno hoy día” para que tu mamá, resignada, se saque el vestido de fiesta y prepare el consabido plato que a tu papá le encanta, y todos felices con la acertada –y económica- decisión.

 

Cómo escribí alguna vez, el regalo qué más emocionó a mi viejo fue su celular, que lo compramos con mis hermanos: el gadget más importante de la tecnología en sus manos era finalmente su sueño más escondido. Aparte de eso, no recuerdo exactamente qué es lo último que le regalé, pero espero que lo haya hecho feliz. Por otro lado, mi papá nunca se hacía problemas con los regalos y lo que le regalabas le gustaba, así que nunca sentí que me hubiera equivocado alguna vez en mi elección de sus regalos, lo que me hacía muy feliz, e ingenuo.

 

Feliz día papá. Te cuento que te hubiera encantado ver las carreras de caballos en un televisor full HD; no creerías todo lo que se puede guardar en una tarjeta SD y en los nuevos celulares. Te asombraría cómo ha avanzado la tecnología a como tú la conocías. Por otro lado, no te pierdes mucho de la selección de fútbol (por ese lado te envidio), y tu voto por Keiko seguramente hubiera sido agradecido, pero no recompensado. También te cuento que no he vuelto a ver a alguien en casa hacer huevos pasados, ni emocionarse tanto como cuando, a escondidas, te traía una pizza o una lasagna que te la comias con diligencia y prontitud, vale decir, te la comias en una! . Tampoco he visto a nadie tan terco que creyera que un artículo en desuso aún puede usarse como tú tan fervientemente creías. Aún tengo tu pipa en forma de pistola, y conservo la taza que usabas para tu café. De tu ropa no hubo mucho que rescatar, aunque conservo un saco que usabas y que me niego a botar.

 

Ya no hay manualidades ni adornos que hacer ni quien los reciba. Ya no hay regalos comprados con tu misma plata; ya no hay regalos que sorprendan, ni contratiempos para conseguirlos. Solo hay silencio en un día donde otros años se escuchaban murmullos tras la puerta antes de entrar y asaltar tu cama con regalos y declamaciones. Ya no hay salidas en familia para saludar a todos los otros que, como tú, estaban de fiesta. Pero la vida sigue, y ya me tocará pasar por eso. Espero hacerlo bien.

 

Creo que es lo que tú hubieras querido. Ojalá. Un abrazo a la distancia. Ahí nos vemos viejo.

Compartir este post
Repost0

Comentarios

Darcy López 06/18/2012 09:41

Que facilidad que tienes para plasmar tus vivencias!

Presentación

  • : al final de la calle
  • : Bueno, a mi me gusta, ojala a ustedes. Es un espacio donde escribo algunas historias personales, reales algunas y otras sazonadas, así como pensamientos y algunos extractos de cartas y viejas libretas que me pareció interesante compartir.
  • Contacto

Texto Libre

Enlaces