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29 mayo 2011 7 29 /05 /mayo /2011 12:52

temblor2.jpg 

Hace poco un simpático señor de acento y apellido portugués, -muy elocuente y bastante tremendista- pronosticó para mi linda y tres veces coronada villa de los Reyes una catástrofe de dimensiones colosales. No dijo “un temblor”. Dijo “EL” terremoto.

 

No sé si este amable señor es un charlatán o ve más allá de lo evidente, como Leono en los thundercats. Personalmente, respeto mucho a quienes viven del arte de la adivinación y sus oscuros derivados, y aunque sigo siendo escéptico en muchos de los casos, debo reconocer que algunas veces me han dejado muy sorprendido y en algunos casos, asustado. Aún así, pronosticar que morirá alguien importante o que habrá dentro de poco un desastre natural es como pronosticar que vendrá otro verano o volverá a ser navidad. Ser precisos en personas, eventos  o fechas es más complicado y he visto a muy pocos acertarle. El último gran adivino a quien agradecí todas sus predicciones fue el agradable pulpo paul en el último mundial de fútbol. Mi querido amigo Christian “lo peruano es mejor” perdió todas sus apuestas conmigo por creer en nuestro abanderado y peruanísimo cuy Jimmy, animalito que, con sus desacertadas predicciones, se acerca más a mi concepto sobre los adivinos y sus visiones.

 

Sin embargo, la conmoción ha sido recibida con cautela en mi casa. Cosa rara ya que esperaba tiendas de campaña y noches en sleeping, ya que recuerdo que las primeras noches desde el temblor del 2006  -vamos, aquí en Lima fue temblor- las chicas de mi familia dormían con el buzo puesto, prestas para salir corriendo al primer remezón. Comencé a observar con sorpresa botellas de agua en cada escalón de  la entrada de mi casa a las que atribuí su ubicación como un medio para espantar moscas, pero que no eran otra cosa que nuestras futuras reservas líquidas en caso se desate un terremoto en la ciudad. Las mochilas con ropa, comida en lata, linternas y curitas aparecieron en el  corredor, listas como mochila de soldado ante el primer remezón. Claro, el detalle que faltaba es que hay que revisarlos cada cierto tiempo, ya que como todo peruano, pasado el susto y relajados los controles el liquido en las botellas se puso verde, las pilas sulfataron las linternas y el atún tomó vida y salió corriendo dentro de su lata al haber mutado luego de su prolongado vencimiento.

 

 temblor.jpg.jpg

Guardar la calma en esas circunstancias no es nuestra mayor virtud para nosotros los peruanos. No sé si sea totalmente cierto que es la falta de preparación. Hay a veces un espíritu arraigado de desorden y pánico heredado para el que ningún simulacro te prepara. Nadie espera que te muevan el piso y salgas tranquilo como si tocaran el timbre y supieras quien es. Ni bien hay un temblor -por pequeño que sea- hordas de madres devastadas se agolpan en las puertas de los colegios reclamando a sus hijos, salimos a las calles para ver como quedó el barrio y comentar dónde nos agarró, nos dan libre lo que queda del día en muchos trabajos y a los pocos días se programa un simulacro en el que -pasado el susto- muy pocos participan.  Algunos lo podemos tomar con mucha serenidad pero a otros joder! Abran paso pa correr!!

 

A pesar que un evento natural es siempre preocupante y hay que tomarlo con mucha responsabilidad, a veces sucede tan rápido que no te das cuenta de lo que pasa. Yo recuerdo vivamente en mi niñez a mi mamá sacándome de mi cama cuando la tierra se movía llevándonos hasta a dos hijos por brazo. Con el tiempo –y hasta hace poco- mi mamá y mi tía perfeccionaron su sistema anti temblores y se repartieron las responsabilidades espirituales: Empezado el remezón, agarraban al más próximo y nos sacaban de los cuartos a todos,  y en un santiamén nos agolpaban bajo alguna columna de la casa, donde hasta al perro se acurrucaba. Eso sí, todos juntos eh! Que si nos morimos nos encuentren a todos bajo la misma columna. Y mientras una gritaba diez padres nuestros en cinco segundos la otra se encargaba a viva voz de recitar las plegarias recetadas para aplacar la tierra“¡aplaca tu ira Señor!” “Aún no Señor!!”  Todo esto sucedía tan rápido que a nosotros nos angustiaba lo desgarrador de tales rezos y ruegos, mientras en la habitación del fondo, mi papá –que nunca se movía de donde estaba- se mataba de la risa del temblor, como retándolo a que lo saque de su cama.

 

Algunas veces el temblor me sorprendió en el colegio. Siempre lo había tomado con mucha tranquilidad (quería emular a mi viejo) pero a veces no podía. Recuerdo claramente que una vez, estando en secundaria, se sintió un sacudón y yo, casi como reflejo y acercándome bastante a la agilidad de mi mamá, salí disparado a la puerta del salón. Cuando abrí la puerta en franca solidaridad y arrojo para que los demás escaparan de las garras de la naturaleza, me encontré con que yo era el único de pie al lado de la puerta. Tratando de minimizar la vergüenza, tuve que improvisar y lance lo que tenía en los bolsillos al tacho que estaba al lado, y regresé a mi sitio.

 

El último gran temblor en Lima me sorprendió en el trabajo. Para mi mala suerte mi oficina se ubicaba en una antigua casona de adobe y quincha, y con el pasar de los segundos se empezó a mover de un lado a otro como había escuchado sólo se movían las casonas antiguas, con lo cual la puerta de metal se atascó. Cuando al fin pudimos salir, se fue la luz en toda la zona mientras la tierra se seguía moviendo. Hasta ahí la gente gritaba y se abrazaba, pero cuando de pronto el cielo resplandeció en la oscura noche empecé a asustarme. Para algunos transeúntes parecía que aquel resplandor inusual no era otra cosa que el aviso del fin, pues muchos se arrodillaron o se tiraron al piso repitiendo las mismas frases  de mi tía y mi mamá, pidiéndole a Dios que aplacara su ira, que no se los lleven, que los perdone, etc. En la confusión yo pensaba: cómo no estoy con mi familia… claro, la del egoísta que si se va a morir, se quiere morir con toda la familia. Al menos los que integrábamos mi oficina no entramos en pánico y luego de cerrar todo pude volver a mi casa, sin luz ni teléfono, donde mi papá, aún cuando ya se encontraba enfermo y sin poder hablar, se mataba de la risa por el temblor, mientras su enfermero al lado, obligado por mi hermano a quedarse junto a mi papá cuando se aprestaba a salir disparado, aún seguía privado del susto.

 

A pocas cuadras mi mamá se encontraba en su trabajo con una sorprendente tranquilidad hasta que, una vez que el cielo resplandeció, una de las monjas con  las que trabajaba le tocó el hombro y acercándose a su oído le dijo “Hilda, es el fin”.  Que te lo diga cualquier persona se puede tomar como un comentario propio del temor, pero que esa frase la escuches de una religiosa con la tranquilidad de quien espera el fin es como avisarte que te prepares a ver desfilar a los jinetes del apocalipsis o que ahorita se abren las tumbas y vuelve Cristo. Nunca le pregunté cómo tomo esa frase, pero supongo que multiplicaron y aceleraron sus padres nuestros y ave marías por los hijos que, al parecer, no volvería a ver.

 

Felizmente no fue el fin para Lima pero tristemente si para muchos en el sur, que lamentablemente no fueron auxiliados con eficiencia y eficacia, y hasta ahora no pueden recuperarse, material ni espiritualmente de tal calamidad. Vivimos en una ciudad que hace cuarenta años no sufre de un sismo de gran intensidad, con lo cual no somos conscientes de lo frágiles que somos, no sólo en la precaria infraestructura que nos rodea actualmente, sino también en la tarea de prevención. Cambiamos un caño no cuando gotea sino cuando la gotera se convierte en chorro, cambiamos el interruptor no cuando está quiñado sino cuando ya está roto o nos pasa electricidad y reparamos el carro no cuando está sonando sino cuando se revienta y no anda más. Y eso son solo ejemplos domésticos, ya que si hablara como barrio, comunidad o país los esfuerzos son aún más limitados.

 

Así que, queramos o no, pronosticado o de improviso, deberíamos prepararnos de una vez. Yo por mi parte, voy a chequear si mi mochila de campaña está al día, si no tengo productos vencidos y verificar que mi perro no se halla comido otra vez la bolsa de mis galletas field que siempre guardo y que siempre desaparecen en su estómago.

 

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Comentarios

esta me ha hecho reir!! bacan 06/05/2011 00:46


esta me hizo reir!!! y recordar. bacan


Rodolfo M Rodriguez 11/22/2011 05:39



que bien que te halla gustado



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