Tuesday 29 december 2009 2 29 /12 /Dic /2009 08:27

DSCN0108La señora Natalia era una señora de edad avanzada, morocha y vivaz, que vivía en el hospicio Manrique, frente a la Iglesia de la Recoleta en el centro de Lima. La conocí cuando era monaguillo en esa parroquia, y desde que la vi, ella se encariñó de mí de una manera tan gratuita y sincera que hasta el día de hoy la recuerdo con el corazón compungido y el alma agradecida. Ella, a pesar de saber mi nombre, me decía “Domingo Savio” ya que –según ella- me parecía mucho al Santo salesiano. Nada más alejado de mi vida común, a pesar del parecido físico con el discípulo de Don Bosco.

Era una señora dulce y entrañable; no recuerdo que me hubiera contado de hijos, aunque sé que si los tuvo, aunque ellos nunca la fueran a
ver. Nunca supe qué edad tenía, aunque asumía que muchos más de los que ella aparentaba. Vivía en un pequeño cuarto dentro de ese viejo hospicio con olor a pobreza y a olvido, y la mantenía la esperanza cifrada en llegar al día siguiente, e inundada en recuerdos de ayer, que eran mejores que los actuales, aunque ella siempre tuviera una sonrisa para espantar la tristeza. Dentro de esa miseria, su alegría y ganas de vivir iluminaban cada rincón de ese espacio que era su hogar.

Cada Diciembre la señora Natalia nos invitaba a mi hermano y a mí a su hospicio para que viéramos su nacimiento. Aunque muchas veces no pudimos, un año por fin nos dimos un tiempo. Cuando le dije que iríamos, Natalia me regaló una de las sonrisas más sinceras que tal vez veré jamás. Me llevó con el rostro iluminado por la ilusión y en el zaguán del hospicio nos presentó a las demás señoras que compartían el sitio con ella, presentándome como su “Domingo Savio”. Cuando finalmente fuimos a su habitación, esperaba encontrar el típico nacimiento tradicional. Lo que encontré fue un primoroso espectáculo del nacimiento de Cristo: casi las tres cuartas partes de su cuarto estaban ocupadas por un nacimiento con grandes figuras de San José, María y el niño Jesús; robustos y numerosos animales circundaban el misterio, acompañados de numeroso pastores, campesinos y nativos; piedras de huamanga y retablos eran resguardados por la mirada celosa del burro y la vaca; muchas plantas rodeaban la pequeña villa creada en ese cuarto, y un ángel primorosamente vestido coronaba la escena. En ese momento pensé que si Dios viniera de nuevo como un niño, definitivamente nacería en ese pequeño cuarto del hospicio Manrique.

Yo quedé maravillado con el precioso nacimiento que tenía ante mis ojos. Natalia, a medida que nos explicaba que lo armaba desde noviembre, nos señalaba cada animalito, cada pastor, cada figura, y recordaba con una memoria envidiable quienes le habían regalado cada cosa a través de los años, figuras que tal vez sueltas parecían solo moldes de yeso, pero que juntas, eran parte de su vida. Con esa chispa que la caracterizaba, medio en broma me decía que, por lo complicado de armar tamaño espectáculo, recién lo desarmaba en marzo, cuando casi estaban bajando a Jesús de la Cruz, en referencia a la cercanía con la Semana Santa. Yo la miré con una sonrisa cómplice y le dije: “Natalia, creo que a Él no le importaría que lo dejaras todo el año echadito”, y mientras ella meneaba la cabeza en señal de aceptación, una lágrima corría por su mejilla, lágrima que ahora me arrepiento de no haber preguntado a qué se debía, pero que en su momento no venía al caso aclarar.

Cada año, en mi Parroquia armaban un nacimiento dentro del Templo. Era costumbre que, al final de la misa de gallo, alguien importante de la comunidad llevara al niño Jesús desde el Altar hasta el pesebre instalado a mitad de la Iglesia. Escogían a la familia que más apoyaba, a la pareja guía de la catequesis, a algún agente pastoral importante, etc. Natalia cada año miraba con su rostro enamorado la efigie del niño Jesús pasar por su lado, llevada por otros hacia el misterio y sólo atinaba a aplaudir al final de la ceremonia mientras perseguía al sacerdote para que le bendijera por enésima vez su niño Jesús. Sin embargo, exactamente en 1998, para las fiestas de Navidad no se le ocurrió mejor idea al párroco que invitar a Natalia para que llevara al niño, dado el inmenso cariño que reconoció en los ojos de esta anciana mujer hacia la parroquia. Ella, no cabía en sí de felicidad y agradecimiento de que hubieran pensado en ella, lo que no hacía sino confirmar su inmensa humildad y su gran sencillez.

Estuve en esa misa, que para mí fue una de las más emotivas que he vivido. Ella, sencilla como era, se puso su vestido de siempre, y cuando la llamaron al altar se acercó radiante, cogió al niño de los brazos del sacerdote, llenó de besos la imagen, y comenzó a caminar por el medio de la Iglesia entre los aplausos de una Iglesia abarrotada, con sus lágrimas de dicha pero con un orgullo respetuoso que la hizo avanzar abrazando con gran respeto al Niño Jesús por ese pasadizo que, tal vez como su nacimiento, hubiera querido que se prolongue un poquito más de lo obvio. Finalmente dejó al niño en su pesebre, y sumamente conmovida, tuvo que sentarse para reponerse de la inmensa alegría que le había regalado ese mágico momento en que era la mujer más afortunada del mundo por haber sido escogida, reconocida y aplaudida como tal vez nunca lo fue y nunca lo volvería a ser.

Al siguiente año yo entré al seminario y sólo supe de Natalia cuando me enteré que la habían mudado de hospicio. No la dejaron llevar sus cosas, entre ellas sus cajas con las figuras y efigies de su nacimiento. Cuando me enteré fui a visitarla con mi superior, y cuando la vi ella me reconoció y me abrazó con una ternura única, como quien ve a un hijo después de un largo viaje. La encontré algo demacrada y sus ojos denotaban una tristeza extraña que no podía comprender pero que me angustiaba. Me quedé con ella un rato, consolándola por la pérdida de sus pertenencias y prometiéndole que trataría de que esa Navidad tuviera aunque sea la mitad del nacimiento que alguna vez tuvo. Lamentablemente Natalia no llegó a esa Navidad. Murió en Agosto de una neumonía, y en la tristeza de su soledad nadie tuvo la delicadeza de avisar que había fallecido, noticia que llegó a mí dos meses después de que muriera.

Han pasado varios años pero aún recuerdo a Natalia y su nacimiento, y lo que más valoro de eso es que ella, en la humildad de su existencia, creía que la Navidad era una fecha tan importante que estar triste por cosas que no podemos gobernar es una pérdida de tiempo. Cada Navidad ella se ilusionaba como aquella niña que fue alguna fue y que siguió siendo cada vez que sacaba de entre periódicos arrugados figuras de yeso que le hacían recordar que ya venía el cumpleaños de su niño Jesús; que le hacía recordar que todos podrían fallar, pero que su niño siempre nacería el 25 de diciembre en su modesta vivienda.

Tal vez nadie ya recuerde a Natalia, y los pocos que la recordemos seremos los últimos, porque no hay siquiera una lápida donde pueda llorar sus huesos; ni siquiera tengo una foto de ella. Pero aún a pesar de eso, ella vive en mi recuerdo, y cada vez que la pienso recuerdo que las personas importantes en nuestra vida no son aquellas que más satisfacciones nos dan, sino aquellas que hacen trascender nuestra propia existencia, aquellas que con su ejemplo nos animan a ser mejores. Y no he pasado una navidad sin recordar su nacimiento, y el amor que reinaba en su vida es el mismo que deseo para todos nosotros.

Descansa en paz, morena linda, y Feliz Navidad.

Por Rodolfo M Rodriguez - Publicado en: recuerdos
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