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10 julio 2013 3 10 /07 /julio /2013 01:28

Una de las experiencias más bonitas de mi vida sucedió hace algunos años, con mis amigos del barrio. Por un tiempo conformamos un grupo de música que alguna vez tocó ante muchísima gente, gente que coreó nuestras canciones y no nos dejó  bajar del escenario hasta que tocáramos una canción mas.

Esta experiencia se llamó “Sin Nada que Hacer”, nombre de la banda que conformamos inicialmente con mis inagotables amigos Luis Ledesma, Gonzalo Silva, Jeff Moreano, Richard Alvarez, Alan Valdez y yo. El  nombre se le ocurrió a nuestra querida amiga Ivette,  quien nos bautizó así pues en ese momento estábamos viviendo una etapa solaz y distendida en nuestras vidas... protocolar manera de decir que andábamos en nada la mayoria de nosotros, cosa que aceptábamos de buena gana y por lo cual el nombre quedó.

Nuestra primera intención fue hacer música de parroquia. Con esa excusa logramos la autorización de nuestro amigo y mentor el padre Juan Luis Shuester para hacernos de un pequeño salón en las instalaciones del Convento de la Recoleta en el centro de Lima, bajo la condición de que ensayaríamos canciones para el centro juvenil, cosa que hicimos en la  medida que nos fue posible. Media hora canciones de la Iglesia, y las restantes las usamos para ensayar covers y darle forma a algunas canciones que empezaron a componer algunos de los chicos del grupo.

A la par de disponer del local que teniamos asignado, alquilábamos salas de ensayo por horas, ya que no teníamos todos los instrumentos, por lo cual nuestra siguiente meta fue comprarlos.

Ante la falta de capital para adquirirlos, decidimos hacer una actividad para vender cuartos de pollo frito conocido como pollada, pero titulada por nosotros como “chicken party”. Cuando apelamos nuevamente a nuestro benefactor -Juan Luis Shuester- para que nos preste las instalaciones del comedor parroquial como sede de nuestra actividad,  no sólo le sorprendió nuestra  pretensión, sino que además creo que subestimó el resultado económico que arrojaría nuestra actividad, por lo cual se animó a lanzarnos la  propuesta de donar la misma cantidad de dinero que sacáramos de utilidad en dicho evento.  

Dicen que a un joven jamás debes subestimarlo, menos aún si está  en juego sus sueños de cantante pop. Con semejante proposición, entre todos nos propusimos sacar el máximo provecho a tan desprendida propuesta vendiendo todas las  tarjetas que  pudiéramos. Juan Luis no contaba el poder de nuestros sueños y con el gran poder de convocatoria con el que contábamos en aquellos tiempos, por lo cual, y luego de un arduo trabajo y mil peripecias, el día del evento vendimos más de 500 tarjetas, sacando una utilidad tan alta que nuestro benefactor se mostró incrédulo de la  ganancia que le reportamos y nos pidió un informe completo de los ingresos y egresos de nuestro evento, el cual ya habíamos elaborado en previsión a su escepticismo.

Convencido y resignado, nuestro buen amigo Juan Luis no tuvo más remedio que darnos la misma cantidad que habíamos ganado. Con ese dinero compramos una batería, un bajo, guitarra eléctrica, parlantes, accesorios, etc. “Sin Nada que Hacer“ya podía dejar de alquilar salas de música y dedicarse de lleno a ensayar.

Instalados y con nuestros flamantes instrumentos empezamos a ensayar. Cabe indicar que ninguno estudió profesionalmente para su instrumento, por lo cual eramos totalmente aficionados, pero felices. Luis y Jeff en las guitarras, Gonzalo en el bajo, Richard en la bateria, yo en los teclados y Alan era el Manager del grupo.

Al comienzo eran más ganas que música pero poco a poco y tras mucho ensayo había ganas, y música. Con el tiempo, nuestros ensayos comenzaron a convocar cada vez a mas gente, al punto que ya teníamos una hinchada fiel que siempre  llegaba a la hora de nuestros ensayos, por lo cual comenzamos a pensar que esto podía terminar bien.

El suceso materia de este artículo se empezó a gestor a mediados del mes de Octubre del año 2001. Un buen día nuestro buen amigo Jeff nos comunicó que había logrado que nos incluyan entre los números del programa por el aniversario del colegio Guadalupe, el cual se llevaría a cabo la segunda semana de Noviembre.  Nos invitaron a tocar dos temas a nuestra elección y sin pensarlo mucho aceptamos el reto, el cual era provocador para cualquier grupo que quisiera un baño de popularidad: tocar en un escenario con luces y sonido, en una larga y anchísima cuadra llena de alumnos, exalumnos, autoridades y público en general.  Ir ahí nos exigía ensayar mucho, pues público tan feroz seguramente nos bajaría del escenario a la primera que detectara que éramos puramente aficionados, y esa no era nuestra idea.

Decidimos entonces ir a la segura. No cantar ninguna de nuestras propias canciones y apuntar a canciones conocidas y que generen una buena primera impresión. Decidimos que cantaríamos “Sexo” de Los Prisioneros, y “música ligera” de Soda Stereo. Por si acaso, nos guardamos una canción más por si otra banda nos adelantaba en la presentación y cantaba alguna de nuestras canciones. Ensayamos harto, afinamos tiempos y estuvimos listos para enfrentarnos a nuestro primer gran concierto, donde los espectadores ya no serían solo nuestras enamoradas, mamás ni las tías de la legión de María.

 

Cuando llegó el gran día, yo estaba 20% preocupado / 80% emocionado, pero creo que en realidad era al reves, 20% emocionado / 80% preocupado. Esperaba que pasaran rápido las horas, poder salir volando de mi recién estrenado trabajo en el banco e ir hacia mi destino. Cuando al fin llegó la noche y pude salir del trabajo me encontré con los chicos en el barrio. Todos teníamos la misma cara de emoción y espanto, pero ya estábamos en esto y lo íbamos a hacer así se viniera el mundo abajo. Fuimos juntos y llegamos a la hora convenida al lugar del evento con nuestros instrumentos. Cuando llegamos, todo era como esperábamos: la avenida cerrada de punta a punta, el escenario en el medio, la calle repleta de gente y todo lo necesario para las presentaciones que habría esa noche. Una vez que nos presentamos ante los organizadores  y mientras esperábamos nuestro turno, comenzamos a prestar atención en los números que nos precedían, esperando que no saliera algún grupo antes que nosotros tocando alguna canción que nosotros fuéramos a tocar y que pudieran opacar nuestra humilde presentación.

Felizmente hubo mucha danza típica, baile coreográficos y un par de cantantes con pista de sonido y sin mayor brillo, por lo que respiramos aliviados, Cuando finalmente nos pasaron la voz para entrar estábamos nerviosos, pero la adrenalina que a todos nos empezó a explotar nos armó de valor y salimos. Para hacer un ingreso redondo uno de los chicos del grupo consiguió casacas del colegio, las cuales nos pusimos para subir a tocar. No está demás decir que al vernos entrar con las casacas del colegio y con nuestros instrumentos la gente empezó a gritar y aplaudir a rabiar. El efecto fue inmediato: nos metimos a la  gente al bolsillo sin siquiera  haber empezado a tocar. Ahora había que cantar.

No sabíamos como empezaría Gonzalo -quien sería la voz de la primera canción- la presentación. Sin embargo, su apertura fue tan audaz como efectista, y a pesar de la sorpresa que generó entre los profesores y los organizadores, se lanzó:

Buenas Noches Guadalupeeee!!! ¿Quieren sexooo !!! ????

Y empezamos a tocar la canción de Los prisioneros. El efecto en la gente fue tan bueno que gritaron al unísono: ¡¡ Siiiiiiiiiiii !!, lo que hizo que perdiéramos el miedo, nos relajáramos y agarramos confianza en el escenario.

Fue espectacular. Con las luces no veíamos muy bien a la gente, pero se divisaba una masa saltando al unísono de la canción, y no pararon de alentarnos hasta el final. Para la segunda canción cantamos "Música Ligera" de Soda Stereo y fue la euforia total. La gente saltaba, nos coreaba, y nosotros ya no entrabamos en nuestro cuerpo por el momento  que  estábamos viviendo. Cuando terminamos nuestra segunda canción debíamos bajar pero la gente empezó a gritar repetidamente: “¡¡otra!!, y entonces, en ese momento agitado, trajinado, y con el grito de la gente que nos pedía otra canción, sentimos el cielo a nuestros pies, la sensación cercana al éxtasis, a la locura. La organizadora nos hacía señas para que bajemos y fue entonces que entre todos los del grupo nos miramos, y en nuestra mirada cómplice sabíamos que tal vez esta sería la única vez que viviríamos una experiencia como esta, y que  este era el momento, nuestro momento; y sin hacerle caso a la vieja de la coordinación agarramos nuestros instrumentos, hicimos un intro y en medio de la ovación de la gente empezamos a tocar la irreverente canción de los Nosequién y los Nosecuántos "Magdalena” 

 

Para ese momento no nos importó nada, nos divertimos, repetimos como tres  veces la mentada de madre,  y cuando por fin terminamos, nos despedimos entre una lluvia de papelitos con correos electronicos y teléfonos de las chicas de los Institutos y de los colegios que también habían asistido al evento, y así caminamos un rato para recibir nuestro merecido baño de popularidad antes de volver al barrio. Nos sentimos tan famosos como reconocidos, y eso fue único e irrepetible.

Luego de esa presentación nos invitaron a un par de lugares pero nuestro nombre de grupo ya no le hacía honor a las responsabilidades que empezamos a adquirir.  Con el tiempo, entre el trabajo y el estudio comenzamos a ensayar cada vez menos hasta que un buen día cancelaron nuestra sala y una nueva administración en mi parroquia decidió que los instrumentos que habíamos ayudado a comprar y que  nos costó nuestro esfuerzo ya no nos pertenecían ni teníamos derecho sobre ellos, lo que no me pareció muy cristiano. "Sin nada que hacer" se volvió con el tiempo en un bonito recuerdo de una época feliz en nuestra vidas enque jugamos a ser estrellas y tuvimos qiunce minutos en que verdaderamente lo fuimos. 

Han pasado varios años y desde hace un tiempo mis viejos amigos se han vuelto a reunir y ensayar, otros ya no pudimos continuar, como yo. Pero el recuerdo de ese tiempo que compartimos juntos tejió, junto con otros grandes recuerdos, un lazo de camaraderia y un vínculo que mantenemos hasta el día de hoy. Y que seguramente mantendremos siempre. 

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Comentarios

Presentación

  • : al final de la calle
  • : Bueno, a mi me gusta, ojala a ustedes. Es un espacio donde escribo algunas historias personales, reales algunas y otras sazonadas, así como pensamientos y algunos extractos de cartas y viejas libretas que me pareció interesante compartir.
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