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8 enero 2011 6 08 /01 /enero /2011 01:47

Llega sin pedir permiso. Empiezas a decaer en un malestar general. Una fiebre, una tos, o una gripe son suficientes. Un cosquilleo seco, áspero, incómodo, empieza a invadir tu garganta, tu pecho. Ya lo presientes: lo inevitable va a llegar. Mientras tu respiración empieza a hacerse mas rápida y corta, sientes que no entra el aire suficiente a tu cuerpo, que algo te frena, que algo obstruye su ingreso y se torna poco a poco más agudo, más acentuado, más doloroso. Sientes que no puedes aspirar todo lo que necesitas para seguir respirando, y de pronto en tu pecho se escucha un ronquido, como un silbato malogrado, espantoso, incontenible, como el cobijo de almas en pena, como un coro de lamentos. Y sientes que vas a estallar, que se te va a salir el corazón por la boca, literalmente. No puedes creer que empezará de nuevo, no quieres volver a pasar por lo mismo... pero no puedes hacer nada: ya está adentro, como un huésped no deseado, como una pesadilla que no acaba, como un enemigo al acecho. Y te desesperas, te impresionas hasta el punto que piensas que podrías morir en ese instante: sientes que te asfixias, que te ahogas, que te mueres… no puedes moverte, ni recostarte, ni hablar, ni pensar. Y sin las medicinas indicadas, no pasa mucho tiempo antes que tu propio cuerpo te aprisione y te asfixie.

 Así es como describiría lo que es el asma, de la cual sufrí casi diez años, desde los cuatro hasta los trece, en el estado más agudo y crítico de esta enfermedad. Me atacaba en cualquier momento, y con el tiempo, fue cada vez peor. Para colmo, yo soy alérgico a la penicila, antibiótico de uso común para esta enfermedad. Si bien las medicinas alternas calmaban el ahogo, no lo anulaban, y un ataque de asma me podía dejar dos semanas inmóvil en una cama, con el riesgo que al menor movimiento de mi parte, mi pecho rugía como un animal herido y me cerraba la respiración, lo que obligaba nuevamente a correr al hospital. 

Esos años fueron especialmente duros para mí, pero fueron más duros aún para mi mamá, quien sufría conmigo cada ataque, cada ahogo, cada espasmo; y en la sala de emergencias del Hospital del Niño -del cual ya eramos conocidos y los doctores y enfermeras hasta mi nombre sabían- pasó madrugadas enteras de angustia, frío y sueño velando mi desgracia, mi calvario no merecido a esa edad en la cual yo no entendía porqué a mí, porqué a ella.

Cuando me preguntan por experiencias que me hallan pasado con mi mamá o qué es aquello por lo que la admiraría, yo siempre he respondido que, aparte de la pasión por nosotros sus hijos, su forma tan esperanzadora de ver la vida y sus ganas de salir adelante, siempre  recuerdo una fría madrugada de mayo de 1988.

Pasó que una noche, como muchas entonces, me acosté con fiebre y tos. Mi mamá ya sabía que la pasaría en vela por mí, pero hasta ese momento no parecía que fuera a darme un ataque de asma. Por su parte, mi papá tuvo que ver un asunto urgente y delicado con unos equipos en su trabajo, y se despidió hasta el día siguiente.

Nadie pudo prever que esa noche me daría un soberbio ataque de asma.
Ocurrió de pronto, esa madrugada. Ya casi no podía respirar. Mi mamá, sumamente asustada pero con mucha tranquilidad para que yo no me asuste, me dio las primeras atenciones mientras pensaba cómo conseguir un carro, ya que no había teléfono en casa para comunicarse con mi papá y pedirle que venga a llevarnos al hospital; encima, en esa época no había tantos taxis como ahora y para colmo habían decretado toque de queda en Lima, por lo que nadie podía caminar en la calle o conducir después de la medianoche.

Mi mamá, viendo lo delicado de la situación y la imposibilidad de avisar, no quiso perder más tiempo: me sacó de la cama, me abrigó, me cargó y salió a la calle, esperando encontrar una movilidad que nos lleve. Mi respiración se hacía más difícil y corta, y mareado por la fiebre y la falta de aire, yo me sentía desfallecer en esa fría madrugada de mayo. Mi mamá caminó por la avenida conmigo en brazos, y pude ver la calle vacía, oscura y sola, tan sola que sólo escuchaba los sollozos de mi madre, quien veía resignada cómo los únicos carros que pasaban, embanderados por el toque de queda, no paraban a pesar que ella gritaba casi pidiendo auxilio.

Caminó un par de cuadras conmigo encima, ya que ni caminar podía, esperando que algún vehículo de los pocos que había parara al verla y la llevara al hospital. Sin embargo, ningún carro se detuvo. Nadie la auxilió. Viendo la desolación de la calle y lo urgente de su situación, Hilda Rodríguez, mi mamá, con su hijo aferrado al pecho y a punto de asfixiarse, violando el toque de queda y la prohibición de tránsito de aquella madrugada, respiró hondo… y empezó a correr,  desde nuestra casa en el centro de Lima, una cuadra tras otra, hasta el Hospital del Niño. Corrió esas largas e interminables veinte cuadras, sin detenerse a pensar en nada más que si no llegaba a tiempo su hijo se le moría.

Cuando llegó finalmente a emergencias, y los médicos me recibieron de sus brazos, mi mamá, exhausta y desfalleciente, pudo recién caer rendida en una silla al lado de la sala, con las piernas y los brazos temblando de lo que había corrido y lo que había cargado. Los médicos me atendieron y horas después fui estabilizándome hasta que me pasó el ataque.

A la mañana siguiente salí del hospital, -ya mi papá estaba ahí, profundamente conmovido- y recordando la terrible madrugada que habíamos pasado, buscaba en el rostro de mi mamá ese cansancio natural que debía tener y por el cual me sentía culpable. Sin embargo, mi mamá no me mostró cansancio. me miró feliz, radiante, con  la sonrisa de ver a su hijo respirando normalmente. Ajena a su propio dolor,  se repuso calladamente de tremendo esfuerzo, y me dio un beso que me infundió mucha paz, esa misma paz que me siguió transmitiendo cada vez que tuvimos que volver al hospital por mi enfermedad, hasta que ésta desapareció, no se si permanentemente,  a los catorce años.

Aquella madrugada no sólo recuperé la salud. Nació un héroe para mí, de carne y hueso, invencible y a prueba de todo: mi mamá. Y esa fuerza misteriosa que le proveyó la energía para hacer lo que hizo sólo puedo atribuirla a su amor incondicional y a su fe inquebrantable, esa fe que la hizo rezar mientras corría y le dio fuerzas todas esas cuadras hasta llegar a su destino, y que aún hoy, cuando lo recuerdo, me conmueve hasta las lágrimas, aunque nunca se lo halla dicho.
Feliz día mamá. Tú eres la mejor parte de mi mismo. Y todo lo bueno que puedo ser es sólo el reflejo, como en un espejo, de todo lo que tu has representado en estos años de mi vida.

Te quiero mucho.

Rodolfo

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12 diciembre 2010 7 12 /12 /diciembre /2010 22:06

Y estoy de pronto recordando los buenos momentos, los tristes también, las cosas buenas que pasaron, las reconfortantes, las malas también; los álbumes de alegres fotos, las risas del verano aquel, los tiempos en los que creía que todo era fácil y eterno también, y todo lo que en cuenta vale ahora es un recuerdo en papel de ayer.

 

Y es bueno que no siempre todo sea como esperamos, o sea igual que ayer, que estemos un poco de lejos, un poco con pena o un poco sin fe; es bueno que la lejanía, nos tire contra la pared, y entonces nos abra los ojos nos mire de frente y nos haga ver, que aquello que vale la pena  siempre está a tu alcance esperándote.

 

Y sigo revolviendo todo, doy vueltas a mucho sin saber porqué, hoy recuerdo que he vivido o vivo recordando las cosas de ayer, sin saber a ciencia cierta, o con cierta ciencia a la vez, si esto es todo lo que quise o quisiera todo lo que no tendré, y lo peor de todo es que teniendo el punto lo vuelto a perder

 

Y espero que no me arrepienta cuando mire el mundo que logre tener, un poco con esto y aquello, un poco lo mío y sin mi tal vez, con las maletas tal vez llenas, de aquellos recuerdos de ayer, que me llenaron de experiencias, me dieron de alma y me hicieron ver, que todo esto que he vivido solo es el principio y lo demás… ayer

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14 agosto 2010 6 14 /08 /agosto /2010 20:29

A veces quisiera que este sea un mundo de peluches. Un mundo apachurrable. Entrañable. Sincero. Un mundo donde al mirar al otro sólo nos den ganas de abrazarlo; donde la misión de cada uno de nosotros se reduzca simplemente a alegrarle la vida al otro, a hacerlo feliz.

Un mundo de peluches donde al mirar a otro sólo pueda hacernos sentir ternura y protección. Un mundo donde nuestra existencia sea un regalo para otros. Donde brindar amor no sea un riesgo sino una certeza. Un mundo donde las formas, los colores, la consistencia y la naturaleza de las cosas esté directamente relacionada con la misión de hacer feliz a quien nos brindamos como un regalo, como un obsequio. Y en un mundo de peluches lo que no es felicidad es nostalgia, esperanza y consuelo, pues con nuestra presencia todos tendríamos la sonrisa en nuestro rostro, la mirada curiosa, el abrigo de una compañía silenciosa, perenne, completa.

Un mundo de peluches donde necesitemos abrazarnos en nuestros momentos de angustia y al estrecharnos sintamos en ese momento que no necesitamos nada más para sentirnos acompañados. un mundo de peluches donde no exista el dolor, la enfermedad;  solo necesitaría una remienda si me rompiera algo o cambiaría un accesorio si se me perdiera algo.

Un mundo de peluches donde al mirarnos nos trasladen a mejores épocas;  donde, si  cada persona que conocemos fuera un peluche, sería especial porque si existen en mi vida es porque llegaron a mi por alguna razón que significara recordarme cuánto me quieren, cuánto me extrañan o cuánto sintieron algún error cometido. En un mundo de peluches el tiempo pasa y si el cariño y la nostalgia nos mantienen vivos seguimos presentes en la vida de quienes nos han recibido en su vida.

En un mundo de peluches todos somos iguales, todos causamos el mismo entrañable efecto de alegrar la vida al otro: los grandes y los chicos, los esponjosos y los rígidos, los lanudos y los de tela, los simples y los complejos, los económicos y los caros. Los más terribles osos se vuelven tiernos cuando se rellenan de algodón, y hasta los más hilarantes personajes que comparten nuestra habitación nos brindan aquello que a nosotros mismos como seres humanos nos es difícil conseguir: una sonrisa sincera, un amor sin condiciones, la paciencia de quien genera felicidad sin esperar nada a cambio.

Yo creo que en un mundo de peluches los altos cargos y los grandes nombres no tendrían diferencia. Todos mis peluches, desde los más caros hasta los más humildes, están juntos en el mismo lugar, y eso quiere decir que no importa de dónde vengas para ser parte de algo, no importa el nombre en tu etiqueta, ni de qué país vengas, ni que tan grande o tan chico seas.  No importa que seas muy viejo o que seas nuevo, en realidad importa poco como seas, lo que importa es lo que representas. Y ese es un atributo invaluable que pocos poseen.

Los peluches no saben de diferencias ni conflictos. Aún conservo peluches de personas que me quisieron (ya no me quieren tanto), que aún me quieren, que me extrañan, que me echan de menos o que tal vez ya no me recuerden tanto. Pero a pesar de haber sido entregados por distintas personas y por distintas razones que ya perdieron en algún caso, su razón, todos ellos están juntos; y cada vez que los veo me transportan a mejores épocas, a momentos felices, a recuerdos sentidos y entrañables.

Tengo algunos osos, algunos perros, un canario, un delfín, un fantasma, un hipopótamo, un marciano, un burrito, un ratón, un pato, un curioso tiburón y hasta un oso que mueve sus alas de cupido mientras canta. Al mirarlos, sólo recuerdo aquellas cosas buenas que hicieron que esos peluches llegaran a mi vida, pues todos ellos me han regalado una infinita alegría en grandes momentos, aún cuando algunos me arranquen un suspiro de nostalgia porque ya no impulsan el propósito por el cual me los regalaron; pero mantenerlos conmigo es una forma de respetar su historia, es una manera de animarme en algún momento triste, y de saber que pase lo que pase, sé que puedo ser mejor, que puedo ser mas humano, y menos orgulloso. 

Soy consciente que algún día dejaré mis peluches. Los regalaré alguna navidad o los donaré a quien necesite ser más feliz que yo y no pueda comprar uno. Aunque hay una gran posibilidad que terminen quedándose conmigo algún tiempo mas. Creo que todos conservamos al menos uno de épocas más felices, nos hemos deshecho de otros, o alguno lo tenemos guardado en algún lugar, y otros los seguimos buscando desesperadamente porque se nos perdieron en algún momento. Creo que en un mundo de peluches, nosotros somos los que deberíamos sentirnos agradecidos por tenerlos a nuestro lado, o por haberlos tenido en algún momento. Porque son, al fin y al cabo, una de las maneras de decir te quiero. De decir te extraño. De decir lo siento.

Yo quisiera que este mundo sea, en cierta forma, un mundo de peluches. Yo quisiera que este mundo sea tan entrañable, tan apachurrable, tan esponjoso, que a todos nos haga mejores personas. Para ser mejores con los otros. Para ser un regalo para otros. Y sentirnos un regalo para nosotros mismos. Y que fuera cierto siempre.

 

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8 mayo 2010 6 08 /05 /mayo /2010 11:18

Con el pasar de los años he aprendido a escoger mejor a mis amigos. A saber con quién salir y con quien juntarme; a saber qué decir y a quién decir las cosas, ya que al escoger hay una probabilidad mucho más alta de que esas personas serán discretas, leales y fraternas. Pero también he aprendido a detectar y señalar a aquellas personas ponzoñosas y cínicas que he conocido; y sin embargo, obligado a vivir entre ellas he aprendido a no guardarles rencor, pero si a mantener una respetuosa distancia de aquellos que me han regalado su envidia, su cólera y resentimiento, de ninguna manera justificable pero tal vez entendible viniendo de quien viene.

 

De un tiempo a esta parte he vivido situaciones de las cuales me he sentido decepcionado y sorprendido por actitudes, posturas y comentarios de personas a las cuales yo nunca les he hecho nada malo, y sin embargo éstas han buscado la oportunidad para tumbarme, disminuirme, hacerme pedazos. Y he sido testigo del festín inacabable del que se regodean algunos para hacer de sus acciones y comentarios una fiesta de chismes y prejuicios, que sólo son comparables con sus falsas poses y su doble moral. Pero es más grave cuando estas actitudes provienen de gente apreciada o de las cuales tenías un mejor concepto. 

 

Nunca me había detenido a apreciar en su real dimensión la capacidad del ser humano –de algunos seres humanos- de poder vomitar toda su cólera, su impotencia y su vileza para tratar de fregarle la vida a otros. Supongo que lo hacen porque necesitan llenar ese vacío asfixiante que deben sentir en su acomplejada vida, porque necesitan que los demás se sientan tan despreciables como ellos, o tal vez  simplemente es inherente a su ser, y a razón de ello destilan su veneno casi como un reflejo; seguramente siempre han vivido rodeados de esa pestilencia y por lo tanto no les parece asfixiante, no les parece mala. Y hasta les gusta, la sienten agradable, hogareña; y por ello se sienten fugazmente importantes al tomar actitudes y posturas tan cuestionables como su forma de ser, lo que no revela sino la magnitud de su catadura moral y, tristemente, en esa misma magnitud, su triste vida.

 

Y digo esto porque he tenido que "aprender" a saber distinguir quién es mi amigo y quién no. He tenido que aprender de quién cuidarme y de quién no. He aprendido que hay gente mala, he aprendido que hay gente desalmada, que hay gente hipócrita y desleal. He aprendido que a veces no puedes caerle bien a todos, y que tu sola presencia puede importunar y hasta incomodar a quienes ven en ti tal vez aquello que no les gusta porque no es su estilo, o porque envidian tu alegría, a tus amigos, o porque quisieran –subrepticiamente- ser como tú; y es entonces que no te soportan: les molesta tu presencia, escuchar de ti, ver tu arraigo entre otros.

 

Yo he cultivado la mala costumbre de querer librar luchas románticas, justas algunas de ellas en sus reclamos y demandas; batallas autodestructivas, de esas que sabía que tal vez no ganaría pero que igual peleaba porque sabía que era lo correcto, porque sabía que, sea cual fuere el resultado, debía intentar librarlas. Porque mi conciencia me dictaba que hay cosas que no deben ser simplemente porque no deben ser o porque la razón y la experiencia te dicen qué es lo correcto y qué no. Y porque de vez en cuando alguien debe alzar su voz cuando nadie lo hace para callar esas voces altisonantes e impertinentes que creen tener la verdad, aunque luego los resultados de sus acciones no hagan sino dar un triste espectáculo de su total ignorancia. Aunque el tiempo me ha dado la razón,  por lo cual puedo decir que he ganado algunas de esas quijotescas batallas, también he perdido otras. Pero el librarlas es en buena cuenta un motivo para sentir que he hecho lo correcto, aunque esas luchas me acarrearan luego una maraña de problemas. Lamentablemente para algunos, mi mamá no me trajo al mundo para caerle bien a todos, sino para ser consecuente con lo que creo y con lo que me enseñaron.

 

 

Es por eso que tengo que agradecerle a todos aquellos que tanto daño me hicieron, me hacen o me quieren hacer, a todos aquellos hipócritas, cínicos, arrogantes y pérfidos que en su momento creyeron o creen que me hacen sentir mal al hablar mal de mí o al inventarme historias. Gracias porque de no ser por ustedes, no pensaría como pienso ahora; de no ser por ustedes, no hubiera podido madurar, no hubiera podido perfilar mi carácter, mi coraje y mi integridad. Y porque gracias a personas como ustedes, valoro más a mis amigos. Y quiero más a mi perro.

 

Y para terminar cito un texto de Jaime Bayly: No guardo rencor a los traidores ni a los cobardes: tal es su naturaleza, tal su destino menor. Tal vez el coraje consiste también en comprender y perdonar a los cobardes y a los desleales, en mirarlos con la compasión que sólo poseen quienes son de verdad sabios; es decir, quienes son de verdad leales y valientes incluso con quienes no lo merecen.

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24 abril 2010 6 24 /04 /abril /2010 00:21

Yo no sé muchas cosas sobre nada. Menos sobre niños. En mi casa nunca hubo niños más que los cuatro hermanos y crecimos casi a la par, de tal manera que nunca tuve la oportunidad de frecuentar, entender o interesarme en la crianza y convivencia con un bebé. Nada de eso cambió hasta que un día, mi vida se cruzo en la vida de un niño (aunque creo que finalmente él se cruzó en la mía), que sin ser mi familia, y sin quererlo ni planearlo, se convirtió en parte de una linda época de mi vida. Y robándose mi corazón, parte de él mismo se instaló en mis mejores recuerdos, al enseñarme cosas que yo no tenía previsto aprender por ese entonces y que él, de una manera misteriosa y gratuita, me enseñó.

Yo conocí a Patricio cuando él era apenas un bebé, y puedo asegurar que su vida siempre ha estado rodeada de amor, sobre todo el de su familia, donde tiene una mamá lindísima y unas tías preciosas, unos abuelos inmensamente orgullosos y una bisabuela encantadora; y todos han sido para él más mamá que tía, más papá que abuelo y más mamá que abuela, porque para todos ellos él es su hijo. Ellos saben que darían la vida por él. Y él la daría por ellos.

Fue por Patricio que aprendí a cargar a un niño; lo había intentado con mediano éxito antes, pues siempre tuve la sensación que un niño en mis brazos acabaría irremediablemente en el piso, por lo cual trataba siempre de evitar ese trabajo; y sin embargo, con Patricio perdí poco a poco ese miedo, y hasta en alguna oportunidad nos quedábamos dormidos juntos, acurrucados en cómplice sueño, aunque algunas veces no podría determinar quién hacía dormir a quien.

Nunca me habían interesado los dibujos y programas para niños, pero entre todos había uno de llamativos disfraces de esponja en forma de dinosaurios en los que sabe Dios quiénes se enfundaban dentro y que tanto desinterés me causaba. Con Patricio aprendí que eran más que muñecos, que se llamaban Barney, Baby Bop y BJ, que eran amados por los niños por un misterioso vínculo que no logro comprender, que son extrañamente encantadores y que además son hipnotizadores de pantalla certificados y más eficientes que tú tratando que tu hijo se quede quieto. De ese programa y de algunos otros aprendí canciones que en otra circunstancia jamás se me hubiera ocurrido siquiera escuchar y que, sin embargo, ahora hasta puedo recordar la letra.

Nunca he visto a un fanático tan empedernido por la guerra de las galaxias como Patricio. Nunca vi una película tantas veces. Y aunque ya me sabía los diálogos de memoria, para Patricio parecía que fuera la primera vez que se la hacían ver. La facilidad que tiene un niño para fascinarse allí donde otros no encuentran motivación no hace sino que sienta envidia de tan admirable manera de ser feliz con tan poco.

Gracias a Patricio aprendí que jamás,  jamás debo dejar de conmoverme con el llanto de un niño, por más inoportuno o estridente que éste sea. También aprendí a organizar fiestas de cumpleaños, y aunque sólo apoyaba, descubres que es una tarea extenuante, sacrificada (y cara como no tenía idea), pero que todo eso es secundario y vale la pena una vez que se apagan las luces y terminas con la satisfacción de saber que ese niño por el cual hiciste tanto fue increíblemente feliz.

También aprendí a  saber a partir de cuándo dicen sus primeras palabras, cuando empiezan a caminar, cuando deciden dejar el pañal, cuando empiezan a llamarte por tu nombre y hasta cuándo empiezan a explorar (explorar: dígase abrir cajones, bolsas, escritorios; escribir paredes, rayar discos y meterse cosas a la boca); aprendí que los pañales tienen tamaños de acuerdo a la edad, aprendí a qué sabe la comida de bebé, a escoger juguetes y a saber qué les puede gustar de comer y qué no. Definitivamente fue una gran época, y me divertí muchas veces en aquellas situaciones en las cuales él era el mejor protagonista, y yo su más celebrado espectador.

Alguna vez leí que cada vez que un niño llega al mundo es la prueba más tangible de que Dios sigue confiando en nosotros. Porque encargarte una vida, encargarte formarla y darle amor no es sólo un compromiso o una responsabilidad, es sobre todo un regalo, un regalo que agradeces siempre y que hace que cada día todo valga la pena. Ello es la confirmación que el amor más gratuito que uno puede sentir es el amor de un hijo, de una madre; es esa sensación de pertenencia, ese lazo intrínseco que une a un niño contigo el que hace que seas todo para él y él todo para ti, eso hace por ejemplo que corra hacia ti cuando se alegra como cuando se lastima, o que tome tu mano cuando tiene miedo, y es simplemente porque confía ciegamente en ti. Y esa responsabilidad no debería ser ajena nunca.

Han pasado algunos años que nos nos frecuentamos regularmente y aunque Patricio ya es un niño grande me sigue sorprendiendo cada vez que lo veo, pues su manera tan encantadora de hablar, su criterio, inteligencia y extremada perspicacia me asombran siempre, ya que está muy atento a su alrededor y prueba de ello es que, hasta ahora, a pesar de que ya no lo veo sino esporádicamente, recuerda mi nombre con una facilidad que me conmueve y me roba una sonrisa siempre.

Ahora que Patricio se va a ir algo lejos, la sensación de saber que no estará más por estos lares me encogió el corazón; pues él me enseñó durante el tiempo que compartimos juntos a ser un poco papá, un poco amigo, un poco cómplice, y un poco niño; y creo que todos deberíamos tener un poco de eso en nuestra vida para equilibrarla y hacernos más sensibles, más sencillos, y más humanos.

Buen viaje Patricio. No sé si nos volveremos a ver. Que tengas una buena vida, y que esa vida siga llena de amor y de todo el cariño que has recibido y que seguirás recibiendo de todos los que te quieren y te extrañarán. Solo sigue siendo ese niño que conocí y del cual me llevo el mejor de los recuerdos, porque tal vez te vayas un poco lejos, pero te quedas siempre en mi corazón.

Buen Viaje Pato.

 

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10 marzo 2010 3 10 /03 /marzo /2010 18:36

colegio1.jpgHace poco, caminando por la misma calle que alguna vez transité para ir al colegio, pasaron junto a mi un grupo de escolares; salían de mi misma escuela y andaban en grupo, caminando relajados al mismo tranquilo paso e intercambiando figuritas de algún nuevo álbum, con esa peligrosa virtud que sólo poseen los niños de abstraerse en aquello que los apasiona sin importarles un rábano lo que pasa alrededor.

Luego de rodearlos para que no me atropellen, me quedé mirándolos, y me asaltó esa nostalgia de quien recuerda tiempos mejores, mas sosegados, menos complicados.

 

Recordé con nostalgia la época del colegio, en que no teníamos la más mínima preocupación por el año que viene, porque la historia era la misma: volver al colegio. Extraño los tres meses de vacaciones que tenía. Las dos semanas de medio año. El olor de los cuadernos y los libros nuevos y cómo terminaban al final del año. Recuerdo las actuaciones, por las cuales ensayabas dos semanas antes, exonerado por cierto de entrar a clases por ello. El recreo era la hora más esperada para distraerse y empujarse algo, claro, si no te lo quitaban primero;  y la salida, con los mercachifles en la puerta vendiendo papita rellena a veinte céntimos, empanadita de ¿carne? a treinta céntimos, el churro encorvado, la gelatina en bolsa de marciano y las bombitas de nuez. Y pobre del desventurado que compraba un pan con algo, pues debía tragárselo con celeridad antes que le cayéramos encima para devorar lo que tuviera antes que él. Recuerdo al vendedor de laberintos de cartón y rompecabezas de papel, y aún recuerdo al vivazo que vendía esos pececitos de colores que vivían menos tiempo que los pollitos x botella de los chatarreros.

 

Recordé cuando era muy niño y llegaba el lechero a la puerta de mi casa, dejando una botella de leche fresca en la puerta, confiado en ese entonces que nadie la tocaría hasta que la recojamos; recuerdo al panadero con su triciclo blanco que me ahorraba el camino a la única panadería que había antes por el barrio  y el olor a pan caliente que envolvía la cuadra por las tardes. Qué será del pescador, con su cesta de mimbre y su poder de convencimiento –le preguntabas por el precio de un pescado, y ya te lo estaba fileteando-
 

Extraño la posta que había en la esquina de mi casa y que ahora es discoteca. Extraño a las familias que vivían donde ahora están los hostales de mi cuadra, más por el legado que nos dejaron que por ellos por cierto. Extraño el teatro Histrión que queda al lado de mi casa y que ahora es sede sindical de quien sabe qué grupo. Extraño al Doctor Castro y su consultorio donde estuve no pocas veces por mi asma y donde sabía que terminaría recibiendo una inyección que era su solución más recetada, aunque fuera para mi la más odiada.

Extraño la bodega de la esquina de Uruguay, que ahora es panadería, decorada con las moscas pegadas en las luces de neón. El vendedor de bicletas de la vuelta de mi casa y la bodega de don juanito cruzando la calle. Extraño los juegos mecánicos del óvalo de la Av Venezuela y extraño cuando las galerías de la Av. Wilson sólo alquilaban supernintendos y sacaban copias.

 

Y extraño esa maravillosa capacidad que teníamos de niños de ser felices con cualquier cosa y jugar juegos inverosímiles con un pedazo de cartón como escudo o nuestro triciclo como nave espacial. Los carnavales en mi barrio, los cohetecillos que se empezaban a escuchar desde noviembre, los partidos de fútbol de la patota del barrio y que mi mamá no dejaba que participemos, siendo espectadores siempre en palco, desde nuestra ventana.

Extraño la inocencia de creer que existían los monstruos que me aventuraba a ver en una película y por la cual no dormía una semana. Extraño mis playgo, mis tranformers, mi espada de laugurio y mis soldaditos verdes. Hasta extraño cuando mi hermano desmantelaba sus juguetes en navidad y los míos en año nuevo.

 

A veces me pregunto si no aproveché mejor esa edad, tan relajada, tan fácil. Tal vez a otros les tocó vivir otra experiencia, sin embargo dicen que en la niñez todo nos parece muy lejano, sin problemas complejos ni enredados. Aunque en mi caso no siempre fue así, ya que recuerdo que a mis cortos siete años ya sufría por una niña que me flechó y le mandé – iluso yo- un anillo de esos que venían como sorpresa al final de la bolsita de arrocillo rosado que vendían en el quiosco. Ese fue sin duda el primer desprecio que sufrí por parte del sexo opuesto, pues obviamente (si hubieran visto mi traza en esos tiempos) me lo tiraron por la cara.

¿Duele igual ahora? bueno, a estas alturas es más complicado que regalar un anillo de latón. Si pues, no se puede vivir del pasado, pero qué bien te hace sentir -a veces-  recordar aquello que ya no vuelve, como tu niñez.


 

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29 diciembre 2009 2 29 /12 /diciembre /2009 02:27

DSCN0108La señora Natalia era una señora de edad avanzada, morocha y vivaz, que vivía en el hospicio Manrique, frente a la Iglesia de la Recoleta en el centro de Lima. La conocí cuando era monaguillo en esa parroquia, y desde que la vi, ella se encariñó de mí de una manera tan gratuita y sincera que hasta el día de hoy la recuerdo con el corazón compungido y el alma agradecida. Ella, a pesar de saber mi nombre, me decía “Domingo Savio” ya que –según ella- me parecía mucho al Santo salesiano. Nada más alejado de mi vida común, a pesar del parecido físico con el discípulo de Don Bosco.

Era una señora dulce y entrañable; no recuerdo que me hubiera contado de hijos, aunque sé que si los tuvo, aunque ellos nunca la fueran a
ver. Nunca supe qué edad tenía, aunque asumía que muchos más de los que ella aparentaba. Vivía en un pequeño cuarto dentro de ese viejo hospicio con olor a pobreza y a olvido, y la mantenía la esperanza cifrada en llegar al día siguiente, e inundada en recuerdos de ayer, que eran mejores que los actuales, aunque ella siempre tuviera una sonrisa para espantar la tristeza. Dentro de esa miseria, su alegría y ganas de vivir iluminaban cada rincón de ese espacio que era su hogar.

Cada Diciembre la señora Natalia nos invitaba a mi hermano y a mí a su hospicio para que viéramos su nacimiento. Aunque muchas veces no pudimos, un año por fin nos dimos un tiempo. Cuando le dije que iríamos, Natalia me regaló una de las sonrisas más sinceras que tal vez veré jamás. Me llevó con el rostro iluminado por la ilusión y en el zaguán del hospicio nos presentó a las demás señoras que compartían el sitio con ella, presentándome como su “Domingo Savio”. Cuando finalmente fuimos a su habitación, esperaba encontrar el típico nacimiento tradicional. Lo que encontré fue un primoroso espectáculo del nacimiento de Cristo: casi las tres cuartas partes de su cuarto estaban ocupadas por un nacimiento con grandes figuras de San José, María y el niño Jesús; robustos y numerosos animales circundaban el misterio, acompañados de numeroso pastores, campesinos y nativos; piedras de huamanga y retablos eran resguardados por la mirada celosa del burro y la vaca; muchas plantas rodeaban la pequeña villa creada en ese cuarto, y un ángel primorosamente vestido coronaba la escena. En ese momento pensé que si Dios viniera de nuevo como un niño, definitivamente nacería en ese pequeño cuarto del hospicio Manrique.

Yo quedé maravillado con el precioso nacimiento que tenía ante mis ojos. Natalia, a medida que nos explicaba que lo armaba desde noviembre, nos señalaba cada animalito, cada pastor, cada figura, y recordaba con una memoria envidiable quienes le habían regalado cada cosa a través de los años, figuras que tal vez sueltas parecían solo moldes de yeso, pero que juntas, eran parte de su vida. Con esa chispa que la caracterizaba, medio en broma me decía que, por lo complicado de armar tamaño espectáculo, recién lo desarmaba en marzo, cuando casi estaban bajando a Jesús de la Cruz, en referencia a la cercanía con la Semana Santa. Yo la miré con una sonrisa cómplice y le dije: “Natalia, creo que a Él no le importaría que lo dejaras todo el año echadito”, y mientras ella meneaba la cabeza en señal de aceptación, una lágrima corría por su mejilla, lágrima que ahora me arrepiento de no haber preguntado a qué se debía, pero que en su momento no venía al caso aclarar.

Cada año, en mi Parroquia armaban un nacimiento dentro del Templo. Era costumbre que, al final de la misa de gallo, alguien importante de la comunidad llevara al niño Jesús desde el Altar hasta el pesebre instalado a mitad de la Iglesia. Escogían a la familia que más apoyaba, a la pareja guía de la catequesis, a algún agente pastoral importante, etc. Natalia cada año miraba con su rostro enamorado la efigie del niño Jesús pasar por su lado, llevada por otros hacia el misterio y sólo atinaba a aplaudir al final de la ceremonia mientras perseguía al sacerdote para que le bendijera por enésima vez su niño Jesús. Sin embargo, exactamente en 1998, para las fiestas de Navidad no se le ocurrió mejor idea al párroco que invitar a Natalia para que llevara al niño, dado el inmenso cariño que reconoció en los ojos de esta anciana mujer hacia la parroquia. Ella, no cabía en sí de felicidad y agradecimiento de que hubieran pensado en ella, lo que no hacía sino confirmar su inmensa humildad y su gran sencillez.

Estuve en esa misa, que para mí fue una de las más emotivas que he vivido. Ella, sencilla como era, se puso su vestido de siempre, y cuando la llamaron al altar se acercó radiante, cogió al niño de los brazos del sacerdote, llenó de besos la imagen, y comenzó a caminar por el medio de la Iglesia entre los aplausos de una Iglesia abarrotada, con sus lágrimas de dicha pero con un orgullo respetuoso que la hizo avanzar abrazando con gran respeto al Niño Jesús por ese pasadizo que, tal vez como su nacimiento, hubiera querido que se prolongue un poquito más de lo obvio. Finalmente dejó al niño en su pesebre, y sumamente conmovida, tuvo que sentarse para reponerse de la inmensa alegría que le había regalado ese mágico momento en que era la mujer más afortunada del mundo por haber sido escogida, reconocida y aplaudida como tal vez nunca lo fue y nunca lo volvería a ser.

Al siguiente año yo entré al seminario y sólo supe de Natalia cuando me enteré que la habían mudado de hospicio. No la dejaron llevar sus cosas, entre ellas sus cajas con las figuras y efigies de su nacimiento. Cuando me enteré fui a visitarla con mi superior, y cuando la vi ella me reconoció y me abrazó con una ternura única, como quien ve a un hijo después de un largo viaje. La encontré algo demacrada y sus ojos denotaban una tristeza extraña que no podía comprender pero que me angustiaba. Me quedé con ella un rato, consolándola por la pérdida de sus pertenencias y prometiéndole que trataría de que esa Navidad tuviera aunque sea la mitad del nacimiento que alguna vez tuvo. Lamentablemente Natalia no llegó a esa Navidad. Murió en Agosto de una neumonía, y en la tristeza de su soledad nadie tuvo la delicadeza de avisar que había fallecido, noticia que llegó a mí dos meses después de que muriera.

Han pasado varios años pero aún recuerdo a Natalia y su nacimiento, y lo que más valoro de eso es que ella, en la humildad de su existencia, creía que la Navidad era una fecha tan importante que estar triste por cosas que no podemos gobernar es una pérdida de tiempo. Cada Navidad ella se ilusionaba como aquella niña que fue alguna fue y que siguió siendo cada vez que sacaba de entre periódicos arrugados figuras de yeso que le hacían recordar que ya venía el cumpleaños de su niño Jesús; que le hacía recordar que todos podrían fallar, pero que su niño siempre nacería el 25 de diciembre en su modesta vivienda.

Tal vez nadie ya recuerde a Natalia, y los pocos que la recordemos seremos los últimos, porque no hay siquiera una lápida donde pueda llorar sus huesos; ni siquiera tengo una foto de ella. Pero aún a pesar de eso, ella vive en mi recuerdo, y cada vez que la pienso recuerdo que las personas importantes en nuestra vida no son aquellas que más satisfacciones nos dan, sino aquellas que hacen trascender nuestra propia existencia, aquellas que con su ejemplo nos animan a ser mejores. Y no he pasado una navidad sin recordar su nacimiento, y el amor que reinaba en su vida es el mismo que deseo para todos nosotros.

Descansa en paz, morena linda, y Feliz Navidad.

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24 noviembre 2009 2 24 /11 /noviembre /2009 10:08

atardecerlima.jpgVivo de esperanzas cifrada en instantes fugaces, de destellos que ciegan, de mentiras piadosas. ¿Dónde puedo encontrar tu sonrisa? Tal vez no he  esperado lo suficiente para verte llegar. Quisiera que fuera el final de la película: haberte encontrado, tomar tu mano, y un esperado final con besos decorados y miradas eternas, con otoños en el parque y veranos en la playa,  mojados por la lluvia del invierno o en la alegría de una primavera fresca y esperada.


Aquí te espero. No sé de dónde eres, ni como vendrás. Tal vez llegues de repente, o tal vez siempre estuviste. Tal vez no te conozco o tal vez ya sé quién eres,  y sólo falta una palabra precisa que al escucharla sepa que eres tú. Tal vez falta tu mano, rozando con la mía, la que desencadene ese temblor en mi cuerpo, esa sensación que perdura y que me haga sentir que ya no podría ser el mismo sin ti.


Así que aquí te espero. De pie o sentado, con zapatos o descalzo, a cualquier hora, en cualquier rato. Y si te espero lo hago con mi duda y mi certeza, con mi capricho y mi criterio, con mi alegría y mi tristeza. Y te espero saliendo del cine o bailando en una fiesta, tejiendo tu futuro o viviendo tu presente; te espero levantándote del piso y aún te espero si te vuelves a caer. Te espero en la vigilia de tu sueño y aún cuando despiertes. Te espero con tus broncas y las mías, con tu mundo y con el mío, con tu historia y con la mía.

 

Y sé que debes estar ahí, en algún lado, en alguna parte.

 

Pero aquí te esperaré, en este mismo lugar. No me moveré para que puedas encontrarme. No haré señales de náufrago para que no huyas o te espantes. No haré nada de esas cosas que me hicieron tan sombrío antes y por las cuales tanto perdí. Pero haz que suceda. Haz que nos pase. Que nos inunde. Que nos conmueva. Que nos llene de ese amor que hace girar al mundo. Estate atenta cuando el universo entero se confabule y nos regale la alegría del encuentro, la conmoción del amor en el encanto de un beso. Haz que en una sola oración pueda incluir tu nombre en cada palabra, haz que pueda dibujarte mil formas en un cielo nocturno inundado de estrellas. Haz que, sin referencias ni brújula, pueda encontrarte, y guarda contigo la promesa que cuando me encuentres me abrazarás tan fuerte que nunca mas querré soltarte.

 

Haz que tomados de la mano, tú y yo, seamos más que todos, seamos más que dos. Pero sea cual fuere la forma en que llegues a mi vida, hazme saber que eres tú.  

 

Aquí te espero.

 

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3 noviembre 2009 2 03 /11 /noviembre /2009 20:01

Esta carta se escribió una noche de agosto de hace unos años en un intento por despejar dudas y aceptar escenarios, en los cuales una pareja de enamorados pensaba que serían padres. Aquellos días, durante los cuales se hicieron mil suposiciones antes de confirmar esto, se resume en el día antes de la prueba de embarazo definitiva, y que una noche antes animó a escribir a un probable papá estas líneas.

Querido Hijo/a:

Hoy te escribo esta carta tal vez para darme valor, tal vez para aceptar ciertas cosas; y tal vez,  la escribo con la escondida esperanza que te la enseñaré en algunos años y nos reiremos en cómplice secreto.

Tu mamá y yo nos enteramos ayer que hay una gran posibilidad que ya existas y que estés creciendo dentro del vientre de ella.  Mañana se hará una prueba de sangre y veremos si es cierto. No te niego que la noticia nos tiene algo asustados, pues  tu nacimiento sería un milagro adelantado -e inesperado- en el plan de Dios para nosotros.  Después de la primera impresión al respecto y de aterrizar la idea, hemos llegado a la conclusión de que queremos formalizar lo nuestro y planear el resto de nuestra vida contigo, imaginando escenarios como cuándo casarnos, dónde viviremos, como haremos con nuestros ingresos, los gastos, etc.

Y me vi allí, sentado frente a la mujer que amo y que será tu mamá, y me conmueve la idea de tu llegada, queriéndote en la sencillez de tu existencia, en lo precario de nuestra certeza, pero sobre todo, queriendo aún más que esto funcione, porque vamos a hacer que funcione. Después de mucho tiempo, he visto mi vida en adelante, con mi propia familia, dándole un sentido, un horizonte real, con la certeza de saber hacia dónde va de mañana en adelante.

Y te escribo sinceramente ilusionado, aunque tu mamá piensa que no me gustan los niños, pues siempre he hecho notar eso (a tu mamá le molesta eso), pero no es cierto. La verdad es que mis comentarios antes de ti sólo eran un innecesario intento por parecer sofisticado o moderno, sin darme cuenta que sólo me veía tonto e inseguro.

Dicen que el miedo es una reacción natural  frente a una situación desconocida, ¿que si tengo miedo?  pues... sí, claro que lo tengo, igual que tu mamá. Pero te cuento los míos: tengo miedo de no estar a la altura del momento, de no ser lo suficiente atento con tu mamá en este tiempo de espera antes que llegues;  tengo miedo de no saber demostrarle que la quiero lo suficiente como para estar con ella siempre (aunque ahora sea un tonto que no se lo hace notar); tengo miedo que le pase algo a ella mientras te espera a ti, tengo miedo que te pase algo a ti mientras ella te lleva en su vientre. Tengo miedo de no ser el buen padre que mereces tener y hasta tengo miedo de tener miedo cuando las cosas no vayan como esperamos. Tengo miedo que cuando puedas leer esta carta me digas que tuve miedo.

Pero quiero creer. Quiero pensar que vas a llegar y vas a iluminar nuestras vidas, y que eso nos dará la fuerza y el valor para afrontar al mundo entero. Ya voy imaginando los controles médicos, las ecografías, la dulce espera; me veo cantándole a tu mama una canción de cuna para que tú la escuches mientras creces dentro, y cuando nazcas sepas que fui yo quien te cantaba. Quiero estar ahí cuando llegues al mundo, quiero darte un beso ni bien abras los ojos; y me imagino cómo será la primera vez que te vea, la primera vez que te cargue, la primera vez que sonrías, la primera vez que te diga cuánto te amo.

Obviamente también me iré haciendo a la idea de las madrugadas interrumpidas que nos tocará compartir despiertos, los cambios de pañal, los baños en la tina, la casa oliendo a bebé; me imagino cuando pasen los años y tu primer día en el colegio, rogándote que no llores cuando nos tengamos que ir (aunque después yo esté llorando en tus actuaciones), y me imagino riéndome en la alegría de tus cumpleaños, con payasos y barneys haciéndote bailar (y algunas veces también yo haré las veces de payaso para reírnos juntos).Y estaré ahí mientras crezcas, en tu risa y en tu llanto, en tus buenos momentos y en tus malos ratos, en tus triunfos y en tus derrotas, en tus pasos y en tus caídas.

Si eres hombre o mujer igual seré tu mejor amigo  y tu mayor apoyo, pues me ganaré tu confianza a fuerza de honestidad y compañía, y cuando las cosas requieran ser conversadas nos escaparemos y te llevaré a mirar las hojas de los arboles cayendo al pasto o las olas furiosas reventar en la playa, y cuando las cosas se pongan tensas te contaré el chiste del chanchito verde con el que todos se ríen... y  cuando crezcas te llevare a tu primera fiesta, hablaremos de tus permisos para salir y te apoyaré en la carrera que escojas para tu vida; y de adultos espero que nos sigamos entendiendo como cuando eras niño.


No te prometo que la vida será fácil siempre, ya que problemas nunca faltarán; tal vez me equivoque muchas veces, tal vez tu mamá, tal vez lo hagas tu. Pero cuando sea difícil y pienses que ya no puedes avanzar, pase lo que pase estaremos ahí para cargarte y seguir caminando. Y sé que tú harás lo mismo cuando andemos  perdidos y necesitemos tus manos para encontrarnos en nuestras diferencias.

Estoy convencido que esto va a funcionar. Así va a ser. Aún no te conozco pero luego de escribir esta carta, empiezo a quererte completamente, profundamente; aún cuando tal vez no existas, aún cuando tal vez todo sea sólo una falsa alarma. Aún cuando tal vez tu mamá y yo estemos soñando y mañana nos despertemos con los resultados.

Pero mientras eso suceda, en estas horas, en este momento, existes para mí, y eres tan real que casi puedo tocarte. Tan real que ya te escapas de mis sueños.

Hasta mañana, y si Dios quiere y estas en camino, ya nos veremos pronto.

Con cariño

Tu papá.

 

Al día siguiente, los resultados dieron negativo. No vendría ningun niño aún.


Siempre que esta pareja recordaba el tema, se les dibujaba una sonrisa. Y aunque ya no lo recuerdan juntos, el protagonista de esta carta nunca olvida esos días de Agosto, en que creyó que empezaba el primer día del resto de su vida, aunque ahora sólo pueda recordarlo en estas líneas.

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6 septiembre 2009 7 06 /09 /septiembre /2009 15:39

Hoy  me enteré que falleció una antigua vecina de mi barrio. Mi tía – mujer mayor- estaba sumamente conmovida por este hecho. Creo que, aparte del hecho de saber que alguien conocido murió, mi tía se pone nerviosa porque muchos de sus contemporáneos empiezan a irse y el paso inexorable de toda una vida termina en una llamada informativa de defunción. Obviamente nadie tiene la vida comprada, niños jóvenes y adultos mueren diariamente, por lo cual es un exceso de optimismo pensar que sólo morirás por el desgaste de una edad avanzada. Pero cuando empiezas a llegar a viejo, como que vas teniendo la certeza que tu paso en este mundo está por terminar su recorrido.

Cuando era pequeño y escuchaba que alguien fallecía, en los velorios veía rostros de pena, congoja y frustración que yo aún no comprendía en su totalidad, o que simplemente no me invadían en la magnitud de quienes habían vivido y compartido toda una vida o una parte importante de ella con quien había partido. No entiendes mucho de estas cosas cuando eres niño, y en ocasiones hasta lloraba porque los demás lloraban.

Mi primer contacto conciente con la muerte fue a traves de mi tío Gelacio, quien vivía con nosotros. Murió en mi casa. Esa fue la primera partida que me afectó y mi primera idea real de lo que es la muerte. Yo tenía cuatro o cinco años a lo mucho, y aunque  entendía muy poco de nada, sabía que mi tío no iba a volver. Supongo que si hubiera compartido más tiempo con el en esta edad, y con toda una vida compartida, su muerte me habría afectado más. Ahora  me acerco irremediablemente a los 30 años, y empiezo a darme cuenta que poco a poco voy enterrando y despidiendo a personas que acostumbraba a ver, con las que crecí, con las que había construido fuertes lazos de cariño y a las que admiré y quise, lo que hace más dificil ese momento.

Cuando mi papá murió confirmé que el momento de despedir a quienes nos recibieron en este mundo había empezado sin darme cuenta y desde hacía tiempo. En el velorio, reparé que aquellos a quienes conocí de niño habían envejecido mientras yo crecía;  mientras yo me volvía adulto ellos se hicieron mayores o ancianos; aquellos que antes me miraban y me pellizcaban los cachetes para decirme cuánto había crecido ahora cargaban los años sobre sus espaldas, dando  paso a mi generación.

Me ha pasado que cuando familiares o amigos fallecen me queda la inquietud de que tal vez pude haberlos conocido mejor, pasar más tiempo con ellos, visitarlos más seguido, escucharlos o recibir consejos de muchos de ellos, quienes con su experiencia y años tenían la autoridad necesaria para dejarte un consejo o llamarte la atención. A pesar de saber que este mundo está girando lento para mí pero muy rápido para otros, me angustia la idea de pensar que seguiré dejando flores sobre la tumba de las personas que más quiero, cosa que ya está empezando a suceder. Sé que no puedo cambiar eso y que es parte de la vida, razón por la cual voy haciéndome a la idea que no evitaré seguir enterrando a quienes fueron parte de mi vida, y que sólo dejaré de sentirme mal cuando llegue el día en que otros me lloren a mí.

 Si  Dios quiere que llegue a anciano, obviamente sólo quedarán mis contemporáneos: al menos me sentiré acompañado, mientras todas aquellas personas que conocí  desde niño serán sólo un antiguo recuerdo de toda una vida. Tal vez recordaré cuando escribía esto y me sonria en algún mullido sillón de mi casa, con mi perro a mis pies y mi cobertor sobre mis piernas para darme calor, y pensaré cuán rápido pasa el tiempo y cuánto ha pasado desde que puedo recordar. Ojalá entonces pueda estar satisfecho con la vida que escogí,  y cuando de vez en vez reciba una llamada acongojada avisando de alguien más que partió, seguramente me invadirá un ligero remezón de miedo y realidad,  y aceptaré cada vez con mejor ánimo la certeza de saber que falta poco para ser yo el protagonista de la siguiente llamada.

Pero, si Dios quiere, por ahora sólo es tiempo de dejar flores.

 

 

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  • : Bueno, a mi me gusta, ojala a ustedes. Es un espacio donde escribo algunas historias personales, reales algunas y otras sazonadas, así como pensamientos y algunos extractos de cartas y viejas libretas que me pareció interesante compartir.
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