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12 enero 2013 6 12 /01 /enero /2013 03:23

Del angel que ahora cuida de mi amiga 

 

Tengo un ángel en mi cielo

  

Tengo un ángel en mi cielo. Una presencia divina, una mirada no vista.

 No le pedí que fuera mi ángel: se ofreció voluntariamente.

 angelito.png

Siento su paz en lo inmenso. Tan cercano que existe, tan ausente que duele.

  

Tengo un ángel en mi cielo que me mira y me sonríe desde donde no puedo verlo. Coquetea con el viento, juguetea con mis sueños; tiene la dulce voz que no llegué a escuchar  y la tierna caricia que no llegué a sentir. Siento su fragilidad como mía, mi impotencia como suya; y su partida… como si me abandonara a mí misma.

 

Fue tan lindo saber que fuimos uno, que eramos todo. Y me aferré a soñar hasta casi parecer que no se hubiera ido, que mis sueños eran ciertos. Y luego llegan las preguntas sin respuesta y los diagnósticos a medias, me empieza a ganar la pena, el dolor; y me invade la soledad de su ausencia, y me dejó en escombros.... y me derrumbé, me vencí, hasta casi no poder respirar.

 

Y ha sido entonces, cuando parecía que no podía con la realidad, que sentí su presencia, alivió mi dolor, y en mi llanto he podido lavar mis propias heridas; y mientras eso pasaba quiero pensar que mi ángel me consolaba, y tomaba tímidamente, su manito con la mía.

 

Tengo un ángel en mi cielo y lo extraño, y sé que debe quererme en donde esté, pues a pesar que yo no haya pasado el todo el tiempo que hubiera querido con él, mi ángel pasó todo su tiempo conmigo.

 

Nunca dudes que nadie te amó, aún antes que todo, aun antes de nada, como yo te amé. Sé que me hubieras amado tanto como yo a ti. Sé que Dios te recibió, y cuando me llegue el tiempo en que tenga que dejar este mundo, lo primero que haré será buscarte, y entonces nos daremos esos besos y abrazos pendientes ¿sí?

 

Tengo un ángel en mi cielo que puedo encontrar en mis sueños,  cuando todo lo demás falle.

 

Gracias, por ser mi angelito. Hasta siempre. Te espero en mis sueños.

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30 noviembre 2011 3 30 /11 /noviembre /2011 23:27

No me pidas que te escriba una carta diciendo las cosas que quisieras escuchar. Nunca he sido realmente bueno para decirte en su real dimensión las cosas que mereces escuchar porque no se expresarlas como lo haces tú.

Me pides que te exprese lo que siento y no soy exactamente la mejor expresión de lo que realmente siento. Entro en pánico, me asusto o me escondo… no sé que es en realidad, pues tengo una hoja en blanco que no puedo ni siquiera empezar a escribir. Tantas sensaciones y no tener la palabra indicada para describirlas es un dolor de cabeza pues no alcanza lo que quiero expresar y difícilmente llegaría a compararse con lo que siento o espero.

Definitivamente esta hoja en blanco no seguiría en blanco si fuera más fácil para mí expresarme de tal manera que te sientas reconfortada en mis palabras; si tinta o letras expresaran la exacta dimensión de mis emociones pues esta hoja en blanco al escribirla te acariciaría con la delicadeza de quien cuida un tesoro; besaría suavemente tu mejilla como una madre besaría por primera vez a su hijo;  te abrazaría con el calor de quien abraza al ausente, y te susurraría con cariño tiernas palabras hasta dejarte dormida. Y al despertar, escucharías nuevamente aquello que te arrulló en tu sueño pero con nuevas palabras, nuevas emociones.

Y sin embargo, aunque parezca mentira, esta hoja en blanco con la que me identifico es tal vez mejor prueba que un poema, pues dice mucho de mi imposibilidad de traducir en palabras lo que siento, como el decir que eres más importante para mí de lo que demuestro realmente. Y aunque sigo pensando como vencer mi propia capacidad para expresar lo que siento, a veces creo ser esta hoja en blanco, esperando dejar de ser una palabra pendiente para trascender en algo más importante: de una hoja en blanco sin contenido a un escrito que transmita tanto amor que quien fuera la destinataria no dudaría en guardarla por largo tiempo, atesorando el recuerdo del significado que le damos a las cosas importantes.

Y aún si pudiera escribirte con real dimensión lo que siento,  no quisiera quedarme sólo en palabras decoradas o frases rebuscadas, sino hacer que esas palabras no pierdan su  vigencia,  que no se marchiten como una flor madura o pierdan sus ganas como un beso postergado. Que el papel del que estoy hecho no se deteriore con el tiempo ni cambie su color. Que la tinta con la cual está escrito no se torne difusa, inelegible. En buena cuenta, que no pierda su esencia, su alma original. Y que el tiempo no transforme solo en palabras bonitas lo que está escrito en el papel del que estoy hecho, pues dichas sin sentido o sin emoción son vacías, inocuas. Quisiera que dichas palabras nos traigan al presente cada vez que las leas, y que se vuelvan vigentes a diario, emocionantes, impredecibles.

Por eso esta hoja sigue en blanco. Prefiero por tanto, que sepas que si bien no lleno esta hoja con las palabras que quisieras leer, o no escuchas de mis labios las palabras que quisiera escuchar, es porque de una u otra forma, te quiero pero necesito que me sigas tomando de la mano, y me guíes por los caminos que no he recorrido y desconozco, o que ya recorrí y me aterra volver a pasar. Porque definitivamente, si yo soy una hoja en blanco, tú debes ser la tinta que le de vida, sentido; por lo cual, si eres realmente tú quien me complementa, sabrás con el tiempo cómo escribir en mi corazón.

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12 junio 2011 7 12 /06 /junio /2011 21:29

X pesxr que estx lxptop es nuevx y deberíx xndxr bxstxnte bien, últimxmente me estx generxndo un problemx. Unx de lxs teclxs, lx x, se hx mxlogrxdo. Llevo xlgunos díxs intentxndo hxcerlx funcionxr correctxmente. Lx desxrmé hxstx soltxrle lx teclx, pero xl xpretxrlx nuevxmente, quedx engxnchxdx y debo xpretxr unx teclx que lx reemplxce. Pxrx empeorxr lx situxción, no funcionx el corrector ortogrxfico. Por mxs que todxs lxs demxs teclxs funcionxn bien, no xlcxnzx: sólo unx que no xnde bien estxblece unx grxn diferencix.

 

Xdvierte cómo x pesxr de no poder usxr unx vocxl clxve, me hxgo entender, y como se hxn xcostumbrxdo x leer sin lx x, o mejor dicho, sin lx letrx que reemplxzx lx x. Imxginen si se me hubierx trxbxdo lx ñ o el xcento: ni se dxríxn cuentx, y lx fxllx de de lx lxptop pxsxríx inxdvertidx.

 

X veces, un grupo humxno, -un equipo- puede pxrecerse x estx lxptop cunxndo no todxs lxs personxs xctúxn xdecuxdxmente. Si el grupo funcionx xpropixdxmente, si sus roles son complementxrios hxcix lx consecución de un objetivo, y xlguno de ellos retirx o resiente su colxborxción hxcix el equipo, los restxntes deben, en lx medidx de sus posibilidxdes (e incluso, superxndo imposibilidxdes) hxcerse cxrgo de lxs txrexs y compromisos del que fxltx.

 

Cuxndo no hxgo mi pxrte de xlgo y los demxs se lxs ingenixn sin mí, uno tiende x pensxr: “Bien, yo soy xpenxs unx personx. Xl pxrecer mi xporte no consolidx ni rompe este grupo. Pxrece que pueden xrreglxrselxs bien sin mí”. Y esto me hxce dudxr que mi xporte sex necesxrio. O justifico con estx xfirmxción mi inxcción en ser pxrte de xlgo importxnte, cuxndo nosotros somos como lxs teclxs mxs importxntes de estx mxquinx: nuestro xporte es necsxrio y se esperx por lo cuxl nuestro compromiso mxs coherente para que todo mxrche como se esperx.

 

Por ello, lx próximx vez que crexs ser sólo unx personx mxs y que tu esfuerzo es txl vez innecesxrio, recuerdx lo que pxsx con estx mxquinx.

 

TODOS somos necesxrios si queremos hxcer un buen trxbxjo.

 

*adaptación de un viejo artículo

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14 mayo 2011 6 14 /05 /mayo /2011 01:42

Hay personas que solo saben decirte lo mal que haces las cosas buenas y lo bien que haces las cosas malas. Hay personas que buscan un solo defecto tuyo para estigmatizarte, marcarte o señalarte. Que esperan des un traspié para tener una excusa para recalcar lo mal que vas. Las que te recuerdan y reprochan los errores pasados (y perdonados). Basta una palabra mal dicha u otra mal interpretada para prejuzgarte o adelantar opinión, de tal manera que puedan decir que tenían razón sobre ti, que aquella idea que habían escuchado o elaborado sobre ti es real o tangible.

 

Y es por ello que a veces nos la pasamos jugando para la tribuna. Haciendo o diciendo cosas que sabemos le gustarán a los demás, tomando actitudes y comportamientos que nos darán más aceptación y menos rechazo. Y dejamos de ser auténticos por ser como los demás quieren que seamos, perdiendo aquello que nos hace ser diferente, y por tanto, nosotros mismos.  Y nos pasa con los amigos, con la familia, con nuestra pareja. Una cosa es aprender a ceder y conciliar y otra muy distinta es dejar de ser “yo” para tratar de ser un poco más “tu”. ¿Y porqué mejor no dejas de ser "tu" para ser mas "yo"??.  El tema es que no necesitamos dejar de ser nosotros mismos sólo para  ser lo que los demás esperan que seamos. Ser un poco más "tu" parte del fin en sí mismo de cualquier sociedad que es el bien común, la adaptación a las necesidades del otro, aprendiendo a ceder, y tambien a otorgar. Pero sin dejar nuestra esencia, aquello que nos hace diferentes. 

  

Yo creo que aquél que más te dice que estas mal, que no vas a cambiar, es justamente quien, consciente o inconscientemente, te lo dice para no aceptar que también se habla a sí mismo. Aquel que te recuerda aquello que hiciste mal aún cuando ya no lo hagas, lo dice porque no perdona aquello que suponía superado; o cree difícil que puedas cambiar.

 

Todos sabemos cuánto nos equivocamos. Pocos lo aceptamos, y muy pocos hacemos algo al respecto. Pero, aunque hay personas que mejoran o empeoran pero no cambian, también las hay que aprenden de sus errores, que necesitan caer para ver desde abajo lo que es realmente importante en la vida. Y cambian. No tanto por los demás, sino por uno mismo. Y cuando alguien que quieres o que crees que te conoce te dice que sigues igual, que no cambias, pues como que te desalienta un poco, te sientes en una carrera en círculos, como si hubieras vuelto al punto de partida, a pesar de haber hecho el trajín. 

  

Leí alguna vez la historia de una muchacha que toda ella era un problema, y toda su vida le habían hecho sentir que sólo la querrían cuando cambiara. Pero a pesar de sus esfuerzos por ser mejor, cada caída la volvía más impenetrable. Hasta que una vez alguien le dijo: “No cambies si no quieres. Yo te quiero y siempre voy a quererte, al margen de que cambies o no. Te quiero  porque lo que siento trasciende lo que eres, y lo convierte en lo que representas para mí”. Y, como si estas palabras abrieran automáticamente una puerta que siempre estuvo cerrada, ella se supo, en su imperfección, querida. Y cambió.

 

Yo tenía hasta hace poco un jefe bastante ortodoxo –léase pegado a la antigua- y con un estilo de dirección que no coincidía en nada con el mío. Sin embargo, tengo que reconocer que él, a pesar de que muchos le decían que su método estaba desfasado, nunca se dejó intimidar por esos comentarios. Era tan auténtico que le importaba poco lo que pensaran de él mientras fuera íntegro y honesto, y era feliz así. Por ello, a pesar de no coincidir en algunas cosas con él, se ganó mi admiración y respeto.

 

Hay personas que solo saben decirte lo mal que haces las cosas buenas y lo bien que haces las cosas malas. Pero depende de ti y solo de ti darte cuenta de esa diferencia escondida, de quien te lo dice porque necesita que te sigas sintiendo el de antes, o porque realmente necesitas un cambio drástico en tu vida. Escucha en tu interior y sabrás la respuesta. A veces también nos equivocamos y nos llevamos por lo externo, sin percibir nuestro interior. A veces necesitamos decirle al otro que es imperfecto para evitar escuchar nuestra voz interior que nos dice exactamente lo mismo. La mejor manera de saber de que estamos hechos es aceptando nuestras fortalezas y debilidades, y frecuentando amigos verdaderos y sinceros, alejándonos de los adulones y aprovechados, que en buena cuenta siempre te dirán que eres el mejor mientras les seas útil.

 

No magnifiquemos los defectos ni minimicemos los esfuerzos del otro. Tampoco dejemos que lo hagan con nosotros. Lo importante es que seas feliz contigo mismo y hagas feliz al mundo regalándole tu presencia y compañía. Todos cargamos nuestra vida en nuestras propias manos; si estando llenas algo se me cae, no quiero que sólo me digas que algo se me cayó... me ayudarías mas si me ayudaras a recoger aquello que estoy perdiendo. Y si ves que en mi carga hay algo que no necesito o que puedo prescindir, dímelo con sinceridad mientras me ayudas a retirarlo; aún cuando tus manos también estuvieran llenas... pues a pesar de cargar nuestra propia vida, la carga compartida siempre es mas ligera.

 

A pesar de los tropiezos y los aciertos que tengamos, quiero que me digas lo bien que puedo mejorar lo malo y lo mal que haría en dejar lo bueno que hay en mi.

 

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12 diciembre 2010 7 12 /12 /diciembre /2010 22:06

Y estoy de pronto recordando los buenos momentos, los tristes también, las cosas buenas que pasaron, las reconfortantes, las malas también; los álbumes de alegres fotos, las risas del verano aquel, los tiempos en los que creía que todo era fácil y eterno también, y todo lo que en cuenta vale ahora es un recuerdo en papel de ayer.

 

Y es bueno que no siempre todo sea como esperamos, o sea igual que ayer, que estemos un poco de lejos, un poco con pena o un poco sin fe; es bueno que la lejanía, nos tire contra la pared, y entonces nos abra los ojos nos mire de frente y nos haga ver, que aquello que vale la pena  siempre está a tu alcance esperándote.

 

Y sigo revolviendo todo, doy vueltas a mucho sin saber porqué, hoy recuerdo que he vivido o vivo recordando las cosas de ayer, sin saber a ciencia cierta, o con cierta ciencia a la vez, si esto es todo lo que quise o quisiera todo lo que no tendré, y lo peor de todo es que teniendo el punto lo vuelto a perder

 

Y espero que no me arrepienta cuando mire el mundo que logre tener, un poco con esto y aquello, un poco lo mío y sin mi tal vez, con las maletas tal vez llenas, de aquellos recuerdos de ayer, que me llenaron de experiencias, me dieron de alma y me hicieron ver, que todo esto que he vivido solo es el principio y lo demás… ayer

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14 agosto 2010 6 14 /08 /agosto /2010 20:29

A veces quisiera que este sea un mundo de peluches. Un mundo apachurrable. Entrañable. Sincero. Un mundo donde al mirar al otro sólo nos den ganas de abrazarlo; donde la misión de cada uno de nosotros se reduzca simplemente a alegrarle la vida al otro, a hacerlo feliz.

Un mundo de peluches donde al mirar a otro sólo pueda hacernos sentir ternura y protección. Un mundo donde nuestra existencia sea un regalo para otros. Donde brindar amor no sea un riesgo sino una certeza. Un mundo donde las formas, los colores, la consistencia y la naturaleza de las cosas esté directamente relacionada con la misión de hacer feliz a quien nos brindamos como un regalo, como un obsequio. Y en un mundo de peluches lo que no es felicidad es nostalgia, esperanza y consuelo, pues con nuestra presencia todos tendríamos la sonrisa en nuestro rostro, la mirada curiosa, el abrigo de una compañía silenciosa, perenne, completa.

Un mundo de peluches donde necesitemos abrazarnos en nuestros momentos de angustia y al estrecharnos sintamos en ese momento que no necesitamos nada más para sentirnos acompañados. un mundo de peluches donde no exista el dolor, la enfermedad;  solo necesitaría una remienda si me rompiera algo o cambiaría un accesorio si se me perdiera algo.

Un mundo de peluches donde al mirarnos nos trasladen a mejores épocas;  donde, si  cada persona que conocemos fuera un peluche, sería especial porque si existen en mi vida es porque llegaron a mi por alguna razón que significara recordarme cuánto me quieren, cuánto me extrañan o cuánto sintieron algún error cometido. En un mundo de peluches el tiempo pasa y si el cariño y la nostalgia nos mantienen vivos seguimos presentes en la vida de quienes nos han recibido en su vida.

En un mundo de peluches todos somos iguales, todos causamos el mismo entrañable efecto de alegrar la vida al otro: los grandes y los chicos, los esponjosos y los rígidos, los lanudos y los de tela, los simples y los complejos, los económicos y los caros. Los más terribles osos se vuelven tiernos cuando se rellenan de algodón, y hasta los más hilarantes personajes que comparten nuestra habitación nos brindan aquello que a nosotros mismos como seres humanos nos es difícil conseguir: una sonrisa sincera, un amor sin condiciones, la paciencia de quien genera felicidad sin esperar nada a cambio.

Yo creo que en un mundo de peluches los altos cargos y los grandes nombres no tendrían diferencia. Todos mis peluches, desde los más caros hasta los más humildes, están juntos en el mismo lugar, y eso quiere decir que no importa de dónde vengas para ser parte de algo, no importa el nombre en tu etiqueta, ni de qué país vengas, ni que tan grande o tan chico seas.  No importa que seas muy viejo o que seas nuevo, en realidad importa poco como seas, lo que importa es lo que representas. Y ese es un atributo invaluable que pocos poseen.

Los peluches no saben de diferencias ni conflictos. Aún conservo peluches de personas que me quisieron (ya no me quieren tanto), que aún me quieren, que me extrañan, que me echan de menos o que tal vez ya no me recuerden tanto. Pero a pesar de haber sido entregados por distintas personas y por distintas razones que ya perdieron en algún caso, su razón, todos ellos están juntos; y cada vez que los veo me transportan a mejores épocas, a momentos felices, a recuerdos sentidos y entrañables.

Tengo algunos osos, algunos perros, un canario, un delfín, un fantasma, un hipopótamo, un marciano, un burrito, un ratón, un pato, un curioso tiburón y hasta un oso que mueve sus alas de cupido mientras canta. Al mirarlos, sólo recuerdo aquellas cosas buenas que hicieron que esos peluches llegaran a mi vida, pues todos ellos me han regalado una infinita alegría en grandes momentos, aún cuando algunos me arranquen un suspiro de nostalgia porque ya no impulsan el propósito por el cual me los regalaron; pero mantenerlos conmigo es una forma de respetar su historia, es una manera de animarme en algún momento triste, y de saber que pase lo que pase, sé que puedo ser mejor, que puedo ser mas humano, y menos orgulloso. 

Soy consciente que algún día dejaré mis peluches. Los regalaré alguna navidad o los donaré a quien necesite ser más feliz que yo y no pueda comprar uno. Aunque hay una gran posibilidad que terminen quedándose conmigo algún tiempo mas. Creo que todos conservamos al menos uno de épocas más felices, nos hemos deshecho de otros, o alguno lo tenemos guardado en algún lugar, y otros los seguimos buscando desesperadamente porque se nos perdieron en algún momento. Creo que en un mundo de peluches, nosotros somos los que deberíamos sentirnos agradecidos por tenerlos a nuestro lado, o por haberlos tenido en algún momento. Porque son, al fin y al cabo, una de las maneras de decir te quiero. De decir te extraño. De decir lo siento.

Yo quisiera que este mundo sea, en cierta forma, un mundo de peluches. Yo quisiera que este mundo sea tan entrañable, tan apachurrable, tan esponjoso, que a todos nos haga mejores personas. Para ser mejores con los otros. Para ser un regalo para otros. Y sentirnos un regalo para nosotros mismos. Y que fuera cierto siempre.

 

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8 mayo 2010 6 08 /05 /mayo /2010 11:18

Con el pasar de los años he aprendido a escoger mejor a mis amigos. A saber con quién salir y con quien juntarme; a saber qué decir y a quién decir las cosas, ya que al escoger hay una probabilidad mucho más alta de que esas personas serán discretas, leales y fraternas. Pero también he aprendido a detectar y señalar a aquellas personas ponzoñosas y cínicas que he conocido; y sin embargo, obligado a vivir entre ellas he aprendido a no guardarles rencor, pero si a mantener una respetuosa distancia de aquellos que me han regalado su envidia, su cólera y resentimiento, de ninguna manera justificable pero tal vez entendible viniendo de quien viene.

 

De un tiempo a esta parte he vivido situaciones de las cuales me he sentido decepcionado y sorprendido por actitudes, posturas y comentarios de personas a las cuales yo nunca les he hecho nada malo, y sin embargo éstas han buscado la oportunidad para tumbarme, disminuirme, hacerme pedazos. Y he sido testigo del festín inacabable del que se regodean algunos para hacer de sus acciones y comentarios una fiesta de chismes y prejuicios, que sólo son comparables con sus falsas poses y su doble moral. Pero es más grave cuando estas actitudes provienen de gente apreciada o de las cuales tenías un mejor concepto. 

 

Nunca me había detenido a apreciar en su real dimensión la capacidad del ser humano –de algunos seres humanos- de poder vomitar toda su cólera, su impotencia y su vileza para tratar de fregarle la vida a otros. Supongo que lo hacen porque necesitan llenar ese vacío asfixiante que deben sentir en su acomplejada vida, porque necesitan que los demás se sientan tan despreciables como ellos, o tal vez  simplemente es inherente a su ser, y a razón de ello destilan su veneno casi como un reflejo; seguramente siempre han vivido rodeados de esa pestilencia y por lo tanto no les parece asfixiante, no les parece mala. Y hasta les gusta, la sienten agradable, hogareña; y por ello se sienten fugazmente importantes al tomar actitudes y posturas tan cuestionables como su forma de ser, lo que no revela sino la magnitud de su catadura moral y, tristemente, en esa misma magnitud, su triste vida.

 

Y digo esto porque he tenido que "aprender" a saber distinguir quién es mi amigo y quién no. He tenido que aprender de quién cuidarme y de quién no. He aprendido que hay gente mala, he aprendido que hay gente desalmada, que hay gente hipócrita y desleal. He aprendido que a veces no puedes caerle bien a todos, y que tu sola presencia puede importunar y hasta incomodar a quienes ven en ti tal vez aquello que no les gusta porque no es su estilo, o porque envidian tu alegría, a tus amigos, o porque quisieran –subrepticiamente- ser como tú; y es entonces que no te soportan: les molesta tu presencia, escuchar de ti, ver tu arraigo entre otros.

 

Yo he cultivado la mala costumbre de querer librar luchas románticas, justas algunas de ellas en sus reclamos y demandas; batallas autodestructivas, de esas que sabía que tal vez no ganaría pero que igual peleaba porque sabía que era lo correcto, porque sabía que, sea cual fuere el resultado, debía intentar librarlas. Porque mi conciencia me dictaba que hay cosas que no deben ser simplemente porque no deben ser o porque la razón y la experiencia te dicen qué es lo correcto y qué no. Y porque de vez en cuando alguien debe alzar su voz cuando nadie lo hace para callar esas voces altisonantes e impertinentes que creen tener la verdad, aunque luego los resultados de sus acciones no hagan sino dar un triste espectáculo de su total ignorancia. Aunque el tiempo me ha dado la razón,  por lo cual puedo decir que he ganado algunas de esas quijotescas batallas, también he perdido otras. Pero el librarlas es en buena cuenta un motivo para sentir que he hecho lo correcto, aunque esas luchas me acarrearan luego una maraña de problemas. Lamentablemente para algunos, mi mamá no me trajo al mundo para caerle bien a todos, sino para ser consecuente con lo que creo y con lo que me enseñaron.

 

 

Es por eso que tengo que agradecerle a todos aquellos que tanto daño me hicieron, me hacen o me quieren hacer, a todos aquellos hipócritas, cínicos, arrogantes y pérfidos que en su momento creyeron o creen que me hacen sentir mal al hablar mal de mí o al inventarme historias. Gracias porque de no ser por ustedes, no pensaría como pienso ahora; de no ser por ustedes, no hubiera podido madurar, no hubiera podido perfilar mi carácter, mi coraje y mi integridad. Y porque gracias a personas como ustedes, valoro más a mis amigos. Y quiero más a mi perro.

 

Y para terminar cito un texto de Jaime Bayly: No guardo rencor a los traidores ni a los cobardes: tal es su naturaleza, tal su destino menor. Tal vez el coraje consiste también en comprender y perdonar a los cobardes y a los desleales, en mirarlos con la compasión que sólo poseen quienes son de verdad sabios; es decir, quienes son de verdad leales y valientes incluso con quienes no lo merecen.

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24 noviembre 2009 2 24 /11 /noviembre /2009 10:08

atardecerlima.jpgVivo de esperanzas cifrada en instantes fugaces, de destellos que ciegan, de mentiras piadosas. ¿Dónde puedo encontrar tu sonrisa? Tal vez no he  esperado lo suficiente para verte llegar. Quisiera que fuera el final de la película: haberte encontrado, tomar tu mano, y un esperado final con besos decorados y miradas eternas, con otoños en el parque y veranos en la playa,  mojados por la lluvia del invierno o en la alegría de una primavera fresca y esperada.


Aquí te espero. No sé de dónde eres, ni como vendrás. Tal vez llegues de repente, o tal vez siempre estuviste. Tal vez no te conozco o tal vez ya sé quién eres,  y sólo falta una palabra precisa que al escucharla sepa que eres tú. Tal vez falta tu mano, rozando con la mía, la que desencadene ese temblor en mi cuerpo, esa sensación que perdura y que me haga sentir que ya no podría ser el mismo sin ti.


Así que aquí te espero. De pie o sentado, con zapatos o descalzo, a cualquier hora, en cualquier rato. Y si te espero lo hago con mi duda y mi certeza, con mi capricho y mi criterio, con mi alegría y mi tristeza. Y te espero saliendo del cine o bailando en una fiesta, tejiendo tu futuro o viviendo tu presente; te espero levantándote del piso y aún te espero si te vuelves a caer. Te espero en la vigilia de tu sueño y aún cuando despiertes. Te espero con tus broncas y las mías, con tu mundo y con el mío, con tu historia y con la mía.

 

Y sé que debes estar ahí, en algún lado, en alguna parte.

 

Pero aquí te esperaré, en este mismo lugar. No me moveré para que puedas encontrarme. No haré señales de náufrago para que no huyas o te espantes. No haré nada de esas cosas que me hicieron tan sombrío antes y por las cuales tanto perdí. Pero haz que suceda. Haz que nos pase. Que nos inunde. Que nos conmueva. Que nos llene de ese amor que hace girar al mundo. Estate atenta cuando el universo entero se confabule y nos regale la alegría del encuentro, la conmoción del amor en el encanto de un beso. Haz que en una sola oración pueda incluir tu nombre en cada palabra, haz que pueda dibujarte mil formas en un cielo nocturno inundado de estrellas. Haz que, sin referencias ni brújula, pueda encontrarte, y guarda contigo la promesa que cuando me encuentres me abrazarás tan fuerte que nunca mas querré soltarte.

 

Haz que tomados de la mano, tú y yo, seamos más que todos, seamos más que dos. Pero sea cual fuere la forma en que llegues a mi vida, hazme saber que eres tú.  

 

Aquí te espero.

 

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6 septiembre 2009 7 06 /09 /septiembre /2009 15:39

Hoy  me enteré que falleció una antigua vecina de mi barrio. Mi tía – mujer mayor- estaba sumamente conmovida por este hecho. Creo que, aparte del hecho de saber que alguien conocido murió, mi tía se pone nerviosa porque muchos de sus contemporáneos empiezan a irse y el paso inexorable de toda una vida termina en una llamada informativa de defunción. Obviamente nadie tiene la vida comprada, niños jóvenes y adultos mueren diariamente, por lo cual es un exceso de optimismo pensar que sólo morirás por el desgaste de una edad avanzada. Pero cuando empiezas a llegar a viejo, como que vas teniendo la certeza que tu paso en este mundo está por terminar su recorrido.

Cuando era pequeño y escuchaba que alguien fallecía, en los velorios veía rostros de pena, congoja y frustración que yo aún no comprendía en su totalidad, o que simplemente no me invadían en la magnitud de quienes habían vivido y compartido toda una vida o una parte importante de ella con quien había partido. No entiendes mucho de estas cosas cuando eres niño, y en ocasiones hasta lloraba porque los demás lloraban.

Mi primer contacto conciente con la muerte fue a traves de mi tío Gelacio, quien vivía con nosotros. Murió en mi casa. Esa fue la primera partida que me afectó y mi primera idea real de lo que es la muerte. Yo tenía cuatro o cinco años a lo mucho, y aunque  entendía muy poco de nada, sabía que mi tío no iba a volver. Supongo que si hubiera compartido más tiempo con el en esta edad, y con toda una vida compartida, su muerte me habría afectado más. Ahora  me acerco irremediablemente a los 30 años, y empiezo a darme cuenta que poco a poco voy enterrando y despidiendo a personas que acostumbraba a ver, con las que crecí, con las que había construido fuertes lazos de cariño y a las que admiré y quise, lo que hace más dificil ese momento.

Cuando mi papá murió confirmé que el momento de despedir a quienes nos recibieron en este mundo había empezado sin darme cuenta y desde hacía tiempo. En el velorio, reparé que aquellos a quienes conocí de niño habían envejecido mientras yo crecía;  mientras yo me volvía adulto ellos se hicieron mayores o ancianos; aquellos que antes me miraban y me pellizcaban los cachetes para decirme cuánto había crecido ahora cargaban los años sobre sus espaldas, dando  paso a mi generación.

Me ha pasado que cuando familiares o amigos fallecen me queda la inquietud de que tal vez pude haberlos conocido mejor, pasar más tiempo con ellos, visitarlos más seguido, escucharlos o recibir consejos de muchos de ellos, quienes con su experiencia y años tenían la autoridad necesaria para dejarte un consejo o llamarte la atención. A pesar de saber que este mundo está girando lento para mí pero muy rápido para otros, me angustia la idea de pensar que seguiré dejando flores sobre la tumba de las personas que más quiero, cosa que ya está empezando a suceder. Sé que no puedo cambiar eso y que es parte de la vida, razón por la cual voy haciéndome a la idea que no evitaré seguir enterrando a quienes fueron parte de mi vida, y que sólo dejaré de sentirme mal cuando llegue el día en que otros me lloren a mí.

 Si  Dios quiere que llegue a anciano, obviamente sólo quedarán mis contemporáneos: al menos me sentiré acompañado, mientras todas aquellas personas que conocí  desde niño serán sólo un antiguo recuerdo de toda una vida. Tal vez recordaré cuando escribía esto y me sonria en algún mullido sillón de mi casa, con mi perro a mis pies y mi cobertor sobre mis piernas para darme calor, y pensaré cuán rápido pasa el tiempo y cuánto ha pasado desde que puedo recordar. Ojalá entonces pueda estar satisfecho con la vida que escogí,  y cuando de vez en vez reciba una llamada acongojada avisando de alguien más que partió, seguramente me invadirá un ligero remezón de miedo y realidad,  y aceptaré cada vez con mejor ánimo la certeza de saber que falta poco para ser yo el protagonista de la siguiente llamada.

Pero, si Dios quiere, por ahora sólo es tiempo de dejar flores.

 

 

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6 julio 2009 1 06 /07 /julio /2009 10:45

Hace unos años, un grupo de amigos convinieron en ir a Cieneguilla en bicicleta, por la ruta que pasa a través de los cerros de Manchay; era una ruta temeraria y peligrosa, pero emocionaba hacerla y no era la primera vez que la hacían. 

 

Era domingo. Salieron con la neblina de la madrugada desde la casa de Francisco; dos horas después, estaban por empezar a trepar los cerros. El aire frío de esa mañana de agosto congelaba sus mejillas y entumecían sus manos aferradas al timón de sus bicicletas. Luego de un buen rato subiendo y bajando entre los cerros, uno de ellos paró de golpe la caravana. La densa neblina de pronto se disipó y pudo ver que un cerrillo habia sido cortado de tajo por la pista que estaban construyendo. Sorprendido y preocupado, hizo señales para que el resto del grupo se detenga. Luis, Francisco y Jair se percataron de las señas y pararon bruscamente. Oscar, como siempre ensimismado en sus audífonos a todo volumen y distraído por ese afán temerario de sus dieciocho años, no los vió. Pasó por su lado velozmente sin percatarse de sus señales ni del peligro que estaba frente a él. Cayó, casi volando, por el acantilado que aquel tajo había formado, quedando inconciente y malherido.

 

Aquel grupo de amigos estaba desesperado y entraron en pánico, sin saber que hacer.  Cuando pudieron encontrar ayuda lo rescataron y fue llevado al hospital, con múltiples fracturas y un traumatismo que lo dejó inconciente. Estuvo en coma una semana. Cuando al fin abrió los ojos y todos respiraban aliviados, lo que venía sería mucho peor.

 

Oscar despertó del coma, pero angustiado y nervioso no reconocía nada a su alrededor sin hablar y con cara de espanto. Cuando los médicos lo vieron, llegaron a la conclusión que, producto del grave traumatismo que había sufrido, tenía un cuadro de amnesia parcial determinada. A diferencia de la común, su cerebro reseteó sus últimos catorce años, dejándolo en una edad mental de casi cuatro. Los médicos no eran alentadores: tal vez no volvería a recordar nada. ¿El tratamiento? empezar de nuevo, de cero: a leer, escribir, comer, estudiar. Los médicos recomendaron también que familiares y amigos, de ahora y de antes, lo visitaran. Su enamorada de entonces, tal vez asustada o resignada,  no soportó mucho tiempo verlo así y se alejó. Sus amigos con los que ocurrió el accidente iban seguido a verlo, e intentaban que los reconozca, pero era como jugar con un niño. A pesar que no perdían la fe, pasaron más de dos años, y  el tiempo y la esperanza de  que algo extraordinario sucediera era una posibilidad cada vez más remota.

 

Oscar tardó algo de tiempo en volver a hablar y escribir, y de manera muy limitada. Ya saludaba a sus amigos, y sabía quién era quien (bueno, para él eran sus “nuevos” amigos), aunque no pocas veces tuvieran que presentarse nuevamente. Su mamá comentaba que le enseñaba fotos de los años perdidos en su mente y que ha veces le parecía que estaba por reconocer algo, pero, cual motor ahogado de un carro descompuesto, cuando parecía que iba a arrancar, se apagaba.

 

Los médicos habían recomendado que trataran de que Oscar inetractuara con la mayor cantidad de familiares, amigos y conocidos que de alguna manera pudieran hacerle recordar algo de lo que había borrado. Todos pasaron por su habitación de Magdalena, incluso hasta viejos rivales (le llevaron hasta al pata que le pegaba en su colegio). Pero, aunque muchas personas pasaron ante sus ojos, nada cambió en su mirada nublada y extranjera a lo que pasaba a su alrededor. Nada parecía poder traerlo de vuelta. Nada, hasta ese momento.

  

Pasó que un día, mientras los amigos miraban un viejo álbum de fotos, se percataron de algo… bueno, de alguien. Ese alguien era Lorena.

  

Lorena había estudiado con Oscar desde la escuela primaria. En la secundaria, si bien ambos fueron cambiados de colegio, se siguieron viendo por la cercanía de sus casas, en la misma calle. A mediados de la secundaria Oscar le propuso a Lorena ser enamorados, cosa que ella aceptó encantada. Vivieron dos años de una maravillosa y linda relación, hasta que ella tuvo que terminar la relación porque se fue a vivir a Miami con su familia. Él había contado esta historia a su grupo de amigos pero su relato se había perdido en la memoria de quienes lo habían escuchado, por lo que sus amigos no podían creer que se habían olvidado de ella en todo este tiempo.  

 

Decididos a todo por encontrar a Lorena, interrogaron a los vecinos de su cuadra. Nadie sabía su dirección en Miami. Nadie sabía su correo, no existían las páginas sociales y el teléfono móvil no era precisamente popular entre jóvenes. Cuando por fin consiguieron su teléfono –gracias a una antigua amiga de muñecas de ella- otra sorpresa les esperaba: ya no estaba en Miami… había regresado a Lima hacía un mes, ya que no le fue bien por allá. Ya estando ella en Lima no fue difícil encontrarla. Luego de ubicarla y explicarle el motivo por el cual la buscaban, Lorena muy conmocionada por lo que escuchó no dudó en ir a casa de Oscar para verlo.

 

Jair y su amigo llamaron a casa de Oscar y le contaron a su mamá que estaban llegando con Lorena. Claro que la señora no recordaba quien era Lorena y se enteró en ese momento que ella había sido enamorada de Oscar. Le pidieron que lo vistiera y le dijera que irían con una amiga, pero que no le dijera el nombre. Cuando llegaron, Francisco y su mamá estaban con él.

 

Oscar -le dijo Jair- hay una amiga que quiere saludarte,

“Ya” dijo el sonriéndo.

Al entrar la muchacha a la habitación, Oscar volteó a verla. Allí estaba ella, parada en la entrada de su habitación, algo nerviosa y conmovida por lo que veía.

¡Hola Oscar! ¿Te acuerdas de mí?  Dijo ella, mientras se acercaba y lo abrazaba, dándole un tierno beso en su mejilla. "yo me llamo….

“Hola, Lorena” dijo Oscar.

Cuando escucharon eso, Jair y Francisco voltearon algo mortificados hacia la mamá de Oscar:

¡Señora!, -le dijo Jair- ¿no le dije que no le avise ni le sople el nombre??

Su mamá, aterrada, no atinaba a contestar

"Yo… yo no le dije nada- balbuceó mientras miraba impactada a su hijo.

 

Volteamos entonces todos sorprendidos hacia Oscar

"Oscar, ¿sabes quienes somos?" Oscar nos reconoció perfectamente, se sorprendía de que estuviéramos todos en su cuarto –incluyendo Lorena- hasta que reparó que su habitación era muy distinta a la que el recordaba.

 

El médico no tardo en llegar y confirmar lo que presumíamos. Oscar había recuperado de golpe, y solo al ver a Lorena, los catorce años de recuerdos que le había quitado el destino esa mañana de agosto de hacía dos años. No podíamos creerlo. Luego del golpe de la noticia y de ponerse al tanto de lo que había pasado, Oscar entró en una profunda depresión al estar conciente que había perdido esos dos años de su vida que curiosamente ya no recordaba, y se sumió en una gran tristeza. Luego del shock inicial y la alegría infinita, Oscar necesitaba tiempo y terapia para asimilar lo que había pasado. Su médico le pidió a Lorena que lo siga visitando, pero ella se mostraba escéptica, entre muchas razones porque no creía que hubiera tenido que ver en su milagrosa recuperación y porque le dio miedo lo que había pasado, porque tenía una pareja que tal vez no entendería lo que le pedían, y porque no quería hacerse responsable y comprometerse en un tema que, según ella, no le correspondía.  

 

Le rogaron que hiciera un esfuerzo siquiera por un par de meses. Luego de mucha insistencia ella aceptó. Empezó a ir dos veces por semana a visitar a Oscar, y pasaron largas tardes recordando cosas y sanando no solo su mente, sino también su corazón.

  

Epílogo:

 

He contado esta historia a muchas personas, y puedo dar fe de ella.

Oscar retomó poco a poco su vida. Superó su depresión y volvió a la Universidad y a sus actividades, y terminó su carrera de Administrador. Lorena por su parte, no volvíó a Miami e ingresó a la universidad y con el tiempo se graduó de veterinaria.

 

Dos años después de que Oscar recuperara su memoria, y en una preciosa mañana de un quince de octubre, familiares, amigos, y obviamente Francisco, Jair, Luis... y yo, fuimos testigos del matrimonio de Oscar y Lorena en la Iglesia Virgen del Pilar.  Dos personas que no pensaron reencontrarse y que se hallaban distraídos cada uno en su mundo, fueron unidos por el mismo destino que los había separado antes y que el mismo destino, en el momento mas difícil y menos esperado, los hizo coincidir, casi a ciegas, palpando con sus manos, un solo corazón.

Luego de la ceremonia, antes del brindis Oscar pidió la palabra y mirando a Lorena le dijo:

 

“Lorena, tu eres la principal razón por la que estoy aquí, pues en la oscuridad de mi noche, lograste encender una luz,  y sin que lo notaras cogiste mi mano, me guiaste entre la niebla, y me trajiste de vuelta; y con eso me regresaste a mí mismo, a mi propia vida, que curiosamente descubrí que no estaba completa si tu no estabas en ella. Y al volver yo, sin darte cuenta, tu también volvíste, y me entregaste aquel pedazo de mi corazón que siempre había sido tuyo. Ahora eres mi esposa, y no dudes que podría volver a sumirme en la miseria de no saber quien soy, si supiera que esa oscuridad me llevará de nuevo a ti"

     

Oscar y Lorena viven actualmente en Argentina, y les va muy bien. Oscar nunca más tuvo problemas con su memoria, y aunque el impacto de lo que vivió lo acompañará siempre, vive agradecido por la segunda oportunidad que la vida le regaló con su amada esposa y sus dos preciosos hijos.

 

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  • : Bueno, a mi me gusta, ojala a ustedes. Es un espacio donde escribo algunas historias personales, reales algunas y otras sazonadas, así como pensamientos y algunos extractos de cartas y viejas libretas que me pareció interesante compartir.
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