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10 julio 2013 3 10 /07 /julio /2013 01:28

Una de las experiencias más bonitas de mi vida sucedió hace algunos años, con mis amigos del barrio. Por un tiempo conformamos un grupo de música que alguna vez tocó ante muchísima gente, gente que coreó nuestras canciones y no nos dejó  bajar del escenario hasta que tocáramos una canción mas.

Esta experiencia se llamó “Sin Nada que Hacer”, nombre de la banda que conformamos inicialmente con mis inagotables amigos Luis Ledesma, Gonzalo Silva, Jeff Moreano, Richard Alvarez, Alan Valdez y yo. El  nombre se le ocurrió a nuestra querida amiga Ivette,  quien nos bautizó así pues en ese momento estábamos viviendo una etapa solaz y distendida en nuestras vidas... protocolar manera de decir que andábamos en nada la mayoria de nosotros, cosa que aceptábamos de buena gana y por lo cual el nombre quedó.

Nuestra primera intención fue hacer música de parroquia. Con esa excusa logramos la autorización de nuestro amigo y mentor el padre Juan Luis Shuester para hacernos de un pequeño salón en las instalaciones del Convento de la Recoleta en el centro de Lima, bajo la condición de que ensayaríamos canciones para el centro juvenil, cosa que hicimos en la  medida que nos fue posible. Media hora canciones de la Iglesia, y las restantes las usamos para ensayar covers y darle forma a algunas canciones que empezaron a componer algunos de los chicos del grupo.

A la par de disponer del local que teniamos asignado, alquilábamos salas de ensayo por horas, ya que no teníamos todos los instrumentos, por lo cual nuestra siguiente meta fue comprarlos.

Ante la falta de capital para adquirirlos, decidimos hacer una actividad para vender cuartos de pollo frito conocido como pollada, pero titulada por nosotros como “chicken party”. Cuando apelamos nuevamente a nuestro benefactor -Juan Luis Shuester- para que nos preste las instalaciones del comedor parroquial como sede de nuestra actividad,  no sólo le sorprendió nuestra  pretensión, sino que además creo que subestimó el resultado económico que arrojaría nuestra actividad, por lo cual se animó a lanzarnos la  propuesta de donar la misma cantidad de dinero que sacáramos de utilidad en dicho evento.  

Dicen que a un joven jamás debes subestimarlo, menos aún si está  en juego sus sueños de cantante pop. Con semejante proposición, entre todos nos propusimos sacar el máximo provecho a tan desprendida propuesta vendiendo todas las  tarjetas que  pudiéramos. Juan Luis no contaba el poder de nuestros sueños y con el gran poder de convocatoria con el que contábamos en aquellos tiempos, por lo cual, y luego de un arduo trabajo y mil peripecias, el día del evento vendimos más de 500 tarjetas, sacando una utilidad tan alta que nuestro benefactor se mostró incrédulo de la  ganancia que le reportamos y nos pidió un informe completo de los ingresos y egresos de nuestro evento, el cual ya habíamos elaborado en previsión a su escepticismo.

Convencido y resignado, nuestro buen amigo Juan Luis no tuvo más remedio que darnos la misma cantidad que habíamos ganado. Con ese dinero compramos una batería, un bajo, guitarra eléctrica, parlantes, accesorios, etc. “Sin Nada que Hacer“ya podía dejar de alquilar salas de música y dedicarse de lleno a ensayar.

Instalados y con nuestros flamantes instrumentos empezamos a ensayar. Cabe indicar que ninguno estudió profesionalmente para su instrumento, por lo cual eramos totalmente aficionados, pero felices. Luis y Jeff en las guitarras, Gonzalo en el bajo, Richard en la bateria, yo en los teclados y Alan era el Manager del grupo.

Al comienzo eran más ganas que música pero poco a poco y tras mucho ensayo había ganas, y música. Con el tiempo, nuestros ensayos comenzaron a convocar cada vez a mas gente, al punto que ya teníamos una hinchada fiel que siempre  llegaba a la hora de nuestros ensayos, por lo cual comenzamos a pensar que esto podía terminar bien.

El suceso materia de este artículo se empezó a gestor a mediados del mes de Octubre del año 2001. Un buen día nuestro buen amigo Jeff nos comunicó que había logrado que nos incluyan entre los números del programa por el aniversario del colegio Guadalupe, el cual se llevaría a cabo la segunda semana de Noviembre.  Nos invitaron a tocar dos temas a nuestra elección y sin pensarlo mucho aceptamos el reto, el cual era provocador para cualquier grupo que quisiera un baño de popularidad: tocar en un escenario con luces y sonido, en una larga y anchísima cuadra llena de alumnos, exalumnos, autoridades y público en general.  Ir ahí nos exigía ensayar mucho, pues público tan feroz seguramente nos bajaría del escenario a la primera que detectara que éramos puramente aficionados, y esa no era nuestra idea.

Decidimos entonces ir a la segura. No cantar ninguna de nuestras propias canciones y apuntar a canciones conocidas y que generen una buena primera impresión. Decidimos que cantaríamos “Sexo” de Los Prisioneros, y “música ligera” de Soda Stereo. Por si acaso, nos guardamos una canción más por si otra banda nos adelantaba en la presentación y cantaba alguna de nuestras canciones. Ensayamos harto, afinamos tiempos y estuvimos listos para enfrentarnos a nuestro primer gran concierto, donde los espectadores ya no serían solo nuestras enamoradas, mamás ni las tías de la legión de María.

 

Cuando llegó el gran día, yo estaba 20% preocupado / 80% emocionado, pero creo que en realidad era al reves, 20% emocionado / 80% preocupado. Esperaba que pasaran rápido las horas, poder salir volando de mi recién estrenado trabajo en el banco e ir hacia mi destino. Cuando al fin llegó la noche y pude salir del trabajo me encontré con los chicos en el barrio. Todos teníamos la misma cara de emoción y espanto, pero ya estábamos en esto y lo íbamos a hacer así se viniera el mundo abajo. Fuimos juntos y llegamos a la hora convenida al lugar del evento con nuestros instrumentos. Cuando llegamos, todo era como esperábamos: la avenida cerrada de punta a punta, el escenario en el medio, la calle repleta de gente y todo lo necesario para las presentaciones que habría esa noche. Una vez que nos presentamos ante los organizadores  y mientras esperábamos nuestro turno, comenzamos a prestar atención en los números que nos precedían, esperando que no saliera algún grupo antes que nosotros tocando alguna canción que nosotros fuéramos a tocar y que pudieran opacar nuestra humilde presentación.

Felizmente hubo mucha danza típica, baile coreográficos y un par de cantantes con pista de sonido y sin mayor brillo, por lo que respiramos aliviados, Cuando finalmente nos pasaron la voz para entrar estábamos nerviosos, pero la adrenalina que a todos nos empezó a explotar nos armó de valor y salimos. Para hacer un ingreso redondo uno de los chicos del grupo consiguió casacas del colegio, las cuales nos pusimos para subir a tocar. No está demás decir que al vernos entrar con las casacas del colegio y con nuestros instrumentos la gente empezó a gritar y aplaudir a rabiar. El efecto fue inmediato: nos metimos a la  gente al bolsillo sin siquiera  haber empezado a tocar. Ahora había que cantar.

No sabíamos como empezaría Gonzalo -quien sería la voz de la primera canción- la presentación. Sin embargo, su apertura fue tan audaz como efectista, y a pesar de la sorpresa que generó entre los profesores y los organizadores, se lanzó:

Buenas Noches Guadalupeeee!!! ¿Quieren sexooo !!! ????

Y empezamos a tocar la canción de Los prisioneros. El efecto en la gente fue tan bueno que gritaron al unísono: ¡¡ Siiiiiiiiiiii !!, lo que hizo que perdiéramos el miedo, nos relajáramos y agarramos confianza en el escenario.

Fue espectacular. Con las luces no veíamos muy bien a la gente, pero se divisaba una masa saltando al unísono de la canción, y no pararon de alentarnos hasta el final. Para la segunda canción cantamos "Música Ligera" de Soda Stereo y fue la euforia total. La gente saltaba, nos coreaba, y nosotros ya no entrabamos en nuestro cuerpo por el momento  que  estábamos viviendo. Cuando terminamos nuestra segunda canción debíamos bajar pero la gente empezó a gritar repetidamente: “¡¡otra!!, y entonces, en ese momento agitado, trajinado, y con el grito de la gente que nos pedía otra canción, sentimos el cielo a nuestros pies, la sensación cercana al éxtasis, a la locura. La organizadora nos hacía señas para que bajemos y fue entonces que entre todos los del grupo nos miramos, y en nuestra mirada cómplice sabíamos que tal vez esta sería la única vez que viviríamos una experiencia como esta, y que  este era el momento, nuestro momento; y sin hacerle caso a la vieja de la coordinación agarramos nuestros instrumentos, hicimos un intro y en medio de la ovación de la gente empezamos a tocar la irreverente canción de los Nosequién y los Nosecuántos "Magdalena” 

 

Para ese momento no nos importó nada, nos divertimos, repetimos como tres  veces la mentada de madre,  y cuando por fin terminamos, nos despedimos entre una lluvia de papelitos con correos electronicos y teléfonos de las chicas de los Institutos y de los colegios que también habían asistido al evento, y así caminamos un rato para recibir nuestro merecido baño de popularidad antes de volver al barrio. Nos sentimos tan famosos como reconocidos, y eso fue único e irrepetible.

Luego de esa presentación nos invitaron a un par de lugares pero nuestro nombre de grupo ya no le hacía honor a las responsabilidades que empezamos a adquirir.  Con el tiempo, entre el trabajo y el estudio comenzamos a ensayar cada vez menos hasta que un buen día cancelaron nuestra sala y una nueva administración en mi parroquia decidió que los instrumentos que habíamos ayudado a comprar y que  nos costó nuestro esfuerzo ya no nos pertenecían ni teníamos derecho sobre ellos, lo que no me pareció muy cristiano. "Sin nada que hacer" se volvió con el tiempo en un bonito recuerdo de una época feliz en nuestra vidas enque jugamos a ser estrellas y tuvimos qiunce minutos en que verdaderamente lo fuimos. 

Han pasado varios años y desde hace un tiempo mis viejos amigos se han vuelto a reunir y ensayar, otros ya no pudimos continuar, como yo. Pero el recuerdo de ese tiempo que compartimos juntos tejió, junto con otros grandes recuerdos, un lazo de camaraderia y un vínculo que mantenemos hasta el día de hoy. Y que seguramente mantendremos siempre. 

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30 junio 2012 6 30 /06 /junio /2012 14:36

 

Hace algunos años, cuando estaba en el colegio, la vida era perfecta, simple y básica: estudiar de abril a diciembre, mas buenas notas yantes.jpg buen comportamiento, me aseguraba terminar antes de navidad mis clases y descansar sin preocupaciones durante todo el verano, sin cuestionamientos sobre qué haré el otro año, pues sabía de antemano que ocurriría exactamente lo mismo: volvería al colegio -una vez más- y el círculo comenzaría de nuevo. 

 

En mi colegio habían tres tipos de alumnos: los que odiaban el colegio y las clases, los que les gustaba las clases, pero no el colegio, y los que les gustaba el colegio, pero no las clases.  Sentirse identificado con alguno de estos tres grupos dependió mucho de la experiencia académica y social que cada uno vivió, por la cual debías buscar encajar en esa pequeña sociedad. Y si no te hacías encajar, pues te encajaban. Creo que yo pasé por las tres etapas, pero finalicé mis días de escolar gustándome más el colegio que las clases, pues con el pasar del tiempo disfrutaba menos de los cuadernos y más de la compañía de mis amigos, por la convivencia, las anécdotas  y las tonterías que hicimos y compartimos.  

 

Aún perteneciendo a un determinado perfil, dudo que muchos de nosotros en esos tiempos estuviésemos preocupados por qué hacer cuando termine el colegio. Eran tiempos de sosiego donde no pensabas en mañana seriamente. Sin embargo, encontrándome  a la mitad del último año de secundaria, comenzó a invadirme un extraño sentimiento de incertidumbre y preocupación sobre mi futuro inmediato, y esa incertidumbre hacia que ya no quisiera que el año terminara. Junto a mis amigos, fuimos testigos impotentes de cómo   como nuestra zona de comodidad se iba a resquebrajar con la cercanía del fin de clases, y las miradas juiciosas de nuestros padres y maestros -tratando de adivinar cómo acabarían nuestras vidas- ya empezaban a pasarnos la factura. 

 

Resignados entonces por el triste e inevitable desenlace, y luego de compartir una gran camaradería y complicidad en nuestro viaje de promoción, a mediados de noviembre de ese último año decidimos llevarnos un buen recuerdo de esa época que estaba por llegar a su fin. Fue entonces que, y como se acostumbraba en aquel entonces (no sé si ahora), entre compañeros escribimos en nuestras blancas camisas de colegio recuerdos, mensajes, dibujos y frases que inmortalizaran  el recuerdo de nuestra amistad. Mi camisa de colegio terminó totalmente llena de firmas y dedicatorias de la mayoría de mis amigos del salón del 5to B del colegio José Jiménez Borja, promoción 1996. Pero, y a diferencia de los demás, mi camisa no sólo estaba invadida de esos mensajes y frases, sino que además contenía algo que para mí la hacía diferente: en su bolsillo guardé una lista de asistencia de mi aula, correspondiente al último mes de clases. Me la había quedado de recuerdo a expensas de mi auxiliar de piso, y en ella estaban los nombres y apellidos de todos los chicos de mi salón, lo que me pareció útil pensando que quizá en un tiempo esa lista facilitaría contactarlos (en ese entonces no tenía idea que, gracias a las redes sociales, volvería a encontrar a mis amigos)

 

Mi camisa de colegio, tal cual estaba, sucia y garabateada, la guardé en una bolsa de plástico para evitar que se deteriore, y la guardé en el fondo de mi cajón de ropa. Con el pasar de los años ´la tela empezó a percudirse, y la tinta se fue difuminando en el fondo cada vez menos blanco de mi camisa; sin embargo, decidí mantenerla tal cual estaba, negándome a retocarla o lavarla. La atesoré con mucho cariño, y cada vez que me agarraba la nostalgia o me sentía triste por algo, sacaba mi camisa de su empaque y leía los mensajes que me habían dejado, y del bolsillo sacaba la lista de asistencia, y entonces me trasladaba a esa época, y podía imaginar y recordar mi salón de clases, recordaba dónde se sentaba cada uno de mis compañeros, y todas las anécdotas y momentos que pasé con cada uno de ellos. Eso me alegraba el día, y me proveía de una sensación de tranquilidad por la cual me sentía mucho mejor.

 

No sé cuando pasó, ni cómo. Supongo que en alguna de las mudanzas de habitación que tuve luego se quedó en algún cajón mi camisa. Lo cierto es que un día se me ocurrió buscarla y no la encontraba por ningún lado. Mi mamá no recordaba haberla visto, y mis hermanos menos. Un sentimiento de angustia me invadió por perder un artículo tan valioso para mí. Finalmente, y luego de una frenética búsqueda por toda la casa, la di por desaparecida. Un sentimiento de ausencia me invadió profundamente entonces, aunque tuve que resignarme al hecho de haberla perdido. De esto ya han pasado varios años; sin embargo, y de cuando en cuando, no dejo de revisar algunas cajas o ropa apilada que creo no haber revisado antes, tratando de encontrar mi camisa, pero ella y la lista de asistencia que con tanto esmeró guardé ya no están, y no hay nada que pueda hacer al respecto. Ese artículo es uno de los objetos que más siento haber perdido, pues el significado que tenía para mí lo hacía invalorable y estimado, aunque fuera un pedazo de tela amarilla garabateada.  

 

    En compensación a ello, últimamente veo más frecuentemente a mis amigos del colegio, y aunque han pasado años, reunirme con ellos me hace sentir que el tiempo no hubiera pasado, como si aún siguiéramos siendo los mismos, como si una conexión invisible, indivisible, mantuviera esos sentimientos de amistad y camaradería que forjamos en esos tiempos, y  eso, eso siempre será impagable.

despues 

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17 junio 2012 7 17 /06 /junio /2012 18:14

Desde hace casi cinco años, y desde que mi papá murió, mi día del padre tiene una mecánica distinta a lo que era antes. Hoy en día, el día del padre es levantarme temprano, desayunar e irme al cementerio Parque del Recuerdo de Lurín, donde mi viejo está enterrado.

 

Sin embargo, el día presenta algunas complicaciones. En primer lugar, y como todos los años, debo enfrentarme primero con el infernal tráfico que sólo en estos días se genera en los cementerios, con el absurdo precio con que los floristas ofertan sus rosas marchitas y con el estrés de, una vez adentro, encontrar un lugar para estacionar. De ahí, y luego de sortear a la gente, finalmente puedo llegar a su tumba, presentarle mis respetos y empezar con un ritual ya conocido: lavar el mármol seco por el sol, mientras arranco el pasto crecido alrededor de la lápida y preparo las flores que dejaré. Normalmente, este parque es un sitio apacible y reflexivo, pero días como hoy, no. En este punto es que empieza la otra parte de mi estrés. Yo llego conmovido y recogido a su tumba, con el respeto que el lugar reclama, pero últimamente percibo que ya no encajo en ese comportamiento con el resto de personas que también van al camposanto. Con los años veo más gente relajada, divertida, que llegan con su gaseosa, su comidita, sus cervecitas, ¡sus perritos! y se atoran de la risa producto de la comida y los tragos mientras miran cómo sus niños juegan mundo entre las lápidas de mármol del piso que aún no han sido visitadas. Con tamaña distracción, es difícil hilvanar una oración completa. A veces me digo si en verdad la gente va al cementerio a conmemorar y respetar el lugar donde descansan los huesos de aquellos que amaron, o es que están buscando una razón más para no quedarse en casa y salir a pasear en mancha, en familia. O es que acaso quieren justificar con el alcohol su melancolía y tristeza, de tal manera que los demás no los vean vulnerables y sensibles. Cada familia es una historia y cada historia es una experiencia diferente, por lo cual uno debe aprender a respetar la forma de expresar el duelo del otro, aunque ellos no respeten la tuya.

 

Finalmente pude limpiar su tumba mientras mi mamá traía agua para hidratar las flores. Mientras miraba su nombre en la loza, y como siempre me pasa, recordé otros días como éste cuando de niño los días previos al tercer domingo de junio demandaban preparación y esmero. Desde el nido hasta el sexto de primaria nos ilusionaba aprender la poesía para la actuación; llenábamos nuestras manos de témpera, goma, palitos de helado, papeles de colores, telas, pinzas, palitos de tejer, escarcha, tednopor y demás artilugios necesarios para esas manualidades, con la tierna idea de que nuestro esfuerzo se vería recompensado con la exhibición de nuestra obra en el escritorio de la sala, en la repisa del cuarto o en la oficina del trabajo de papá. Felizmente mi viejo nunca me rompió la burbujita y siempre prometía que mi portalapicero hecho con cono de papel higiénico y algodón humedecido en goma pintada adornaría el escritorio de su oficina. Las pocas veces que fui a su oficina nunca lo vi. Felizmente recién reparo en eso, pues me proveyó de una infancia feliz.

 

Cuando creces y ya no tienes excusa para seguir regalando manualidades siempre está tu mamá cómplice que te acompañará a comprar alguna cosita, por más pequeña que sea.Sin embargo, a estas alturas, comprarle un regalo a tu viejo resulta ser un engaña muchachos, pues la propina que te da tu papá sirve para su regalo; o sea, si uno más uno es dos y dos más dos es cuatro, te darás cuenta que –a buena cuenta- es como si tu papá te encargara que le compres algo. Sin embargo, vivir con el cómplice momento hace a todos felices: él se hará el sorprendido y tú seguirás comprándole regalos… con su dinero.

 

Luego llega tu independencia económica, y empiezas a generar tu propio dinero. Sabedor de tus nuevos ingresos individuales, tu papá esperará un gesto generoso de tu parte, aunque no lo diga ni lo manifieste. Mínimo lo sacarás a comer; aunque siempre es válido el viejo cuento de “todo está lleno hoy día” para que tu mamá, resignada, se saque el vestido de fiesta y prepare el consabido plato que a tu papá le encanta, y todos felices con la acertada –y económica- decisión.

 

Cómo escribí alguna vez, el regalo qué más emocionó a mi viejo fue su celular, que lo compramos con mis hermanos: el gadget más importante de la tecnología en sus manos era finalmente su sueño más escondido. Aparte de eso, no recuerdo exactamente qué es lo último que le regalé, pero espero que lo haya hecho feliz. Por otro lado, mi papá nunca se hacía problemas con los regalos y lo que le regalabas le gustaba, así que nunca sentí que me hubiera equivocado alguna vez en mi elección de sus regalos, lo que me hacía muy feliz, e ingenuo.

 

Feliz día papá. Te cuento que te hubiera encantado ver las carreras de caballos en un televisor full HD; no creerías todo lo que se puede guardar en una tarjeta SD y en los nuevos celulares. Te asombraría cómo ha avanzado la tecnología a como tú la conocías. Por otro lado, no te pierdes mucho de la selección de fútbol (por ese lado te envidio), y tu voto por Keiko seguramente hubiera sido agradecido, pero no recompensado. También te cuento que no he vuelto a ver a alguien en casa hacer huevos pasados, ni emocionarse tanto como cuando, a escondidas, te traía una pizza o una lasagna que te la comias con diligencia y prontitud, vale decir, te la comias en una! . Tampoco he visto a nadie tan terco que creyera que un artículo en desuso aún puede usarse como tú tan fervientemente creías. Aún tengo tu pipa en forma de pistola, y conservo la taza que usabas para tu café. De tu ropa no hubo mucho que rescatar, aunque conservo un saco que usabas y que me niego a botar.

 

Ya no hay manualidades ni adornos que hacer ni quien los reciba. Ya no hay regalos comprados con tu misma plata; ya no hay regalos que sorprendan, ni contratiempos para conseguirlos. Solo hay silencio en un día donde otros años se escuchaban murmullos tras la puerta antes de entrar y asaltar tu cama con regalos y declamaciones. Ya no hay salidas en familia para saludar a todos los otros que, como tú, estaban de fiesta. Pero la vida sigue, y ya me tocará pasar por eso. Espero hacerlo bien.

 

Creo que es lo que tú hubieras querido. Ojalá. Un abrazo a la distancia. Ahí nos vemos viejo.

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19 junio 2011 7 19 /06 /junio /2011 13:26

 

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No sé si falte poco o mucho para que a mí me celebren el día del Padre. Pero mientras eso ocurre, hoy es un día algo nostálgico para mí. Atrás quedaron esos años buscando presentes, apreniendo poesías  o corriendo con los regalos de última hora, seguidos del dominical asalto tempranero al cuarto de mi papá para saludarlo y entregarle los únicos regalos que él apreciaba con especial esmero: ropa interior y casacas. Comprarle otro vestuario era una batalla perdida, ya que mi papá siempre se negó a la idea de dejar sus viejos pantalones de mezclilla y sus camisas antiguas. Aún cuando le regalábamos algún pantalón o camisa para que renueve su clóset,  rara vez se las ponía o reparaba en ellas. Cuando falleció y mudábamos su cuarto, nos reíamos con mi hermano de encontrar algunos de los regalos que le dimos aún envueltos en sus bolsas, ya que nunca llegó a usarlos. El último regalo al que le chuntamos y que lo emocionó como un niño fue cuando le dimos un teléfono móvil, el cual fue el último objeto de su afecto.

Cuando eres niño, y si has tenido la oportunidad de crecer con tu papá, él es para tí lo máximo. Sin embargo, con los años el comienza a pasar de ser tu héroe a volverse cada vez más humano, más de carne y hueso, con virtudes y defectos -algunos arraigados y otros adquiridos-; y a medida que tu creces y él envejece, empiezas a emitir juicios de valor y cuestionar aquellas cosas que aprecias y que censuras y entonces las cosas van cambiando. En mi caso, la marcada diferencia generacional con mi papá no nos permitió muchas veces alinear nuestra forma de pensar, lo que nos trajo muchas veces discusiones que ahora me parece fueron algo inútiles, cuando tal vez pude haber aprovechado nuestro tiempo juntos para conocerlo mejor, cosa que ahora evidentemente no puedo hacer.

Sin embargo, mientras fui niño mi papá siempre fue mi héroe. Fue mi héroe cuando llegaba con esas máquinas y artefactos que traía de su trabajo y que me parecían de otra dimensión. Fue mi héroe cuando me contaba que su brevete se lo dieron prácticamente antes de cumplir dieciocho años, cuando a esa edad vino manejando un camión de Cajamarca a Chiclayo y al llegar a la plaza de armas el alcalde se sorprendió que hubiera hecho tal hazaña él solo,  otorgándole un certificado de conductor tan pronto abrió el municipio. Fue mi héroe cuando me contaba que él se encargó de proveer por primera vez radiocomunicación entre los aviones y la torre de control de los aeropuertos en el país, volando con cada avión que salía para hacer las pruebas in situ. Fue mi héroe cuando debían operar a mi hermana en el Hospital del niño y ante la imposibilidad de hacerlo por los cortes constantes de luz de ese entonces, decidió desmantelar el equipo electrógeno del edificio donde trabajaba y llevarlo en una grúa para que los doctores operen a su hija. Fue mi héroe cuando nos contó que, a raíz del contrato de su empresa para instalar equipos de sonido, había conocido a Juan Pablo II en su visita al Perú, y que había recibido personalmente su bendición. Fue mi héroe cuando nos llevaba a escondidas a su trabajo a mi hermano y a mí para enseñarnos a usar lo que entonces era una absoluta novedad: las computadoras. Fue mi héroe cuando jugábamos ajedrez y nos ganaba en cinco jugadas o jugábamos cartas y él nos decía qué cartas teníamos cada uno en la última mano, pues las contaba con la exactitud de su entonces lucidez.

Lo que más recuerdo y guardo con absoluto cariño es cuando éramos niños y él llegaba a casa de trabajar. Mis hermanos y yo, ni bien escuchábamos la puerta, salíamos disparados de donde estuviéramos y corríamos cual tropel para alcanzarlo gritando como desaforados ¡llegó mi papáaa! Y él, nos esperaba en la puerta con los brazos abiertos y su sonora carcajada; y luego de abrazarnos, sacaba una esperada barra de halls de su bolsillo, la cual repartía entre nosotros con premura y afecto. Aún ahora cuando veo una barrita de halls recuerdo esos momentos, aunque nunca lo halla compartido con nadie.

Con el tiempo mi papá y nosotros cambiamos mucho, y con ello muchos buenos recuerdos fueron desvaneciéndose, y aún a pesar de muchos momentos entrañables, nuestras diferencias fueron cada vez más marcadas. Juzgarlo ahora sería egoísta. Pasé mucho tiempo antes de llegar a la conclusión que definitivamente nadie te da un manual para ser papá. Es en el camino que aprendes a serlo, con todos los errores y aciertos que tengas en ese camino. Y si tuviera que agradecerle una sola cosa entre todas, es que supo escogernos una buena mamá. Eso definitivamente compensa todo lo que no pudo hacer o decir, y es en buena cuenta el mejor motivo para recordar todo lo bueno que fue con nosotros, todas las alegrías y anécdotas, todas aquellas cosas que me hacen extrañarlo y dedicarle estas líneas, mientras miro el espacio donde estaba la vieja puerta de mi casa y trato de ir hacia atrás, y escucharlo llegar, abrir la puerta. Y me miro corriendo con mis hermanos a su encuentro, empujándonos para llegar primeros y recibir su abrazo y el caramelo que nos traía a diario mientras su sonora carcajada inundaba la casa por la alegría de ver a sus hijos recibirlo con renovada ilusión y afecto.

Viejo, feliz día del Padre. Espero que cuando sea papá mis hijos guarden el mejor recuerdo de mí como yo guardo el tuyo. Espero que cuando crezcan puedan estar orgullosos de su padre. Pero sobre todo, espero que sean buenas personas y que yo pueda descansar con la tranquilidad de saber que hice lo correcto. Y espero que, cuando deje este mundo y te encuentre de nuevo, me esperes con esa enorme sonrisa tuya, con tu sonora carcajada y con esa barrita de halls en la mano, como antaño, y nos abracemos por el tiempo que no nos hemos visto y por todo el que falta para encontrarnos. Un abrazo viejo. Descansa en paz.

Con cariño de tu hijo Rodolfo

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29 mayo 2011 7 29 /05 /mayo /2011 12:52

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Hace poco un simpático señor de acento y apellido portugués, -muy elocuente y bastante tremendista- pronosticó para mi linda y tres veces coronada villa de los Reyes una catástrofe de dimensiones colosales. No dijo “un temblor”. Dijo “EL” terremoto.

 

No sé si este amable señor es un charlatán o ve más allá de lo evidente, como Leono en los thundercats. Personalmente, respeto mucho a quienes viven del arte de la adivinación y sus oscuros derivados, y aunque sigo siendo escéptico en muchos de los casos, debo reconocer que algunas veces me han dejado muy sorprendido y en algunos casos, asustado. Aún así, pronosticar que morirá alguien importante o que habrá dentro de poco un desastre natural es como pronosticar que vendrá otro verano o volverá a ser navidad. Ser precisos en personas, eventos  o fechas es más complicado y he visto a muy pocos acertarle. El último gran adivino a quien agradecí todas sus predicciones fue el agradable pulpo paul en el último mundial de fútbol. Mi querido amigo Christian “lo peruano es mejor” perdió todas sus apuestas conmigo por creer en nuestro abanderado y peruanísimo cuy Jimmy, animalito que, con sus desacertadas predicciones, se acerca más a mi concepto sobre los adivinos y sus visiones.

 

Sin embargo, la conmoción ha sido recibida con cautela en mi casa. Cosa rara ya que esperaba tiendas de campaña y noches en sleeping, ya que recuerdo que las primeras noches desde el temblor del 2006  -vamos, aquí en Lima fue temblor- las chicas de mi familia dormían con el buzo puesto, prestas para salir corriendo al primer remezón. Comencé a observar con sorpresa botellas de agua en cada escalón de  la entrada de mi casa a las que atribuí su ubicación como un medio para espantar moscas, pero que no eran otra cosa que nuestras futuras reservas líquidas en caso se desate un terremoto en la ciudad. Las mochilas con ropa, comida en lata, linternas y curitas aparecieron en el  corredor, listas como mochila de soldado ante el primer remezón. Claro, el detalle que faltaba es que hay que revisarlos cada cierto tiempo, ya que como todo peruano, pasado el susto y relajados los controles el liquido en las botellas se puso verde, las pilas sulfataron las linternas y el atún tomó vida y salió corriendo dentro de su lata al haber mutado luego de su prolongado vencimiento.

 

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Guardar la calma en esas circunstancias no es nuestra mayor virtud para nosotros los peruanos. No sé si sea totalmente cierto que es la falta de preparación. Hay a veces un espíritu arraigado de desorden y pánico heredado para el que ningún simulacro te prepara. Nadie espera que te muevan el piso y salgas tranquilo como si tocaran el timbre y supieras quien es. Ni bien hay un temblor -por pequeño que sea- hordas de madres devastadas se agolpan en las puertas de los colegios reclamando a sus hijos, salimos a las calles para ver como quedó el barrio y comentar dónde nos agarró, nos dan libre lo que queda del día en muchos trabajos y a los pocos días se programa un simulacro en el que -pasado el susto- muy pocos participan.  Algunos lo podemos tomar con mucha serenidad pero a otros joder! Abran paso pa correr!!

 

A pesar que un evento natural es siempre preocupante y hay que tomarlo con mucha responsabilidad, a veces sucede tan rápido que no te das cuenta de lo que pasa. Yo recuerdo vivamente en mi niñez a mi mamá sacándome de mi cama cuando la tierra se movía llevándonos hasta a dos hijos por brazo. Con el tiempo –y hasta hace poco- mi mamá y mi tía perfeccionaron su sistema anti temblores y se repartieron las responsabilidades espirituales: Empezado el remezón, agarraban al más próximo y nos sacaban de los cuartos a todos,  y en un santiamén nos agolpaban bajo alguna columna de la casa, donde hasta al perro se acurrucaba. Eso sí, todos juntos eh! Que si nos morimos nos encuentren a todos bajo la misma columna. Y mientras una gritaba diez padres nuestros en cinco segundos la otra se encargaba a viva voz de recitar las plegarias recetadas para aplacar la tierra“¡aplaca tu ira Señor!” “Aún no Señor!!”  Todo esto sucedía tan rápido que a nosotros nos angustiaba lo desgarrador de tales rezos y ruegos, mientras en la habitación del fondo, mi papá –que nunca se movía de donde estaba- se mataba de la risa del temblor, como retándolo a que lo saque de su cama.

 

Algunas veces el temblor me sorprendió en el colegio. Siempre lo había tomado con mucha tranquilidad (quería emular a mi viejo) pero a veces no podía. Recuerdo claramente que una vez, estando en secundaria, se sintió un sacudón y yo, casi como reflejo y acercándome bastante a la agilidad de mi mamá, salí disparado a la puerta del salón. Cuando abrí la puerta en franca solidaridad y arrojo para que los demás escaparan de las garras de la naturaleza, me encontré con que yo era el único de pie al lado de la puerta. Tratando de minimizar la vergüenza, tuve que improvisar y lance lo que tenía en los bolsillos al tacho que estaba al lado, y regresé a mi sitio.

 

El último gran temblor en Lima me sorprendió en el trabajo. Para mi mala suerte mi oficina se ubicaba en una antigua casona de adobe y quincha, y con el pasar de los segundos se empezó a mover de un lado a otro como había escuchado sólo se movían las casonas antiguas, con lo cual la puerta de metal se atascó. Cuando al fin pudimos salir, se fue la luz en toda la zona mientras la tierra se seguía moviendo. Hasta ahí la gente gritaba y se abrazaba, pero cuando de pronto el cielo resplandeció en la oscura noche empecé a asustarme. Para algunos transeúntes parecía que aquel resplandor inusual no era otra cosa que el aviso del fin, pues muchos se arrodillaron o se tiraron al piso repitiendo las mismas frases  de mi tía y mi mamá, pidiéndole a Dios que aplacara su ira, que no se los lleven, que los perdone, etc. En la confusión yo pensaba: cómo no estoy con mi familia… claro, la del egoísta que si se va a morir, se quiere morir con toda la familia. Al menos los que integrábamos mi oficina no entramos en pánico y luego de cerrar todo pude volver a mi casa, sin luz ni teléfono, donde mi papá, aún cuando ya se encontraba enfermo y sin poder hablar, se mataba de la risa por el temblor, mientras su enfermero al lado, obligado por mi hermano a quedarse junto a mi papá cuando se aprestaba a salir disparado, aún seguía privado del susto.

 

A pocas cuadras mi mamá se encontraba en su trabajo con una sorprendente tranquilidad hasta que, una vez que el cielo resplandeció, una de las monjas con  las que trabajaba le tocó el hombro y acercándose a su oído le dijo “Hilda, es el fin”.  Que te lo diga cualquier persona se puede tomar como un comentario propio del temor, pero que esa frase la escuches de una religiosa con la tranquilidad de quien espera el fin es como avisarte que te prepares a ver desfilar a los jinetes del apocalipsis o que ahorita se abren las tumbas y vuelve Cristo. Nunca le pregunté cómo tomo esa frase, pero supongo que multiplicaron y aceleraron sus padres nuestros y ave marías por los hijos que, al parecer, no volvería a ver.

 

Felizmente no fue el fin para Lima pero tristemente si para muchos en el sur, que lamentablemente no fueron auxiliados con eficiencia y eficacia, y hasta ahora no pueden recuperarse, material ni espiritualmente de tal calamidad. Vivimos en una ciudad que hace cuarenta años no sufre de un sismo de gran intensidad, con lo cual no somos conscientes de lo frágiles que somos, no sólo en la precaria infraestructura que nos rodea actualmente, sino también en la tarea de prevención. Cambiamos un caño no cuando gotea sino cuando la gotera se convierte en chorro, cambiamos el interruptor no cuando está quiñado sino cuando ya está roto o nos pasa electricidad y reparamos el carro no cuando está sonando sino cuando se revienta y no anda más. Y eso son solo ejemplos domésticos, ya que si hablara como barrio, comunidad o país los esfuerzos son aún más limitados.

 

Así que, queramos o no, pronosticado o de improviso, deberíamos prepararnos de una vez. Yo por mi parte, voy a chequear si mi mochila de campaña está al día, si no tengo productos vencidos y verificar que mi perro no se halla comido otra vez la bolsa de mis galletas field que siempre guardo y que siempre desaparecen en su estómago.

 

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30 enero 2011 7 30 /01 /enero /2011 21:24

Maria Ventocilla Cámara es, probablemente, una de las últimas grandes vecinas que hubo en mi barrio, el pasaje García Calderón, ubicado en el centro de Lima. Y no era solo por ser la mas antigua vecina, sino que además tiene un extraordinario don de gente. Maruja –como le dicen- no se casó ni tuvo hijos y tal vez decidió no tenerlos porque pensaría que sería egoísta dedicarle su vida a unos pocos que ofrecerla a enseñar e instruir a muchos mas en su profesión de educadora.

La señorita Maruja tiene 91 años, y se encontró de pronto con que había pasado toda una vida. Y al ver tras de sí los fructíferos años acumulados llegó a la conclusión que era tiempo de replegarse y descansar en la paz y la tranquilidad de una casa de reposo, lugar donde piensa pasar sus últimos años de vida. Esta decisión no fue fácil para ella, cuya fe y fortaleza marcaron la vida de esta pequeña calle del centro de Lima, que no volverá a ver regularmente su andar pausado, su voz cálida y su mirada sincera, llena de ese amor que sólo pueden irradiar aquellos que se sienten en paz consigo mismos.

Yo la conozco desde siempre. Tenaz educadora, doctora en educación, Maestra Cum-Laude, con Palmas Magisteriales y grandes reconocimientos en su fructífera vida académica, tanto como la de su hermana Carmen, con quien vivió toda su vida y que falleció el año pasado, y a quien siempre recuerdo con el mismo cariño y admiración. Ambas vivían en una de  las casas más bonita de mi cuadra, la casa verde con jardin en la entrada y un frondoso árbol lanzando ramas hacia la calle brindando frescura y sombra a quien pasara por allí.  Era una casa con  ese aire Victoriano de las casas de antaño, de una Lima señorial que alguna vez fue y que definitivamente no volverá a ser. Fue justamente en aquella casa que abrieron un colegio inicial llamado Santa Anita, el cual albergó por muchos años a la mayoría de chicos de mi generación, de las anteriores y de las siguientes, incluidos mis hermanos y yo. Aún recuerdo con cariño el uniforme de cuadritos verde y blanco, a las hermanas ventocilla recibiendo a los niños saludando a cada uno por su nombre, y cuando entraban al salón haciéndonos cantar “Jesusito de mi vida, eres niño como yo”

En el barrio muchos les decían “madrinas”, y creo que no necesariamente lo eran, solo que todos les teniamos mucho cariño y respeto. Y en esos años que las conocí también eran fervientes devotas de su fe e infaltables asistentes al rezo del rosario y la misa matinal en la Iglesia de mi barrio, La Recoleta. Miembros fundadores de la Asociación de Los Sagrados Corazones, eran una autoridad en materia de fe, tanto así que hasta los sacerdotes acudían a ellas para despejar alguna duda. Y lo mas bonito de todo, es que no solamente practicaban su fé en la teoría, sino también en la práctica, apoyando no sólo espiritualmente sino a veces hasta económicamente a mucha gente, con un celo e indicación estricta de no comentarlo, aunque muchas veces no pudieron evitar que suceda, pues la caridad y el amor desinteresado son virtudes que no pasan desapercibidas.

Los años, tristemente, pasan inexorablemente. Nos brindan la oportunidad de ganar experiencia mientras envejecen nuestros huesos. A medida que las hermanas Ventocilla veían como pasaban los años e iban envejeciendo, también veían como cambiaba el entorno en el que vivieron por tanto tiempo: los vecinos, las costumbres, la educación que impartieron. Fueron testigos de la transformación de una Lima que habían conocido tan linda y que ahora era tan gris, tan desordenada, tan extraña a la que ciudad en la que habían crecido. Pero aún así, ellas estaban orgullosas de todo cuanto podían y aún en los momentos difíciles nunca perdieron su entusiasmo.

Las hermanas Ventocilla fueron inseparables todos los años que Dios les regaló juntas hasta que su querido Jesús mando llamar por Carmen hace un año. Vivir una vida completa al lado de una persona que ya no está llenó la casa de recuerdos y supongo que una de las razones por las cuales Maruja decidió vender aquella casa grande que tantos buenos momentos guardaba en sus paredes y donde siempre se había respirado de a dos.  Cuando nos enteramos que se iría a una casa de reposo y que había vendido su casa fue como sentir que una parte de tu historia se iba con esa decisión.

En la parroquia le organizaron una misa de despedida por su partida, donde estuvimos mucha gente que la estimamos y queremos. Al final de la ceremonia, la señorita Maruja tomó la palabra. Agradecía a Dios por su vida, y por las personas que había conocido en el camino y por las cuales se sentía tan querida. Luego citó al artista Miguel Angel, quien alguna vez dijo que, a veces, las cosas más bellas no son las más complejas, sino las más sencillas, y con ello hablaba de lo orgullosa y feliz que estaba del lugar donde vivió, recordándonos que, a diferencia de otras ciudades del país y del mundo, esta es la ciudad de los reyes, la cuna de grandes santos, y en toda ella refulge y respira fe, aunque no lo notemos, y que es esa fe la que no debemos perder, no solo en el plano religioso o espiritual, sino también en nosotros mismos.

Es esa fe la que mantuvo su firmeza y carácter  todos estos años, y por la cual ahora se va, dejando un gran vacío y sentido afecto por parte de todas las personas que la conocemos y que estallamos en un gran aplauso al final de su discurso, en el atril del viejo templo de La Recoleta, Iglesia que la vio llegar tantas veces durante tantos años y que ahora la despedía con un sentido hasta luego, ese hasta luego de corazón que sólo se sabe dar a las personas que son realmente extraordinarias, como lo es ella.

Yo solo sé que la voy a echar de menos Srta Ventocilla. Vaya usted con Dios y que la acompañe siempre, porque se lo merece, pues hace falta mas personas como usted en este mundo para lograr que sea un mejor lugar para vivir.

Hasta siempre.

Rodolfo

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8 enero 2011 6 08 /01 /enero /2011 01:47

Llega sin pedir permiso. Empiezas a decaer en un malestar general. Una fiebre, una tos, o una gripe son suficientes. Un cosquilleo seco, áspero, incómodo, empieza a invadir tu garganta, tu pecho. Ya lo presientes: lo inevitable va a llegar. Mientras tu respiración empieza a hacerse mas rápida y corta, sientes que no entra el aire suficiente a tu cuerpo, que algo te frena, que algo obstruye su ingreso y se torna poco a poco más agudo, más acentuado, más doloroso. Sientes que no puedes aspirar todo lo que necesitas para seguir respirando, y de pronto en tu pecho se escucha un ronquido, como un silbato malogrado, espantoso, incontenible, como el cobijo de almas en pena, como un coro de lamentos. Y sientes que vas a estallar, que se te va a salir el corazón por la boca, literalmente. No puedes creer que empezará de nuevo, no quieres volver a pasar por lo mismo... pero no puedes hacer nada: ya está adentro, como un huésped no deseado, como una pesadilla que no acaba, como un enemigo al acecho. Y te desesperas, te impresionas hasta el punto que piensas que podrías morir en ese instante: sientes que te asfixias, que te ahogas, que te mueres… no puedes moverte, ni recostarte, ni hablar, ni pensar. Y sin las medicinas indicadas, no pasa mucho tiempo antes que tu propio cuerpo te aprisione y te asfixie.

 Así es como describiría lo que es el asma, de la cual sufrí casi diez años, desde los cuatro hasta los trece, en el estado más agudo y crítico de esta enfermedad. Me atacaba en cualquier momento, y con el tiempo, fue cada vez peor. Para colmo, yo soy alérgico a la penicila, antibiótico de uso común para esta enfermedad. Si bien las medicinas alternas calmaban el ahogo, no lo anulaban, y un ataque de asma me podía dejar dos semanas inmóvil en una cama, con el riesgo que al menor movimiento de mi parte, mi pecho rugía como un animal herido y me cerraba la respiración, lo que obligaba nuevamente a correr al hospital. 

Esos años fueron especialmente duros para mí, pero fueron más duros aún para mi mamá, quien sufría conmigo cada ataque, cada ahogo, cada espasmo; y en la sala de emergencias del Hospital del Niño -del cual ya eramos conocidos y los doctores y enfermeras hasta mi nombre sabían- pasó madrugadas enteras de angustia, frío y sueño velando mi desgracia, mi calvario no merecido a esa edad en la cual yo no entendía porqué a mí, porqué a ella.

Cuando me preguntan por experiencias que me hallan pasado con mi mamá o qué es aquello por lo que la admiraría, yo siempre he respondido que, aparte de la pasión por nosotros sus hijos, su forma tan esperanzadora de ver la vida y sus ganas de salir adelante, siempre  recuerdo una fría madrugada de mayo de 1988.

Pasó que una noche, como muchas entonces, me acosté con fiebre y tos. Mi mamá ya sabía que la pasaría en vela por mí, pero hasta ese momento no parecía que fuera a darme un ataque de asma. Por su parte, mi papá tuvo que ver un asunto urgente y delicado con unos equipos en su trabajo, y se despidió hasta el día siguiente.

Nadie pudo prever que esa noche me daría un soberbio ataque de asma.
Ocurrió de pronto, esa madrugada. Ya casi no podía respirar. Mi mamá, sumamente asustada pero con mucha tranquilidad para que yo no me asuste, me dio las primeras atenciones mientras pensaba cómo conseguir un carro, ya que no había teléfono en casa para comunicarse con mi papá y pedirle que venga a llevarnos al hospital; encima, en esa época no había tantos taxis como ahora y para colmo habían decretado toque de queda en Lima, por lo que nadie podía caminar en la calle o conducir después de la medianoche.

Mi mamá, viendo lo delicado de la situación y la imposibilidad de avisar, no quiso perder más tiempo: me sacó de la cama, me abrigó, me cargó y salió a la calle, esperando encontrar una movilidad que nos lleve. Mi respiración se hacía más difícil y corta, y mareado por la fiebre y la falta de aire, yo me sentía desfallecer en esa fría madrugada de mayo. Mi mamá caminó por la avenida conmigo en brazos, y pude ver la calle vacía, oscura y sola, tan sola que sólo escuchaba los sollozos de mi madre, quien veía resignada cómo los únicos carros que pasaban, embanderados por el toque de queda, no paraban a pesar que ella gritaba casi pidiendo auxilio.

Caminó un par de cuadras conmigo encima, ya que ni caminar podía, esperando que algún vehículo de los pocos que había parara al verla y la llevara al hospital. Sin embargo, ningún carro se detuvo. Nadie la auxilió. Viendo la desolación de la calle y lo urgente de su situación, Hilda Rodríguez, mi mamá, con su hijo aferrado al pecho y a punto de asfixiarse, violando el toque de queda y la prohibición de tránsito de aquella madrugada, respiró hondo… y empezó a correr,  desde nuestra casa en el centro de Lima, una cuadra tras otra, hasta el Hospital del Niño. Corrió esas largas e interminables veinte cuadras, sin detenerse a pensar en nada más que si no llegaba a tiempo su hijo se le moría.

Cuando llegó finalmente a emergencias, y los médicos me recibieron de sus brazos, mi mamá, exhausta y desfalleciente, pudo recién caer rendida en una silla al lado de la sala, con las piernas y los brazos temblando de lo que había corrido y lo que había cargado. Los médicos me atendieron y horas después fui estabilizándome hasta que me pasó el ataque.

A la mañana siguiente salí del hospital, -ya mi papá estaba ahí, profundamente conmovido- y recordando la terrible madrugada que habíamos pasado, buscaba en el rostro de mi mamá ese cansancio natural que debía tener y por el cual me sentía culpable. Sin embargo, mi mamá no me mostró cansancio. me miró feliz, radiante, con  la sonrisa de ver a su hijo respirando normalmente. Ajena a su propio dolor,  se repuso calladamente de tremendo esfuerzo, y me dio un beso que me infundió mucha paz, esa misma paz que me siguió transmitiendo cada vez que tuvimos que volver al hospital por mi enfermedad, hasta que ésta desapareció, no se si permanentemente,  a los catorce años.

Aquella madrugada no sólo recuperé la salud. Nació un héroe para mí, de carne y hueso, invencible y a prueba de todo: mi mamá. Y esa fuerza misteriosa que le proveyó la energía para hacer lo que hizo sólo puedo atribuirla a su amor incondicional y a su fe inquebrantable, esa fe que la hizo rezar mientras corría y le dio fuerzas todas esas cuadras hasta llegar a su destino, y que aún hoy, cuando lo recuerdo, me conmueve hasta las lágrimas, aunque nunca se lo halla dicho.
Feliz día mamá. Tú eres la mejor parte de mi mismo. Y todo lo bueno que puedo ser es sólo el reflejo, como en un espejo, de todo lo que tu has representado en estos años de mi vida.

Te quiero mucho.

Rodolfo

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24 abril 2010 6 24 /04 /abril /2010 00:21

Yo no sé muchas cosas sobre nada. Menos sobre niños. En mi casa nunca hubo niños más que los cuatro hermanos y crecimos casi a la par, de tal manera que nunca tuve la oportunidad de frecuentar, entender o interesarme en la crianza y convivencia con un bebé. Nada de eso cambió hasta que un día, mi vida se cruzo en la vida de un niño (aunque creo que finalmente él se cruzó en la mía), que sin ser mi familia, y sin quererlo ni planearlo, se convirtió en parte de una linda época de mi vida. Y robándose mi corazón, parte de él mismo se instaló en mis mejores recuerdos, al enseñarme cosas que yo no tenía previsto aprender por ese entonces y que él, de una manera misteriosa y gratuita, me enseñó.

Yo conocí a Patricio cuando él era apenas un bebé, y puedo asegurar que su vida siempre ha estado rodeada de amor, sobre todo el de su familia, donde tiene una mamá lindísima y unas tías preciosas, unos abuelos inmensamente orgullosos y una bisabuela encantadora; y todos han sido para él más mamá que tía, más papá que abuelo y más mamá que abuela, porque para todos ellos él es su hijo. Ellos saben que darían la vida por él. Y él la daría por ellos.

Fue por Patricio que aprendí a cargar a un niño; lo había intentado con mediano éxito antes, pues siempre tuve la sensación que un niño en mis brazos acabaría irremediablemente en el piso, por lo cual trataba siempre de evitar ese trabajo; y sin embargo, con Patricio perdí poco a poco ese miedo, y hasta en alguna oportunidad nos quedábamos dormidos juntos, acurrucados en cómplice sueño, aunque algunas veces no podría determinar quién hacía dormir a quien.

Nunca me habían interesado los dibujos y programas para niños, pero entre todos había uno de llamativos disfraces de esponja en forma de dinosaurios en los que sabe Dios quiénes se enfundaban dentro y que tanto desinterés me causaba. Con Patricio aprendí que eran más que muñecos, que se llamaban Barney, Baby Bop y BJ, que eran amados por los niños por un misterioso vínculo que no logro comprender, que son extrañamente encantadores y que además son hipnotizadores de pantalla certificados y más eficientes que tú tratando que tu hijo se quede quieto. De ese programa y de algunos otros aprendí canciones que en otra circunstancia jamás se me hubiera ocurrido siquiera escuchar y que, sin embargo, ahora hasta puedo recordar la letra.

Nunca he visto a un fanático tan empedernido por la guerra de las galaxias como Patricio. Nunca vi una película tantas veces. Y aunque ya me sabía los diálogos de memoria, para Patricio parecía que fuera la primera vez que se la hacían ver. La facilidad que tiene un niño para fascinarse allí donde otros no encuentran motivación no hace sino que sienta envidia de tan admirable manera de ser feliz con tan poco.

Gracias a Patricio aprendí que jamás,  jamás debo dejar de conmoverme con el llanto de un niño, por más inoportuno o estridente que éste sea. También aprendí a organizar fiestas de cumpleaños, y aunque sólo apoyaba, descubres que es una tarea extenuante, sacrificada (y cara como no tenía idea), pero que todo eso es secundario y vale la pena una vez que se apagan las luces y terminas con la satisfacción de saber que ese niño por el cual hiciste tanto fue increíblemente feliz.

También aprendí a  saber a partir de cuándo dicen sus primeras palabras, cuando empiezan a caminar, cuando deciden dejar el pañal, cuando empiezan a llamarte por tu nombre y hasta cuándo empiezan a explorar (explorar: dígase abrir cajones, bolsas, escritorios; escribir paredes, rayar discos y meterse cosas a la boca); aprendí que los pañales tienen tamaños de acuerdo a la edad, aprendí a qué sabe la comida de bebé, a escoger juguetes y a saber qué les puede gustar de comer y qué no. Definitivamente fue una gran época, y me divertí muchas veces en aquellas situaciones en las cuales él era el mejor protagonista, y yo su más celebrado espectador.

Alguna vez leí que cada vez que un niño llega al mundo es la prueba más tangible de que Dios sigue confiando en nosotros. Porque encargarte una vida, encargarte formarla y darle amor no es sólo un compromiso o una responsabilidad, es sobre todo un regalo, un regalo que agradeces siempre y que hace que cada día todo valga la pena. Ello es la confirmación que el amor más gratuito que uno puede sentir es el amor de un hijo, de una madre; es esa sensación de pertenencia, ese lazo intrínseco que une a un niño contigo el que hace que seas todo para él y él todo para ti, eso hace por ejemplo que corra hacia ti cuando se alegra como cuando se lastima, o que tome tu mano cuando tiene miedo, y es simplemente porque confía ciegamente en ti. Y esa responsabilidad no debería ser ajena nunca.

Han pasado algunos años que nos nos frecuentamos regularmente y aunque Patricio ya es un niño grande me sigue sorprendiendo cada vez que lo veo, pues su manera tan encantadora de hablar, su criterio, inteligencia y extremada perspicacia me asombran siempre, ya que está muy atento a su alrededor y prueba de ello es que, hasta ahora, a pesar de que ya no lo veo sino esporádicamente, recuerda mi nombre con una facilidad que me conmueve y me roba una sonrisa siempre.

Ahora que Patricio se va a ir algo lejos, la sensación de saber que no estará más por estos lares me encogió el corazón; pues él me enseñó durante el tiempo que compartimos juntos a ser un poco papá, un poco amigo, un poco cómplice, y un poco niño; y creo que todos deberíamos tener un poco de eso en nuestra vida para equilibrarla y hacernos más sensibles, más sencillos, y más humanos.

Buen viaje Patricio. No sé si nos volveremos a ver. Que tengas una buena vida, y que esa vida siga llena de amor y de todo el cariño que has recibido y que seguirás recibiendo de todos los que te quieren y te extrañarán. Solo sigue siendo ese niño que conocí y del cual me llevo el mejor de los recuerdos, porque tal vez te vayas un poco lejos, pero te quedas siempre en mi corazón.

Buen Viaje Pato.

 

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10 marzo 2010 3 10 /03 /marzo /2010 18:36

colegio1.jpgHace poco, caminando por la misma calle que alguna vez transité para ir al colegio, pasaron junto a mi un grupo de escolares; salían de mi misma escuela y andaban en grupo, caminando relajados al mismo tranquilo paso e intercambiando figuritas de algún nuevo álbum, con esa peligrosa virtud que sólo poseen los niños de abstraerse en aquello que los apasiona sin importarles un rábano lo que pasa alrededor.

Luego de rodearlos para que no me atropellen, me quedé mirándolos, y me asaltó esa nostalgia de quien recuerda tiempos mejores, mas sosegados, menos complicados.

 

Recordé con nostalgia la época del colegio, en que no teníamos la más mínima preocupación por el año que viene, porque la historia era la misma: volver al colegio. Extraño los tres meses de vacaciones que tenía. Las dos semanas de medio año. El olor de los cuadernos y los libros nuevos y cómo terminaban al final del año. Recuerdo las actuaciones, por las cuales ensayabas dos semanas antes, exonerado por cierto de entrar a clases por ello. El recreo era la hora más esperada para distraerse y empujarse algo, claro, si no te lo quitaban primero;  y la salida, con los mercachifles en la puerta vendiendo papita rellena a veinte céntimos, empanadita de ¿carne? a treinta céntimos, el churro encorvado, la gelatina en bolsa de marciano y las bombitas de nuez. Y pobre del desventurado que compraba un pan con algo, pues debía tragárselo con celeridad antes que le cayéramos encima para devorar lo que tuviera antes que él. Recuerdo al vendedor de laberintos de cartón y rompecabezas de papel, y aún recuerdo al vivazo que vendía esos pececitos de colores que vivían menos tiempo que los pollitos x botella de los chatarreros.

 

Recordé cuando era muy niño y llegaba el lechero a la puerta de mi casa, dejando una botella de leche fresca en la puerta, confiado en ese entonces que nadie la tocaría hasta que la recojamos; recuerdo al panadero con su triciclo blanco que me ahorraba el camino a la única panadería que había antes por el barrio  y el olor a pan caliente que envolvía la cuadra por las tardes. Qué será del pescador, con su cesta de mimbre y su poder de convencimiento –le preguntabas por el precio de un pescado, y ya te lo estaba fileteando-
 

Extraño la posta que había en la esquina de mi casa y que ahora es discoteca. Extraño a las familias que vivían donde ahora están los hostales de mi cuadra, más por el legado que nos dejaron que por ellos por cierto. Extraño el teatro Histrión que queda al lado de mi casa y que ahora es sede sindical de quien sabe qué grupo. Extraño al Doctor Castro y su consultorio donde estuve no pocas veces por mi asma y donde sabía que terminaría recibiendo una inyección que era su solución más recetada, aunque fuera para mi la más odiada.

Extraño la bodega de la esquina de Uruguay, que ahora es panadería, decorada con las moscas pegadas en las luces de neón. El vendedor de bicletas de la vuelta de mi casa y la bodega de don juanito cruzando la calle. Extraño los juegos mecánicos del óvalo de la Av Venezuela y extraño cuando las galerías de la Av. Wilson sólo alquilaban supernintendos y sacaban copias.

 

Y extraño esa maravillosa capacidad que teníamos de niños de ser felices con cualquier cosa y jugar juegos inverosímiles con un pedazo de cartón como escudo o nuestro triciclo como nave espacial. Los carnavales en mi barrio, los cohetecillos que se empezaban a escuchar desde noviembre, los partidos de fútbol de la patota del barrio y que mi mamá no dejaba que participemos, siendo espectadores siempre en palco, desde nuestra ventana.

Extraño la inocencia de creer que existían los monstruos que me aventuraba a ver en una película y por la cual no dormía una semana. Extraño mis playgo, mis tranformers, mi espada de laugurio y mis soldaditos verdes. Hasta extraño cuando mi hermano desmantelaba sus juguetes en navidad y los míos en año nuevo.

 

A veces me pregunto si no aproveché mejor esa edad, tan relajada, tan fácil. Tal vez a otros les tocó vivir otra experiencia, sin embargo dicen que en la niñez todo nos parece muy lejano, sin problemas complejos ni enredados. Aunque en mi caso no siempre fue así, ya que recuerdo que a mis cortos siete años ya sufría por una niña que me flechó y le mandé – iluso yo- un anillo de esos que venían como sorpresa al final de la bolsita de arrocillo rosado que vendían en el quiosco. Ese fue sin duda el primer desprecio que sufrí por parte del sexo opuesto, pues obviamente (si hubieran visto mi traza en esos tiempos) me lo tiraron por la cara.

¿Duele igual ahora? bueno, a estas alturas es más complicado que regalar un anillo de latón. Si pues, no se puede vivir del pasado, pero qué bien te hace sentir -a veces-  recordar aquello que ya no vuelve, como tu niñez.


 

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29 diciembre 2009 2 29 /12 /diciembre /2009 02:27

DSCN0108La señora Natalia era una señora de edad avanzada, morocha y vivaz, que vivía en el hospicio Manrique, frente a la Iglesia de la Recoleta en el centro de Lima. La conocí cuando era monaguillo en esa parroquia, y desde que la vi, ella se encariñó de mí de una manera tan gratuita y sincera que hasta el día de hoy la recuerdo con el corazón compungido y el alma agradecida. Ella, a pesar de saber mi nombre, me decía “Domingo Savio” ya que –según ella- me parecía mucho al Santo salesiano. Nada más alejado de mi vida común, a pesar del parecido físico con el discípulo de Don Bosco.

Era una señora dulce y entrañable; no recuerdo que me hubiera contado de hijos, aunque sé que si los tuvo, aunque ellos nunca la fueran a
ver. Nunca supe qué edad tenía, aunque asumía que muchos más de los que ella aparentaba. Vivía en un pequeño cuarto dentro de ese viejo hospicio con olor a pobreza y a olvido, y la mantenía la esperanza cifrada en llegar al día siguiente, e inundada en recuerdos de ayer, que eran mejores que los actuales, aunque ella siempre tuviera una sonrisa para espantar la tristeza. Dentro de esa miseria, su alegría y ganas de vivir iluminaban cada rincón de ese espacio que era su hogar.

Cada Diciembre la señora Natalia nos invitaba a mi hermano y a mí a su hospicio para que viéramos su nacimiento. Aunque muchas veces no pudimos, un año por fin nos dimos un tiempo. Cuando le dije que iríamos, Natalia me regaló una de las sonrisas más sinceras que tal vez veré jamás. Me llevó con el rostro iluminado por la ilusión y en el zaguán del hospicio nos presentó a las demás señoras que compartían el sitio con ella, presentándome como su “Domingo Savio”. Cuando finalmente fuimos a su habitación, esperaba encontrar el típico nacimiento tradicional. Lo que encontré fue un primoroso espectáculo del nacimiento de Cristo: casi las tres cuartas partes de su cuarto estaban ocupadas por un nacimiento con grandes figuras de San José, María y el niño Jesús; robustos y numerosos animales circundaban el misterio, acompañados de numeroso pastores, campesinos y nativos; piedras de huamanga y retablos eran resguardados por la mirada celosa del burro y la vaca; muchas plantas rodeaban la pequeña villa creada en ese cuarto, y un ángel primorosamente vestido coronaba la escena. En ese momento pensé que si Dios viniera de nuevo como un niño, definitivamente nacería en ese pequeño cuarto del hospicio Manrique.

Yo quedé maravillado con el precioso nacimiento que tenía ante mis ojos. Natalia, a medida que nos explicaba que lo armaba desde noviembre, nos señalaba cada animalito, cada pastor, cada figura, y recordaba con una memoria envidiable quienes le habían regalado cada cosa a través de los años, figuras que tal vez sueltas parecían solo moldes de yeso, pero que juntas, eran parte de su vida. Con esa chispa que la caracterizaba, medio en broma me decía que, por lo complicado de armar tamaño espectáculo, recién lo desarmaba en marzo, cuando casi estaban bajando a Jesús de la Cruz, en referencia a la cercanía con la Semana Santa. Yo la miré con una sonrisa cómplice y le dije: “Natalia, creo que a Él no le importaría que lo dejaras todo el año echadito”, y mientras ella meneaba la cabeza en señal de aceptación, una lágrima corría por su mejilla, lágrima que ahora me arrepiento de no haber preguntado a qué se debía, pero que en su momento no venía al caso aclarar.

Cada año, en mi Parroquia armaban un nacimiento dentro del Templo. Era costumbre que, al final de la misa de gallo, alguien importante de la comunidad llevara al niño Jesús desde el Altar hasta el pesebre instalado a mitad de la Iglesia. Escogían a la familia que más apoyaba, a la pareja guía de la catequesis, a algún agente pastoral importante, etc. Natalia cada año miraba con su rostro enamorado la efigie del niño Jesús pasar por su lado, llevada por otros hacia el misterio y sólo atinaba a aplaudir al final de la ceremonia mientras perseguía al sacerdote para que le bendijera por enésima vez su niño Jesús. Sin embargo, exactamente en 1998, para las fiestas de Navidad no se le ocurrió mejor idea al párroco que invitar a Natalia para que llevara al niño, dado el inmenso cariño que reconoció en los ojos de esta anciana mujer hacia la parroquia. Ella, no cabía en sí de felicidad y agradecimiento de que hubieran pensado en ella, lo que no hacía sino confirmar su inmensa humildad y su gran sencillez.

Estuve en esa misa, que para mí fue una de las más emotivas que he vivido. Ella, sencilla como era, se puso su vestido de siempre, y cuando la llamaron al altar se acercó radiante, cogió al niño de los brazos del sacerdote, llenó de besos la imagen, y comenzó a caminar por el medio de la Iglesia entre los aplausos de una Iglesia abarrotada, con sus lágrimas de dicha pero con un orgullo respetuoso que la hizo avanzar abrazando con gran respeto al Niño Jesús por ese pasadizo que, tal vez como su nacimiento, hubiera querido que se prolongue un poquito más de lo obvio. Finalmente dejó al niño en su pesebre, y sumamente conmovida, tuvo que sentarse para reponerse de la inmensa alegría que le había regalado ese mágico momento en que era la mujer más afortunada del mundo por haber sido escogida, reconocida y aplaudida como tal vez nunca lo fue y nunca lo volvería a ser.

Al siguiente año yo entré al seminario y sólo supe de Natalia cuando me enteré que la habían mudado de hospicio. No la dejaron llevar sus cosas, entre ellas sus cajas con las figuras y efigies de su nacimiento. Cuando me enteré fui a visitarla con mi superior, y cuando la vi ella me reconoció y me abrazó con una ternura única, como quien ve a un hijo después de un largo viaje. La encontré algo demacrada y sus ojos denotaban una tristeza extraña que no podía comprender pero que me angustiaba. Me quedé con ella un rato, consolándola por la pérdida de sus pertenencias y prometiéndole que trataría de que esa Navidad tuviera aunque sea la mitad del nacimiento que alguna vez tuvo. Lamentablemente Natalia no llegó a esa Navidad. Murió en Agosto de una neumonía, y en la tristeza de su soledad nadie tuvo la delicadeza de avisar que había fallecido, noticia que llegó a mí dos meses después de que muriera.

Han pasado varios años pero aún recuerdo a Natalia y su nacimiento, y lo que más valoro de eso es que ella, en la humildad de su existencia, creía que la Navidad era una fecha tan importante que estar triste por cosas que no podemos gobernar es una pérdida de tiempo. Cada Navidad ella se ilusionaba como aquella niña que fue alguna fue y que siguió siendo cada vez que sacaba de entre periódicos arrugados figuras de yeso que le hacían recordar que ya venía el cumpleaños de su niño Jesús; que le hacía recordar que todos podrían fallar, pero que su niño siempre nacería el 25 de diciembre en su modesta vivienda.

Tal vez nadie ya recuerde a Natalia, y los pocos que la recordemos seremos los últimos, porque no hay siquiera una lápida donde pueda llorar sus huesos; ni siquiera tengo una foto de ella. Pero aún a pesar de eso, ella vive en mi recuerdo, y cada vez que la pienso recuerdo que las personas importantes en nuestra vida no son aquellas que más satisfacciones nos dan, sino aquellas que hacen trascender nuestra propia existencia, aquellas que con su ejemplo nos animan a ser mejores. Y no he pasado una navidad sin recordar su nacimiento, y el amor que reinaba en su vida es el mismo que deseo para todos nosotros.

Descansa en paz, morena linda, y Feliz Navidad.

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