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10 julio 2013 3 10 /07 /julio /2013 01:28

Una de las experiencias más bonitas de mi vida sucedió hace algunos años, con mis amigos del barrio. Por un tiempo conformamos un grupo de música que alguna vez tocó ante muchísima gente, gente que coreó nuestras canciones y no nos dejó  bajar del escenario hasta que tocáramos una canción mas.

Esta experiencia se llamó “Sin Nada que Hacer”, nombre de la banda que conformamos inicialmente con mis inagotables amigos Luis Ledesma, Gonzalo Silva, Jeff Moreano, Richard Alvarez, Alan Valdez y yo. El  nombre se le ocurrió a nuestra querida amiga Ivette,  quien nos bautizó así pues en ese momento estábamos viviendo una etapa solaz y distendida en nuestras vidas... protocolar manera de decir que andábamos en nada la mayoria de nosotros, cosa que aceptábamos de buena gana y por lo cual el nombre quedó.

Nuestra primera intención fue hacer música de parroquia. Con esa excusa logramos la autorización de nuestro amigo y mentor el padre Juan Luis Shuester para hacernos de un pequeño salón en las instalaciones del Convento de la Recoleta en el centro de Lima, bajo la condición de que ensayaríamos canciones para el centro juvenil, cosa que hicimos en la  medida que nos fue posible. Media hora canciones de la Iglesia, y las restantes las usamos para ensayar covers y darle forma a algunas canciones que empezaron a componer algunos de los chicos del grupo.

A la par de disponer del local que teniamos asignado, alquilábamos salas de ensayo por horas, ya que no teníamos todos los instrumentos, por lo cual nuestra siguiente meta fue comprarlos.

Ante la falta de capital para adquirirlos, decidimos hacer una actividad para vender cuartos de pollo frito conocido como pollada, pero titulada por nosotros como “chicken party”. Cuando apelamos nuevamente a nuestro benefactor -Juan Luis Shuester- para que nos preste las instalaciones del comedor parroquial como sede de nuestra actividad,  no sólo le sorprendió nuestra  pretensión, sino que además creo que subestimó el resultado económico que arrojaría nuestra actividad, por lo cual se animó a lanzarnos la  propuesta de donar la misma cantidad de dinero que sacáramos de utilidad en dicho evento.  

Dicen que a un joven jamás debes subestimarlo, menos aún si está  en juego sus sueños de cantante pop. Con semejante proposición, entre todos nos propusimos sacar el máximo provecho a tan desprendida propuesta vendiendo todas las  tarjetas que  pudiéramos. Juan Luis no contaba el poder de nuestros sueños y con el gran poder de convocatoria con el que contábamos en aquellos tiempos, por lo cual, y luego de un arduo trabajo y mil peripecias, el día del evento vendimos más de 500 tarjetas, sacando una utilidad tan alta que nuestro benefactor se mostró incrédulo de la  ganancia que le reportamos y nos pidió un informe completo de los ingresos y egresos de nuestro evento, el cual ya habíamos elaborado en previsión a su escepticismo.

Convencido y resignado, nuestro buen amigo Juan Luis no tuvo más remedio que darnos la misma cantidad que habíamos ganado. Con ese dinero compramos una batería, un bajo, guitarra eléctrica, parlantes, accesorios, etc. “Sin Nada que Hacer“ya podía dejar de alquilar salas de música y dedicarse de lleno a ensayar.

Instalados y con nuestros flamantes instrumentos empezamos a ensayar. Cabe indicar que ninguno estudió profesionalmente para su instrumento, por lo cual eramos totalmente aficionados, pero felices. Luis y Jeff en las guitarras, Gonzalo en el bajo, Richard en la bateria, yo en los teclados y Alan era el Manager del grupo.

Al comienzo eran más ganas que música pero poco a poco y tras mucho ensayo había ganas, y música. Con el tiempo, nuestros ensayos comenzaron a convocar cada vez a mas gente, al punto que ya teníamos una hinchada fiel que siempre  llegaba a la hora de nuestros ensayos, por lo cual comenzamos a pensar que esto podía terminar bien.

El suceso materia de este artículo se empezó a gestor a mediados del mes de Octubre del año 2001. Un buen día nuestro buen amigo Jeff nos comunicó que había logrado que nos incluyan entre los números del programa por el aniversario del colegio Guadalupe, el cual se llevaría a cabo la segunda semana de Noviembre.  Nos invitaron a tocar dos temas a nuestra elección y sin pensarlo mucho aceptamos el reto, el cual era provocador para cualquier grupo que quisiera un baño de popularidad: tocar en un escenario con luces y sonido, en una larga y anchísima cuadra llena de alumnos, exalumnos, autoridades y público en general.  Ir ahí nos exigía ensayar mucho, pues público tan feroz seguramente nos bajaría del escenario a la primera que detectara que éramos puramente aficionados, y esa no era nuestra idea.

Decidimos entonces ir a la segura. No cantar ninguna de nuestras propias canciones y apuntar a canciones conocidas y que generen una buena primera impresión. Decidimos que cantaríamos “Sexo” de Los Prisioneros, y “música ligera” de Soda Stereo. Por si acaso, nos guardamos una canción más por si otra banda nos adelantaba en la presentación y cantaba alguna de nuestras canciones. Ensayamos harto, afinamos tiempos y estuvimos listos para enfrentarnos a nuestro primer gran concierto, donde los espectadores ya no serían solo nuestras enamoradas, mamás ni las tías de la legión de María.

 

Cuando llegó el gran día, yo estaba 20% preocupado / 80% emocionado, pero creo que en realidad era al reves, 20% emocionado / 80% preocupado. Esperaba que pasaran rápido las horas, poder salir volando de mi recién estrenado trabajo en el banco e ir hacia mi destino. Cuando al fin llegó la noche y pude salir del trabajo me encontré con los chicos en el barrio. Todos teníamos la misma cara de emoción y espanto, pero ya estábamos en esto y lo íbamos a hacer así se viniera el mundo abajo. Fuimos juntos y llegamos a la hora convenida al lugar del evento con nuestros instrumentos. Cuando llegamos, todo era como esperábamos: la avenida cerrada de punta a punta, el escenario en el medio, la calle repleta de gente y todo lo necesario para las presentaciones que habría esa noche. Una vez que nos presentamos ante los organizadores  y mientras esperábamos nuestro turno, comenzamos a prestar atención en los números que nos precedían, esperando que no saliera algún grupo antes que nosotros tocando alguna canción que nosotros fuéramos a tocar y que pudieran opacar nuestra humilde presentación.

Felizmente hubo mucha danza típica, baile coreográficos y un par de cantantes con pista de sonido y sin mayor brillo, por lo que respiramos aliviados, Cuando finalmente nos pasaron la voz para entrar estábamos nerviosos, pero la adrenalina que a todos nos empezó a explotar nos armó de valor y salimos. Para hacer un ingreso redondo uno de los chicos del grupo consiguió casacas del colegio, las cuales nos pusimos para subir a tocar. No está demás decir que al vernos entrar con las casacas del colegio y con nuestros instrumentos la gente empezó a gritar y aplaudir a rabiar. El efecto fue inmediato: nos metimos a la  gente al bolsillo sin siquiera  haber empezado a tocar. Ahora había que cantar.

No sabíamos como empezaría Gonzalo -quien sería la voz de la primera canción- la presentación. Sin embargo, su apertura fue tan audaz como efectista, y a pesar de la sorpresa que generó entre los profesores y los organizadores, se lanzó:

Buenas Noches Guadalupeeee!!! ¿Quieren sexooo !!! ????

Y empezamos a tocar la canción de Los prisioneros. El efecto en la gente fue tan bueno que gritaron al unísono: ¡¡ Siiiiiiiiiiii !!, lo que hizo que perdiéramos el miedo, nos relajáramos y agarramos confianza en el escenario.

Fue espectacular. Con las luces no veíamos muy bien a la gente, pero se divisaba una masa saltando al unísono de la canción, y no pararon de alentarnos hasta el final. Para la segunda canción cantamos "Música Ligera" de Soda Stereo y fue la euforia total. La gente saltaba, nos coreaba, y nosotros ya no entrabamos en nuestro cuerpo por el momento  que  estábamos viviendo. Cuando terminamos nuestra segunda canción debíamos bajar pero la gente empezó a gritar repetidamente: “¡¡otra!!, y entonces, en ese momento agitado, trajinado, y con el grito de la gente que nos pedía otra canción, sentimos el cielo a nuestros pies, la sensación cercana al éxtasis, a la locura. La organizadora nos hacía señas para que bajemos y fue entonces que entre todos los del grupo nos miramos, y en nuestra mirada cómplice sabíamos que tal vez esta sería la única vez que viviríamos una experiencia como esta, y que  este era el momento, nuestro momento; y sin hacerle caso a la vieja de la coordinación agarramos nuestros instrumentos, hicimos un intro y en medio de la ovación de la gente empezamos a tocar la irreverente canción de los Nosequién y los Nosecuántos "Magdalena” 

 

Para ese momento no nos importó nada, nos divertimos, repetimos como tres  veces la mentada de madre,  y cuando por fin terminamos, nos despedimos entre una lluvia de papelitos con correos electronicos y teléfonos de las chicas de los Institutos y de los colegios que también habían asistido al evento, y así caminamos un rato para recibir nuestro merecido baño de popularidad antes de volver al barrio. Nos sentimos tan famosos como reconocidos, y eso fue único e irrepetible.

Luego de esa presentación nos invitaron a un par de lugares pero nuestro nombre de grupo ya no le hacía honor a las responsabilidades que empezamos a adquirir.  Con el tiempo, entre el trabajo y el estudio comenzamos a ensayar cada vez menos hasta que un buen día cancelaron nuestra sala y una nueva administración en mi parroquia decidió que los instrumentos que habíamos ayudado a comprar y que  nos costó nuestro esfuerzo ya no nos pertenecían ni teníamos derecho sobre ellos, lo que no me pareció muy cristiano. "Sin nada que hacer" se volvió con el tiempo en un bonito recuerdo de una época feliz en nuestra vidas enque jugamos a ser estrellas y tuvimos qiunce minutos en que verdaderamente lo fuimos. 

Han pasado varios años y desde hace un tiempo mis viejos amigos se han vuelto a reunir y ensayar, otros ya no pudimos continuar, como yo. Pero el recuerdo de ese tiempo que compartimos juntos tejió, junto con otros grandes recuerdos, un lazo de camaraderia y un vínculo que mantenemos hasta el día de hoy. Y que seguramente mantendremos siempre. 

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12 enero 2013 6 12 /01 /enero /2013 03:23

Del angel que ahora cuida de mi amiga 

 

Tengo un ángel en mi cielo

  

Tengo un ángel en mi cielo. Una presencia divina, una mirada no vista.

 No le pedí que fuera mi ángel: se ofreció voluntariamente.

 angelito.png

Siento su paz en lo inmenso. Tan cercano que existe, tan ausente que duele.

  

Tengo un ángel en mi cielo que me mira y me sonríe desde donde no puedo verlo. Coquetea con el viento, juguetea con mis sueños; tiene la dulce voz que no llegué a escuchar  y la tierna caricia que no llegué a sentir. Siento su fragilidad como mía, mi impotencia como suya; y su partida… como si me abandonara a mí misma.

 

Fue tan lindo saber que fuimos uno, que eramos todo. Y me aferré a soñar hasta casi parecer que no se hubiera ido, que mis sueños eran ciertos. Y luego llegan las preguntas sin respuesta y los diagnósticos a medias, me empieza a ganar la pena, el dolor; y me invade la soledad de su ausencia, y me dejó en escombros.... y me derrumbé, me vencí, hasta casi no poder respirar.

 

Y ha sido entonces, cuando parecía que no podía con la realidad, que sentí su presencia, alivió mi dolor, y en mi llanto he podido lavar mis propias heridas; y mientras eso pasaba quiero pensar que mi ángel me consolaba, y tomaba tímidamente, su manito con la mía.

 

Tengo un ángel en mi cielo y lo extraño, y sé que debe quererme en donde esté, pues a pesar que yo no haya pasado el todo el tiempo que hubiera querido con él, mi ángel pasó todo su tiempo conmigo.

 

Nunca dudes que nadie te amó, aún antes que todo, aun antes de nada, como yo te amé. Sé que me hubieras amado tanto como yo a ti. Sé que Dios te recibió, y cuando me llegue el tiempo en que tenga que dejar este mundo, lo primero que haré será buscarte, y entonces nos daremos esos besos y abrazos pendientes ¿sí?

 

Tengo un ángel en mi cielo que puedo encontrar en mis sueños,  cuando todo lo demás falle.

 

Gracias, por ser mi angelito. Hasta siempre. Te espero en mis sueños.

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30 junio 2012 6 30 /06 /junio /2012 14:36

 

Hace algunos años, cuando estaba en el colegio, la vida era perfecta, simple y básica: estudiar de abril a diciembre, mas buenas notas yantes.jpg buen comportamiento, me aseguraba terminar antes de navidad mis clases y descansar sin preocupaciones durante todo el verano, sin cuestionamientos sobre qué haré el otro año, pues sabía de antemano que ocurriría exactamente lo mismo: volvería al colegio -una vez más- y el círculo comenzaría de nuevo. 

 

En mi colegio habían tres tipos de alumnos: los que odiaban el colegio y las clases, los que les gustaba las clases, pero no el colegio, y los que les gustaba el colegio, pero no las clases.  Sentirse identificado con alguno de estos tres grupos dependió mucho de la experiencia académica y social que cada uno vivió, por la cual debías buscar encajar en esa pequeña sociedad. Y si no te hacías encajar, pues te encajaban. Creo que yo pasé por las tres etapas, pero finalicé mis días de escolar gustándome más el colegio que las clases, pues con el pasar del tiempo disfrutaba menos de los cuadernos y más de la compañía de mis amigos, por la convivencia, las anécdotas  y las tonterías que hicimos y compartimos.  

 

Aún perteneciendo a un determinado perfil, dudo que muchos de nosotros en esos tiempos estuviésemos preocupados por qué hacer cuando termine el colegio. Eran tiempos de sosiego donde no pensabas en mañana seriamente. Sin embargo, encontrándome  a la mitad del último año de secundaria, comenzó a invadirme un extraño sentimiento de incertidumbre y preocupación sobre mi futuro inmediato, y esa incertidumbre hacia que ya no quisiera que el año terminara. Junto a mis amigos, fuimos testigos impotentes de cómo   como nuestra zona de comodidad se iba a resquebrajar con la cercanía del fin de clases, y las miradas juiciosas de nuestros padres y maestros -tratando de adivinar cómo acabarían nuestras vidas- ya empezaban a pasarnos la factura. 

 

Resignados entonces por el triste e inevitable desenlace, y luego de compartir una gran camaradería y complicidad en nuestro viaje de promoción, a mediados de noviembre de ese último año decidimos llevarnos un buen recuerdo de esa época que estaba por llegar a su fin. Fue entonces que, y como se acostumbraba en aquel entonces (no sé si ahora), entre compañeros escribimos en nuestras blancas camisas de colegio recuerdos, mensajes, dibujos y frases que inmortalizaran  el recuerdo de nuestra amistad. Mi camisa de colegio terminó totalmente llena de firmas y dedicatorias de la mayoría de mis amigos del salón del 5to B del colegio José Jiménez Borja, promoción 1996. Pero, y a diferencia de los demás, mi camisa no sólo estaba invadida de esos mensajes y frases, sino que además contenía algo que para mí la hacía diferente: en su bolsillo guardé una lista de asistencia de mi aula, correspondiente al último mes de clases. Me la había quedado de recuerdo a expensas de mi auxiliar de piso, y en ella estaban los nombres y apellidos de todos los chicos de mi salón, lo que me pareció útil pensando que quizá en un tiempo esa lista facilitaría contactarlos (en ese entonces no tenía idea que, gracias a las redes sociales, volvería a encontrar a mis amigos)

 

Mi camisa de colegio, tal cual estaba, sucia y garabateada, la guardé en una bolsa de plástico para evitar que se deteriore, y la guardé en el fondo de mi cajón de ropa. Con el pasar de los años ´la tela empezó a percudirse, y la tinta se fue difuminando en el fondo cada vez menos blanco de mi camisa; sin embargo, decidí mantenerla tal cual estaba, negándome a retocarla o lavarla. La atesoré con mucho cariño, y cada vez que me agarraba la nostalgia o me sentía triste por algo, sacaba mi camisa de su empaque y leía los mensajes que me habían dejado, y del bolsillo sacaba la lista de asistencia, y entonces me trasladaba a esa época, y podía imaginar y recordar mi salón de clases, recordaba dónde se sentaba cada uno de mis compañeros, y todas las anécdotas y momentos que pasé con cada uno de ellos. Eso me alegraba el día, y me proveía de una sensación de tranquilidad por la cual me sentía mucho mejor.

 

No sé cuando pasó, ni cómo. Supongo que en alguna de las mudanzas de habitación que tuve luego se quedó en algún cajón mi camisa. Lo cierto es que un día se me ocurrió buscarla y no la encontraba por ningún lado. Mi mamá no recordaba haberla visto, y mis hermanos menos. Un sentimiento de angustia me invadió por perder un artículo tan valioso para mí. Finalmente, y luego de una frenética búsqueda por toda la casa, la di por desaparecida. Un sentimiento de ausencia me invadió profundamente entonces, aunque tuve que resignarme al hecho de haberla perdido. De esto ya han pasado varios años; sin embargo, y de cuando en cuando, no dejo de revisar algunas cajas o ropa apilada que creo no haber revisado antes, tratando de encontrar mi camisa, pero ella y la lista de asistencia que con tanto esmeró guardé ya no están, y no hay nada que pueda hacer al respecto. Ese artículo es uno de los objetos que más siento haber perdido, pues el significado que tenía para mí lo hacía invalorable y estimado, aunque fuera un pedazo de tela amarilla garabateada.  

 

    En compensación a ello, últimamente veo más frecuentemente a mis amigos del colegio, y aunque han pasado años, reunirme con ellos me hace sentir que el tiempo no hubiera pasado, como si aún siguiéramos siendo los mismos, como si una conexión invisible, indivisible, mantuviera esos sentimientos de amistad y camaradería que forjamos en esos tiempos, y  eso, eso siempre será impagable.

despues 

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17 junio 2012 7 17 /06 /junio /2012 18:14

Desde hace casi cinco años, y desde que mi papá murió, mi día del padre tiene una mecánica distinta a lo que era antes. Hoy en día, el día del padre es levantarme temprano, desayunar e irme al cementerio Parque del Recuerdo de Lurín, donde mi viejo está enterrado.

 

Sin embargo, el día presenta algunas complicaciones. En primer lugar, y como todos los años, debo enfrentarme primero con el infernal tráfico que sólo en estos días se genera en los cementerios, con el absurdo precio con que los floristas ofertan sus rosas marchitas y con el estrés de, una vez adentro, encontrar un lugar para estacionar. De ahí, y luego de sortear a la gente, finalmente puedo llegar a su tumba, presentarle mis respetos y empezar con un ritual ya conocido: lavar el mármol seco por el sol, mientras arranco el pasto crecido alrededor de la lápida y preparo las flores que dejaré. Normalmente, este parque es un sitio apacible y reflexivo, pero días como hoy, no. En este punto es que empieza la otra parte de mi estrés. Yo llego conmovido y recogido a su tumba, con el respeto que el lugar reclama, pero últimamente percibo que ya no encajo en ese comportamiento con el resto de personas que también van al camposanto. Con los años veo más gente relajada, divertida, que llegan con su gaseosa, su comidita, sus cervecitas, ¡sus perritos! y se atoran de la risa producto de la comida y los tragos mientras miran cómo sus niños juegan mundo entre las lápidas de mármol del piso que aún no han sido visitadas. Con tamaña distracción, es difícil hilvanar una oración completa. A veces me digo si en verdad la gente va al cementerio a conmemorar y respetar el lugar donde descansan los huesos de aquellos que amaron, o es que están buscando una razón más para no quedarse en casa y salir a pasear en mancha, en familia. O es que acaso quieren justificar con el alcohol su melancolía y tristeza, de tal manera que los demás no los vean vulnerables y sensibles. Cada familia es una historia y cada historia es una experiencia diferente, por lo cual uno debe aprender a respetar la forma de expresar el duelo del otro, aunque ellos no respeten la tuya.

 

Finalmente pude limpiar su tumba mientras mi mamá traía agua para hidratar las flores. Mientras miraba su nombre en la loza, y como siempre me pasa, recordé otros días como éste cuando de niño los días previos al tercer domingo de junio demandaban preparación y esmero. Desde el nido hasta el sexto de primaria nos ilusionaba aprender la poesía para la actuación; llenábamos nuestras manos de témpera, goma, palitos de helado, papeles de colores, telas, pinzas, palitos de tejer, escarcha, tednopor y demás artilugios necesarios para esas manualidades, con la tierna idea de que nuestro esfuerzo se vería recompensado con la exhibición de nuestra obra en el escritorio de la sala, en la repisa del cuarto o en la oficina del trabajo de papá. Felizmente mi viejo nunca me rompió la burbujita y siempre prometía que mi portalapicero hecho con cono de papel higiénico y algodón humedecido en goma pintada adornaría el escritorio de su oficina. Las pocas veces que fui a su oficina nunca lo vi. Felizmente recién reparo en eso, pues me proveyó de una infancia feliz.

 

Cuando creces y ya no tienes excusa para seguir regalando manualidades siempre está tu mamá cómplice que te acompañará a comprar alguna cosita, por más pequeña que sea.Sin embargo, a estas alturas, comprarle un regalo a tu viejo resulta ser un engaña muchachos, pues la propina que te da tu papá sirve para su regalo; o sea, si uno más uno es dos y dos más dos es cuatro, te darás cuenta que –a buena cuenta- es como si tu papá te encargara que le compres algo. Sin embargo, vivir con el cómplice momento hace a todos felices: él se hará el sorprendido y tú seguirás comprándole regalos… con su dinero.

 

Luego llega tu independencia económica, y empiezas a generar tu propio dinero. Sabedor de tus nuevos ingresos individuales, tu papá esperará un gesto generoso de tu parte, aunque no lo diga ni lo manifieste. Mínimo lo sacarás a comer; aunque siempre es válido el viejo cuento de “todo está lleno hoy día” para que tu mamá, resignada, se saque el vestido de fiesta y prepare el consabido plato que a tu papá le encanta, y todos felices con la acertada –y económica- decisión.

 

Cómo escribí alguna vez, el regalo qué más emocionó a mi viejo fue su celular, que lo compramos con mis hermanos: el gadget más importante de la tecnología en sus manos era finalmente su sueño más escondido. Aparte de eso, no recuerdo exactamente qué es lo último que le regalé, pero espero que lo haya hecho feliz. Por otro lado, mi papá nunca se hacía problemas con los regalos y lo que le regalabas le gustaba, así que nunca sentí que me hubiera equivocado alguna vez en mi elección de sus regalos, lo que me hacía muy feliz, e ingenuo.

 

Feliz día papá. Te cuento que te hubiera encantado ver las carreras de caballos en un televisor full HD; no creerías todo lo que se puede guardar en una tarjeta SD y en los nuevos celulares. Te asombraría cómo ha avanzado la tecnología a como tú la conocías. Por otro lado, no te pierdes mucho de la selección de fútbol (por ese lado te envidio), y tu voto por Keiko seguramente hubiera sido agradecido, pero no recompensado. También te cuento que no he vuelto a ver a alguien en casa hacer huevos pasados, ni emocionarse tanto como cuando, a escondidas, te traía una pizza o una lasagna que te la comias con diligencia y prontitud, vale decir, te la comias en una! . Tampoco he visto a nadie tan terco que creyera que un artículo en desuso aún puede usarse como tú tan fervientemente creías. Aún tengo tu pipa en forma de pistola, y conservo la taza que usabas para tu café. De tu ropa no hubo mucho que rescatar, aunque conservo un saco que usabas y que me niego a botar.

 

Ya no hay manualidades ni adornos que hacer ni quien los reciba. Ya no hay regalos comprados con tu misma plata; ya no hay regalos que sorprendan, ni contratiempos para conseguirlos. Solo hay silencio en un día donde otros años se escuchaban murmullos tras la puerta antes de entrar y asaltar tu cama con regalos y declamaciones. Ya no hay salidas en familia para saludar a todos los otros que, como tú, estaban de fiesta. Pero la vida sigue, y ya me tocará pasar por eso. Espero hacerlo bien.

 

Creo que es lo que tú hubieras querido. Ojalá. Un abrazo a la distancia. Ahí nos vemos viejo.

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30 noviembre 2011 3 30 /11 /noviembre /2011 23:27

No me pidas que te escriba una carta diciendo las cosas que quisieras escuchar. Nunca he sido realmente bueno para decirte en su real dimensión las cosas que mereces escuchar porque no se expresarlas como lo haces tú.

Me pides que te exprese lo que siento y no soy exactamente la mejor expresión de lo que realmente siento. Entro en pánico, me asusto o me escondo… no sé que es en realidad, pues tengo una hoja en blanco que no puedo ni siquiera empezar a escribir. Tantas sensaciones y no tener la palabra indicada para describirlas es un dolor de cabeza pues no alcanza lo que quiero expresar y difícilmente llegaría a compararse con lo que siento o espero.

Definitivamente esta hoja en blanco no seguiría en blanco si fuera más fácil para mí expresarme de tal manera que te sientas reconfortada en mis palabras; si tinta o letras expresaran la exacta dimensión de mis emociones pues esta hoja en blanco al escribirla te acariciaría con la delicadeza de quien cuida un tesoro; besaría suavemente tu mejilla como una madre besaría por primera vez a su hijo;  te abrazaría con el calor de quien abraza al ausente, y te susurraría con cariño tiernas palabras hasta dejarte dormida. Y al despertar, escucharías nuevamente aquello que te arrulló en tu sueño pero con nuevas palabras, nuevas emociones.

Y sin embargo, aunque parezca mentira, esta hoja en blanco con la que me identifico es tal vez mejor prueba que un poema, pues dice mucho de mi imposibilidad de traducir en palabras lo que siento, como el decir que eres más importante para mí de lo que demuestro realmente. Y aunque sigo pensando como vencer mi propia capacidad para expresar lo que siento, a veces creo ser esta hoja en blanco, esperando dejar de ser una palabra pendiente para trascender en algo más importante: de una hoja en blanco sin contenido a un escrito que transmita tanto amor que quien fuera la destinataria no dudaría en guardarla por largo tiempo, atesorando el recuerdo del significado que le damos a las cosas importantes.

Y aún si pudiera escribirte con real dimensión lo que siento,  no quisiera quedarme sólo en palabras decoradas o frases rebuscadas, sino hacer que esas palabras no pierdan su  vigencia,  que no se marchiten como una flor madura o pierdan sus ganas como un beso postergado. Que el papel del que estoy hecho no se deteriore con el tiempo ni cambie su color. Que la tinta con la cual está escrito no se torne difusa, inelegible. En buena cuenta, que no pierda su esencia, su alma original. Y que el tiempo no transforme solo en palabras bonitas lo que está escrito en el papel del que estoy hecho, pues dichas sin sentido o sin emoción son vacías, inocuas. Quisiera que dichas palabras nos traigan al presente cada vez que las leas, y que se vuelvan vigentes a diario, emocionantes, impredecibles.

Por eso esta hoja sigue en blanco. Prefiero por tanto, que sepas que si bien no lleno esta hoja con las palabras que quisieras leer, o no escuchas de mis labios las palabras que quisiera escuchar, es porque de una u otra forma, te quiero pero necesito que me sigas tomando de la mano, y me guíes por los caminos que no he recorrido y desconozco, o que ya recorrí y me aterra volver a pasar. Porque definitivamente, si yo soy una hoja en blanco, tú debes ser la tinta que le de vida, sentido; por lo cual, si eres realmente tú quien me complementa, sabrás con el tiempo cómo escribir en mi corazón.

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19 junio 2011 7 19 /06 /junio /2011 13:26

 

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No sé si falte poco o mucho para que a mí me celebren el día del Padre. Pero mientras eso ocurre, hoy es un día algo nostálgico para mí. Atrás quedaron esos años buscando presentes, apreniendo poesías  o corriendo con los regalos de última hora, seguidos del dominical asalto tempranero al cuarto de mi papá para saludarlo y entregarle los únicos regalos que él apreciaba con especial esmero: ropa interior y casacas. Comprarle otro vestuario era una batalla perdida, ya que mi papá siempre se negó a la idea de dejar sus viejos pantalones de mezclilla y sus camisas antiguas. Aún cuando le regalábamos algún pantalón o camisa para que renueve su clóset,  rara vez se las ponía o reparaba en ellas. Cuando falleció y mudábamos su cuarto, nos reíamos con mi hermano de encontrar algunos de los regalos que le dimos aún envueltos en sus bolsas, ya que nunca llegó a usarlos. El último regalo al que le chuntamos y que lo emocionó como un niño fue cuando le dimos un teléfono móvil, el cual fue el último objeto de su afecto.

Cuando eres niño, y si has tenido la oportunidad de crecer con tu papá, él es para tí lo máximo. Sin embargo, con los años el comienza a pasar de ser tu héroe a volverse cada vez más humano, más de carne y hueso, con virtudes y defectos -algunos arraigados y otros adquiridos-; y a medida que tu creces y él envejece, empiezas a emitir juicios de valor y cuestionar aquellas cosas que aprecias y que censuras y entonces las cosas van cambiando. En mi caso, la marcada diferencia generacional con mi papá no nos permitió muchas veces alinear nuestra forma de pensar, lo que nos trajo muchas veces discusiones que ahora me parece fueron algo inútiles, cuando tal vez pude haber aprovechado nuestro tiempo juntos para conocerlo mejor, cosa que ahora evidentemente no puedo hacer.

Sin embargo, mientras fui niño mi papá siempre fue mi héroe. Fue mi héroe cuando llegaba con esas máquinas y artefactos que traía de su trabajo y que me parecían de otra dimensión. Fue mi héroe cuando me contaba que su brevete se lo dieron prácticamente antes de cumplir dieciocho años, cuando a esa edad vino manejando un camión de Cajamarca a Chiclayo y al llegar a la plaza de armas el alcalde se sorprendió que hubiera hecho tal hazaña él solo,  otorgándole un certificado de conductor tan pronto abrió el municipio. Fue mi héroe cuando me contaba que él se encargó de proveer por primera vez radiocomunicación entre los aviones y la torre de control de los aeropuertos en el país, volando con cada avión que salía para hacer las pruebas in situ. Fue mi héroe cuando debían operar a mi hermana en el Hospital del niño y ante la imposibilidad de hacerlo por los cortes constantes de luz de ese entonces, decidió desmantelar el equipo electrógeno del edificio donde trabajaba y llevarlo en una grúa para que los doctores operen a su hija. Fue mi héroe cuando nos contó que, a raíz del contrato de su empresa para instalar equipos de sonido, había conocido a Juan Pablo II en su visita al Perú, y que había recibido personalmente su bendición. Fue mi héroe cuando nos llevaba a escondidas a su trabajo a mi hermano y a mí para enseñarnos a usar lo que entonces era una absoluta novedad: las computadoras. Fue mi héroe cuando jugábamos ajedrez y nos ganaba en cinco jugadas o jugábamos cartas y él nos decía qué cartas teníamos cada uno en la última mano, pues las contaba con la exactitud de su entonces lucidez.

Lo que más recuerdo y guardo con absoluto cariño es cuando éramos niños y él llegaba a casa de trabajar. Mis hermanos y yo, ni bien escuchábamos la puerta, salíamos disparados de donde estuviéramos y corríamos cual tropel para alcanzarlo gritando como desaforados ¡llegó mi papáaa! Y él, nos esperaba en la puerta con los brazos abiertos y su sonora carcajada; y luego de abrazarnos, sacaba una esperada barra de halls de su bolsillo, la cual repartía entre nosotros con premura y afecto. Aún ahora cuando veo una barrita de halls recuerdo esos momentos, aunque nunca lo halla compartido con nadie.

Con el tiempo mi papá y nosotros cambiamos mucho, y con ello muchos buenos recuerdos fueron desvaneciéndose, y aún a pesar de muchos momentos entrañables, nuestras diferencias fueron cada vez más marcadas. Juzgarlo ahora sería egoísta. Pasé mucho tiempo antes de llegar a la conclusión que definitivamente nadie te da un manual para ser papá. Es en el camino que aprendes a serlo, con todos los errores y aciertos que tengas en ese camino. Y si tuviera que agradecerle una sola cosa entre todas, es que supo escogernos una buena mamá. Eso definitivamente compensa todo lo que no pudo hacer o decir, y es en buena cuenta el mejor motivo para recordar todo lo bueno que fue con nosotros, todas las alegrías y anécdotas, todas aquellas cosas que me hacen extrañarlo y dedicarle estas líneas, mientras miro el espacio donde estaba la vieja puerta de mi casa y trato de ir hacia atrás, y escucharlo llegar, abrir la puerta. Y me miro corriendo con mis hermanos a su encuentro, empujándonos para llegar primeros y recibir su abrazo y el caramelo que nos traía a diario mientras su sonora carcajada inundaba la casa por la alegría de ver a sus hijos recibirlo con renovada ilusión y afecto.

Viejo, feliz día del Padre. Espero que cuando sea papá mis hijos guarden el mejor recuerdo de mí como yo guardo el tuyo. Espero que cuando crezcan puedan estar orgullosos de su padre. Pero sobre todo, espero que sean buenas personas y que yo pueda descansar con la tranquilidad de saber que hice lo correcto. Y espero que, cuando deje este mundo y te encuentre de nuevo, me esperes con esa enorme sonrisa tuya, con tu sonora carcajada y con esa barrita de halls en la mano, como antaño, y nos abracemos por el tiempo que no nos hemos visto y por todo el que falta para encontrarnos. Un abrazo viejo. Descansa en paz.

Con cariño de tu hijo Rodolfo

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12 junio 2011 7 12 /06 /junio /2011 21:29

X pesxr que estx lxptop es nuevx y deberíx xndxr bxstxnte bien, últimxmente me estx generxndo un problemx. Unx de lxs teclxs, lx x, se hx mxlogrxdo. Llevo xlgunos díxs intentxndo hxcerlx funcionxr correctxmente. Lx desxrmé hxstx soltxrle lx teclx, pero xl xpretxrlx nuevxmente, quedx engxnchxdx y debo xpretxr unx teclx que lx reemplxce. Pxrx empeorxr lx situxción, no funcionx el corrector ortogrxfico. Por mxs que todxs lxs demxs teclxs funcionxn bien, no xlcxnzx: sólo unx que no xnde bien estxblece unx grxn diferencix.

 

Xdvierte cómo x pesxr de no poder usxr unx vocxl clxve, me hxgo entender, y como se hxn xcostumbrxdo x leer sin lx x, o mejor dicho, sin lx letrx que reemplxzx lx x. Imxginen si se me hubierx trxbxdo lx ñ o el xcento: ni se dxríxn cuentx, y lx fxllx de de lx lxptop pxsxríx inxdvertidx.

 

X veces, un grupo humxno, -un equipo- puede pxrecerse x estx lxptop cunxndo no todxs lxs personxs xctúxn xdecuxdxmente. Si el grupo funcionx xpropixdxmente, si sus roles son complementxrios hxcix lx consecución de un objetivo, y xlguno de ellos retirx o resiente su colxborxción hxcix el equipo, los restxntes deben, en lx medidx de sus posibilidxdes (e incluso, superxndo imposibilidxdes) hxcerse cxrgo de lxs txrexs y compromisos del que fxltx.

 

Cuxndo no hxgo mi pxrte de xlgo y los demxs se lxs ingenixn sin mí, uno tiende x pensxr: “Bien, yo soy xpenxs unx personx. Xl pxrecer mi xporte no consolidx ni rompe este grupo. Pxrece que pueden xrreglxrselxs bien sin mí”. Y esto me hxce dudxr que mi xporte sex necesxrio. O justifico con estx xfirmxción mi inxcción en ser pxrte de xlgo importxnte, cuxndo nosotros somos como lxs teclxs mxs importxntes de estx mxquinx: nuestro xporte es necsxrio y se esperx por lo cuxl nuestro compromiso mxs coherente para que todo mxrche como se esperx.

 

Por ello, lx próximx vez que crexs ser sólo unx personx mxs y que tu esfuerzo es txl vez innecesxrio, recuerdx lo que pxsx con estx mxquinx.

 

TODOS somos necesxrios si queremos hxcer un buen trxbxjo.

 

*adaptación de un viejo artículo

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29 mayo 2011 7 29 /05 /mayo /2011 12:52

temblor2.jpg 

Hace poco un simpático señor de acento y apellido portugués, -muy elocuente y bastante tremendista- pronosticó para mi linda y tres veces coronada villa de los Reyes una catástrofe de dimensiones colosales. No dijo “un temblor”. Dijo “EL” terremoto.

 

No sé si este amable señor es un charlatán o ve más allá de lo evidente, como Leono en los thundercats. Personalmente, respeto mucho a quienes viven del arte de la adivinación y sus oscuros derivados, y aunque sigo siendo escéptico en muchos de los casos, debo reconocer que algunas veces me han dejado muy sorprendido y en algunos casos, asustado. Aún así, pronosticar que morirá alguien importante o que habrá dentro de poco un desastre natural es como pronosticar que vendrá otro verano o volverá a ser navidad. Ser precisos en personas, eventos  o fechas es más complicado y he visto a muy pocos acertarle. El último gran adivino a quien agradecí todas sus predicciones fue el agradable pulpo paul en el último mundial de fútbol. Mi querido amigo Christian “lo peruano es mejor” perdió todas sus apuestas conmigo por creer en nuestro abanderado y peruanísimo cuy Jimmy, animalito que, con sus desacertadas predicciones, se acerca más a mi concepto sobre los adivinos y sus visiones.

 

Sin embargo, la conmoción ha sido recibida con cautela en mi casa. Cosa rara ya que esperaba tiendas de campaña y noches en sleeping, ya que recuerdo que las primeras noches desde el temblor del 2006  -vamos, aquí en Lima fue temblor- las chicas de mi familia dormían con el buzo puesto, prestas para salir corriendo al primer remezón. Comencé a observar con sorpresa botellas de agua en cada escalón de  la entrada de mi casa a las que atribuí su ubicación como un medio para espantar moscas, pero que no eran otra cosa que nuestras futuras reservas líquidas en caso se desate un terremoto en la ciudad. Las mochilas con ropa, comida en lata, linternas y curitas aparecieron en el  corredor, listas como mochila de soldado ante el primer remezón. Claro, el detalle que faltaba es que hay que revisarlos cada cierto tiempo, ya que como todo peruano, pasado el susto y relajados los controles el liquido en las botellas se puso verde, las pilas sulfataron las linternas y el atún tomó vida y salió corriendo dentro de su lata al haber mutado luego de su prolongado vencimiento.

 

 temblor.jpg.jpg

Guardar la calma en esas circunstancias no es nuestra mayor virtud para nosotros los peruanos. No sé si sea totalmente cierto que es la falta de preparación. Hay a veces un espíritu arraigado de desorden y pánico heredado para el que ningún simulacro te prepara. Nadie espera que te muevan el piso y salgas tranquilo como si tocaran el timbre y supieras quien es. Ni bien hay un temblor -por pequeño que sea- hordas de madres devastadas se agolpan en las puertas de los colegios reclamando a sus hijos, salimos a las calles para ver como quedó el barrio y comentar dónde nos agarró, nos dan libre lo que queda del día en muchos trabajos y a los pocos días se programa un simulacro en el que -pasado el susto- muy pocos participan.  Algunos lo podemos tomar con mucha serenidad pero a otros joder! Abran paso pa correr!!

 

A pesar que un evento natural es siempre preocupante y hay que tomarlo con mucha responsabilidad, a veces sucede tan rápido que no te das cuenta de lo que pasa. Yo recuerdo vivamente en mi niñez a mi mamá sacándome de mi cama cuando la tierra se movía llevándonos hasta a dos hijos por brazo. Con el tiempo –y hasta hace poco- mi mamá y mi tía perfeccionaron su sistema anti temblores y se repartieron las responsabilidades espirituales: Empezado el remezón, agarraban al más próximo y nos sacaban de los cuartos a todos,  y en un santiamén nos agolpaban bajo alguna columna de la casa, donde hasta al perro se acurrucaba. Eso sí, todos juntos eh! Que si nos morimos nos encuentren a todos bajo la misma columna. Y mientras una gritaba diez padres nuestros en cinco segundos la otra se encargaba a viva voz de recitar las plegarias recetadas para aplacar la tierra“¡aplaca tu ira Señor!” “Aún no Señor!!”  Todo esto sucedía tan rápido que a nosotros nos angustiaba lo desgarrador de tales rezos y ruegos, mientras en la habitación del fondo, mi papá –que nunca se movía de donde estaba- se mataba de la risa del temblor, como retándolo a que lo saque de su cama.

 

Algunas veces el temblor me sorprendió en el colegio. Siempre lo había tomado con mucha tranquilidad (quería emular a mi viejo) pero a veces no podía. Recuerdo claramente que una vez, estando en secundaria, se sintió un sacudón y yo, casi como reflejo y acercándome bastante a la agilidad de mi mamá, salí disparado a la puerta del salón. Cuando abrí la puerta en franca solidaridad y arrojo para que los demás escaparan de las garras de la naturaleza, me encontré con que yo era el único de pie al lado de la puerta. Tratando de minimizar la vergüenza, tuve que improvisar y lance lo que tenía en los bolsillos al tacho que estaba al lado, y regresé a mi sitio.

 

El último gran temblor en Lima me sorprendió en el trabajo. Para mi mala suerte mi oficina se ubicaba en una antigua casona de adobe y quincha, y con el pasar de los segundos se empezó a mover de un lado a otro como había escuchado sólo se movían las casonas antiguas, con lo cual la puerta de metal se atascó. Cuando al fin pudimos salir, se fue la luz en toda la zona mientras la tierra se seguía moviendo. Hasta ahí la gente gritaba y se abrazaba, pero cuando de pronto el cielo resplandeció en la oscura noche empecé a asustarme. Para algunos transeúntes parecía que aquel resplandor inusual no era otra cosa que el aviso del fin, pues muchos se arrodillaron o se tiraron al piso repitiendo las mismas frases  de mi tía y mi mamá, pidiéndole a Dios que aplacara su ira, que no se los lleven, que los perdone, etc. En la confusión yo pensaba: cómo no estoy con mi familia… claro, la del egoísta que si se va a morir, se quiere morir con toda la familia. Al menos los que integrábamos mi oficina no entramos en pánico y luego de cerrar todo pude volver a mi casa, sin luz ni teléfono, donde mi papá, aún cuando ya se encontraba enfermo y sin poder hablar, se mataba de la risa por el temblor, mientras su enfermero al lado, obligado por mi hermano a quedarse junto a mi papá cuando se aprestaba a salir disparado, aún seguía privado del susto.

 

A pocas cuadras mi mamá se encontraba en su trabajo con una sorprendente tranquilidad hasta que, una vez que el cielo resplandeció, una de las monjas con  las que trabajaba le tocó el hombro y acercándose a su oído le dijo “Hilda, es el fin”.  Que te lo diga cualquier persona se puede tomar como un comentario propio del temor, pero que esa frase la escuches de una religiosa con la tranquilidad de quien espera el fin es como avisarte que te prepares a ver desfilar a los jinetes del apocalipsis o que ahorita se abren las tumbas y vuelve Cristo. Nunca le pregunté cómo tomo esa frase, pero supongo que multiplicaron y aceleraron sus padres nuestros y ave marías por los hijos que, al parecer, no volvería a ver.

 

Felizmente no fue el fin para Lima pero tristemente si para muchos en el sur, que lamentablemente no fueron auxiliados con eficiencia y eficacia, y hasta ahora no pueden recuperarse, material ni espiritualmente de tal calamidad. Vivimos en una ciudad que hace cuarenta años no sufre de un sismo de gran intensidad, con lo cual no somos conscientes de lo frágiles que somos, no sólo en la precaria infraestructura que nos rodea actualmente, sino también en la tarea de prevención. Cambiamos un caño no cuando gotea sino cuando la gotera se convierte en chorro, cambiamos el interruptor no cuando está quiñado sino cuando ya está roto o nos pasa electricidad y reparamos el carro no cuando está sonando sino cuando se revienta y no anda más. Y eso son solo ejemplos domésticos, ya que si hablara como barrio, comunidad o país los esfuerzos son aún más limitados.

 

Así que, queramos o no, pronosticado o de improviso, deberíamos prepararnos de una vez. Yo por mi parte, voy a chequear si mi mochila de campaña está al día, si no tengo productos vencidos y verificar que mi perro no se halla comido otra vez la bolsa de mis galletas field que siempre guardo y que siempre desaparecen en su estómago.

 

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14 mayo 2011 6 14 /05 /mayo /2011 01:42

Hay personas que solo saben decirte lo mal que haces las cosas buenas y lo bien que haces las cosas malas. Hay personas que buscan un solo defecto tuyo para estigmatizarte, marcarte o señalarte. Que esperan des un traspié para tener una excusa para recalcar lo mal que vas. Las que te recuerdan y reprochan los errores pasados (y perdonados). Basta una palabra mal dicha u otra mal interpretada para prejuzgarte o adelantar opinión, de tal manera que puedan decir que tenían razón sobre ti, que aquella idea que habían escuchado o elaborado sobre ti es real o tangible.

 

Y es por ello que a veces nos la pasamos jugando para la tribuna. Haciendo o diciendo cosas que sabemos le gustarán a los demás, tomando actitudes y comportamientos que nos darán más aceptación y menos rechazo. Y dejamos de ser auténticos por ser como los demás quieren que seamos, perdiendo aquello que nos hace ser diferente, y por tanto, nosotros mismos.  Y nos pasa con los amigos, con la familia, con nuestra pareja. Una cosa es aprender a ceder y conciliar y otra muy distinta es dejar de ser “yo” para tratar de ser un poco más “tu”. ¿Y porqué mejor no dejas de ser "tu" para ser mas "yo"??.  El tema es que no necesitamos dejar de ser nosotros mismos sólo para  ser lo que los demás esperan que seamos. Ser un poco más "tu" parte del fin en sí mismo de cualquier sociedad que es el bien común, la adaptación a las necesidades del otro, aprendiendo a ceder, y tambien a otorgar. Pero sin dejar nuestra esencia, aquello que nos hace diferentes. 

  

Yo creo que aquél que más te dice que estas mal, que no vas a cambiar, es justamente quien, consciente o inconscientemente, te lo dice para no aceptar que también se habla a sí mismo. Aquel que te recuerda aquello que hiciste mal aún cuando ya no lo hagas, lo dice porque no perdona aquello que suponía superado; o cree difícil que puedas cambiar.

 

Todos sabemos cuánto nos equivocamos. Pocos lo aceptamos, y muy pocos hacemos algo al respecto. Pero, aunque hay personas que mejoran o empeoran pero no cambian, también las hay que aprenden de sus errores, que necesitan caer para ver desde abajo lo que es realmente importante en la vida. Y cambian. No tanto por los demás, sino por uno mismo. Y cuando alguien que quieres o que crees que te conoce te dice que sigues igual, que no cambias, pues como que te desalienta un poco, te sientes en una carrera en círculos, como si hubieras vuelto al punto de partida, a pesar de haber hecho el trajín. 

  

Leí alguna vez la historia de una muchacha que toda ella era un problema, y toda su vida le habían hecho sentir que sólo la querrían cuando cambiara. Pero a pesar de sus esfuerzos por ser mejor, cada caída la volvía más impenetrable. Hasta que una vez alguien le dijo: “No cambies si no quieres. Yo te quiero y siempre voy a quererte, al margen de que cambies o no. Te quiero  porque lo que siento trasciende lo que eres, y lo convierte en lo que representas para mí”. Y, como si estas palabras abrieran automáticamente una puerta que siempre estuvo cerrada, ella se supo, en su imperfección, querida. Y cambió.

 

Yo tenía hasta hace poco un jefe bastante ortodoxo –léase pegado a la antigua- y con un estilo de dirección que no coincidía en nada con el mío. Sin embargo, tengo que reconocer que él, a pesar de que muchos le decían que su método estaba desfasado, nunca se dejó intimidar por esos comentarios. Era tan auténtico que le importaba poco lo que pensaran de él mientras fuera íntegro y honesto, y era feliz así. Por ello, a pesar de no coincidir en algunas cosas con él, se ganó mi admiración y respeto.

 

Hay personas que solo saben decirte lo mal que haces las cosas buenas y lo bien que haces las cosas malas. Pero depende de ti y solo de ti darte cuenta de esa diferencia escondida, de quien te lo dice porque necesita que te sigas sintiendo el de antes, o porque realmente necesitas un cambio drástico en tu vida. Escucha en tu interior y sabrás la respuesta. A veces también nos equivocamos y nos llevamos por lo externo, sin percibir nuestro interior. A veces necesitamos decirle al otro que es imperfecto para evitar escuchar nuestra voz interior que nos dice exactamente lo mismo. La mejor manera de saber de que estamos hechos es aceptando nuestras fortalezas y debilidades, y frecuentando amigos verdaderos y sinceros, alejándonos de los adulones y aprovechados, que en buena cuenta siempre te dirán que eres el mejor mientras les seas útil.

 

No magnifiquemos los defectos ni minimicemos los esfuerzos del otro. Tampoco dejemos que lo hagan con nosotros. Lo importante es que seas feliz contigo mismo y hagas feliz al mundo regalándole tu presencia y compañía. Todos cargamos nuestra vida en nuestras propias manos; si estando llenas algo se me cae, no quiero que sólo me digas que algo se me cayó... me ayudarías mas si me ayudaras a recoger aquello que estoy perdiendo. Y si ves que en mi carga hay algo que no necesito o que puedo prescindir, dímelo con sinceridad mientras me ayudas a retirarlo; aún cuando tus manos también estuvieran llenas... pues a pesar de cargar nuestra propia vida, la carga compartida siempre es mas ligera.

 

A pesar de los tropiezos y los aciertos que tengamos, quiero que me digas lo bien que puedo mejorar lo malo y lo mal que haría en dejar lo bueno que hay en mi.

 

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30 enero 2011 7 30 /01 /enero /2011 21:24

Maria Ventocilla Cámara es, probablemente, una de las últimas grandes vecinas que hubo en mi barrio, el pasaje García Calderón, ubicado en el centro de Lima. Y no era solo por ser la mas antigua vecina, sino que además tiene un extraordinario don de gente. Maruja –como le dicen- no se casó ni tuvo hijos y tal vez decidió no tenerlos porque pensaría que sería egoísta dedicarle su vida a unos pocos que ofrecerla a enseñar e instruir a muchos mas en su profesión de educadora.

La señorita Maruja tiene 91 años, y se encontró de pronto con que había pasado toda una vida. Y al ver tras de sí los fructíferos años acumulados llegó a la conclusión que era tiempo de replegarse y descansar en la paz y la tranquilidad de una casa de reposo, lugar donde piensa pasar sus últimos años de vida. Esta decisión no fue fácil para ella, cuya fe y fortaleza marcaron la vida de esta pequeña calle del centro de Lima, que no volverá a ver regularmente su andar pausado, su voz cálida y su mirada sincera, llena de ese amor que sólo pueden irradiar aquellos que se sienten en paz consigo mismos.

Yo la conozco desde siempre. Tenaz educadora, doctora en educación, Maestra Cum-Laude, con Palmas Magisteriales y grandes reconocimientos en su fructífera vida académica, tanto como la de su hermana Carmen, con quien vivió toda su vida y que falleció el año pasado, y a quien siempre recuerdo con el mismo cariño y admiración. Ambas vivían en una de  las casas más bonita de mi cuadra, la casa verde con jardin en la entrada y un frondoso árbol lanzando ramas hacia la calle brindando frescura y sombra a quien pasara por allí.  Era una casa con  ese aire Victoriano de las casas de antaño, de una Lima señorial que alguna vez fue y que definitivamente no volverá a ser. Fue justamente en aquella casa que abrieron un colegio inicial llamado Santa Anita, el cual albergó por muchos años a la mayoría de chicos de mi generación, de las anteriores y de las siguientes, incluidos mis hermanos y yo. Aún recuerdo con cariño el uniforme de cuadritos verde y blanco, a las hermanas ventocilla recibiendo a los niños saludando a cada uno por su nombre, y cuando entraban al salón haciéndonos cantar “Jesusito de mi vida, eres niño como yo”

En el barrio muchos les decían “madrinas”, y creo que no necesariamente lo eran, solo que todos les teniamos mucho cariño y respeto. Y en esos años que las conocí también eran fervientes devotas de su fe e infaltables asistentes al rezo del rosario y la misa matinal en la Iglesia de mi barrio, La Recoleta. Miembros fundadores de la Asociación de Los Sagrados Corazones, eran una autoridad en materia de fe, tanto así que hasta los sacerdotes acudían a ellas para despejar alguna duda. Y lo mas bonito de todo, es que no solamente practicaban su fé en la teoría, sino también en la práctica, apoyando no sólo espiritualmente sino a veces hasta económicamente a mucha gente, con un celo e indicación estricta de no comentarlo, aunque muchas veces no pudieron evitar que suceda, pues la caridad y el amor desinteresado son virtudes que no pasan desapercibidas.

Los años, tristemente, pasan inexorablemente. Nos brindan la oportunidad de ganar experiencia mientras envejecen nuestros huesos. A medida que las hermanas Ventocilla veían como pasaban los años e iban envejeciendo, también veían como cambiaba el entorno en el que vivieron por tanto tiempo: los vecinos, las costumbres, la educación que impartieron. Fueron testigos de la transformación de una Lima que habían conocido tan linda y que ahora era tan gris, tan desordenada, tan extraña a la que ciudad en la que habían crecido. Pero aún así, ellas estaban orgullosas de todo cuanto podían y aún en los momentos difíciles nunca perdieron su entusiasmo.

Las hermanas Ventocilla fueron inseparables todos los años que Dios les regaló juntas hasta que su querido Jesús mando llamar por Carmen hace un año. Vivir una vida completa al lado de una persona que ya no está llenó la casa de recuerdos y supongo que una de las razones por las cuales Maruja decidió vender aquella casa grande que tantos buenos momentos guardaba en sus paredes y donde siempre se había respirado de a dos.  Cuando nos enteramos que se iría a una casa de reposo y que había vendido su casa fue como sentir que una parte de tu historia se iba con esa decisión.

En la parroquia le organizaron una misa de despedida por su partida, donde estuvimos mucha gente que la estimamos y queremos. Al final de la ceremonia, la señorita Maruja tomó la palabra. Agradecía a Dios por su vida, y por las personas que había conocido en el camino y por las cuales se sentía tan querida. Luego citó al artista Miguel Angel, quien alguna vez dijo que, a veces, las cosas más bellas no son las más complejas, sino las más sencillas, y con ello hablaba de lo orgullosa y feliz que estaba del lugar donde vivió, recordándonos que, a diferencia de otras ciudades del país y del mundo, esta es la ciudad de los reyes, la cuna de grandes santos, y en toda ella refulge y respira fe, aunque no lo notemos, y que es esa fe la que no debemos perder, no solo en el plano religioso o espiritual, sino también en nosotros mismos.

Es esa fe la que mantuvo su firmeza y carácter  todos estos años, y por la cual ahora se va, dejando un gran vacío y sentido afecto por parte de todas las personas que la conocemos y que estallamos en un gran aplauso al final de su discurso, en el atril del viejo templo de La Recoleta, Iglesia que la vio llegar tantas veces durante tantos años y que ahora la despedía con un sentido hasta luego, ese hasta luego de corazón que sólo se sabe dar a las personas que son realmente extraordinarias, como lo es ella.

Yo solo sé que la voy a echar de menos Srta Ventocilla. Vaya usted con Dios y que la acompañe siempre, porque se lo merece, pues hace falta mas personas como usted en este mundo para lograr que sea un mejor lugar para vivir.

Hasta siempre.

Rodolfo

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Presentación

  • : al final de la calle
  • : Bueno, a mi me gusta, ojala a ustedes. Es un espacio donde escribo algunas historias personales, reales algunas y otras sazonadas, así como pensamientos y algunos extractos de cartas y viejas libretas que me pareció interesante compartir.
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