Thursday 1 december 2011 4 01 /12 /Dic /2011 05:27

No me pidas que te escriba una carta diciendo las cosas que quisieras escuchar. Nunca he sido realmente bueno para decirte en su real dimensión las cosas que mereces escuchar porque no se expresarlas como lo haces tú.

Me pides que te exprese lo que siento y no soy exactamente la mejor expresión de lo que realmente siento. Entro en pánico, me asusto o me escondo… no sé que es en realidad, pues tengo una hoja en blanco que no puedo ni siquiera empezar a escribir. Tantas sensaciones y no tener la palabra indicada para describirlas es un dolor de cabeza pues no alcanza lo que quiero expresar y difícilmente llegaría a compararse con lo que siento o espero.

Definitivamente esta hoja en blanco no seguiría en blanco si fuera más fácil para mí expresarme de tal manera que te sientas reconfortada en mis palabras; si tinta o letras expresaran la exacta dimensión de mis emociones pues esta hoja en blanco al escribirla te acariciaría con la delicadeza de quien cuida un tesoro; besaría suavemente tu mejilla como una madre besaría por primera vez a su hijo;  te abrazaría con el calor de quien abraza al ausente, y te susurraría con cariño tiernas palabras hasta dejarte dormida. Y al despertar, escucharías nuevamente aquello que te arrulló en tu sueño pero con nuevas palabras, nuevas emociones.

Y sin embargo, aunque parezca mentira, esta hoja en blanco con la que me identifico es tal vez mejor prueba que un poema, pues dice mucho de mi imposibilidad de traducir en palabras lo que siento, como el decir que eres más importante para mí de lo que demuestro realmente. Y aunque sigo pensando como vencer mi propia capacidad para expresar lo que siento, a veces creo ser esta hoja en blanco, esperando dejar de ser una palabra pendiente para trascender en algo más importante: de una hoja en blanco sin contenido a un escrito que transmita tanto amor que quien fuera la destinataria no dudaría en guardarla por largo tiempo, atesorando el recuerdo del significado que le damos a las cosas importantes.

Y aún si pudiera escribirte con real dimensión lo que siento,  no quisiera quedarme sólo en palabras decoradas o frases rebuscadas, sino hacer que esas palabras no pierdan su  vigencia,  que no se marchiten como una flor madura o pierdan sus ganas como un beso postergado. Que el papel del que estoy hecho no se deteriore con el tiempo ni cambie su color. Que la tinta con la cual está escrito no se torne difusa, inelegible. En buena cuenta, que no pierda su esencia, su alma original. Y que el tiempo no transforme solo en palabras bonitas lo que está escrito en el papel del que estoy hecho, pues dichas sin sentido o sin emoción son vacías, inocuas. Quisiera que dichas palabras nos traigan al presente cada vez que las leas, y que se vuelvan vigentes a diario, emocionantes, impredecibles.

Por eso esta hoja sigue en blanco. Prefiero por tanto, que sepas que si bien no lleno esta hoja con las palabras que quisieras leer, o no escuchas de mis labios las palabras que quisiera escuchar, es porque de una u otra forma, te quiero pero necesito que me sigas tomando de la mano, y me guíes por los caminos que no he recorrido y desconozco, o que ya recorrí y me aterra volver a pasar. Porque definitivamente, si yo soy una hoja en blanco, tú debes ser la tinta que le de vida, sentido; por lo cual, si eres realmente tú quien me complementa, sabrás con el tiempo cómo escribir en mi corazón.

Por Rodolfo M Rodriguez - Publicado en: pensamientos
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Sunday 19 june 2011 7 19 /06 /Jun /2011 20:26

 

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No sé si falte poco o mucho para que a mí me celebren el día del Padre. Pero mientras eso ocurre, hoy es un día algo nostálgico para mí. Atrás quedaron esos años buscando presentes, apreniendo poesías  o corriendo con los regalos de última hora, seguidos del dominical asalto tempranero al cuarto de mi papá para saludarlo y entregarle los únicos regalos que él apreciaba con especial esmero: ropa interior y casacas. Comprarle otro vestuario era una batalla perdida, ya que mi papá siempre se negó a la idea de dejar sus viejos pantalones de mezclilla y sus camisas antiguas. Aún cuando le regalábamos algún pantalón o camisa para que renueve su clóset,  rara vez se las ponía o reparaba en ellas. Cuando falleció y mudábamos su cuarto, nos reíamos con mi hermano de encontrar algunos de los regalos que le dimos aún envueltos en sus bolsas, ya que nunca llegó a usarlos. El último regalo al que le chuntamos y que lo emocionó como un niño fue cuando le dimos un teléfono móvil, el cual fue el último objeto de su afecto.

Cuando eres niño, y si has tenido la oportunidad de crecer con tu papá, él es para tí lo máximo. Sin embargo, con los años el comienza a pasar de ser tu héroe a volverse cada vez más humano, más de carne y hueso, con virtudes y defectos -algunos arraigados y otros adquiridos-; y a medida que tu creces y él envejece, empiezas a emitir juicios de valor y cuestionar aquellas cosas que aprecias y que censuras y entonces las cosas van cambiando. En mi caso, la marcada diferencia generacional con mi papá no nos permitió muchas veces alinear nuestra forma de pensar, lo que nos trajo muchas veces discusiones que ahora me parece fueron algo inútiles, cuando tal vez pude haber aprovechado nuestro tiempo juntos para conocerlo mejor, cosa que ahora evidentemente no puedo hacer.

Sin embargo, mientras fui niño mi papá siempre fue mi héroe. Fue mi héroe cuando llegaba con esas máquinas y artefactos que traía de su trabajo y que me parecían de otra dimensión. Fue mi héroe cuando me contaba que su brevete se lo dieron prácticamente antes de cumplir dieciocho años, cuando a esa edad vino manejando un camión de Cajamarca a Chiclayo y al llegar a la plaza de armas el alcalde se sorprendió que hubiera hecho tal hazaña él solo,  otorgándole un certificado de conductor tan pronto abrió el municipio. Fue mi héroe cuando me contaba que él se encargó de proveer por primera vez radiocomunicación entre los aviones y la torre de control de los aeropuertos en el país, volando con cada avión que salía para hacer las pruebas in situ. Fue mi héroe cuando debían operar a mi hermana en el Hospital del niño y ante la imposibilidad de hacerlo por los cortes constantes de luz de ese entonces, decidió desmantelar el equipo electrógeno del edificio donde trabajaba y llevarlo en una grúa para que los doctores operen a su hija. Fue mi héroe cuando nos contó que, a raíz del contrato de su empresa para instalar equipos de sonido, había conocido a Juan Pablo II en su visita al Perú, y que había recibido personalmente su bendición. Fue mi héroe cuando nos llevaba a escondidas a su trabajo a mi hermano y a mí para enseñarnos a usar lo que entonces era una absoluta novedad: las computadoras. Fue mi héroe cuando jugábamos ajedrez y nos ganaba en cinco jugadas o jugábamos cartas y él nos decía qué cartas teníamos cada uno en la última mano, pues las contaba con la exactitud de su entonces lucidez.

Lo que más recuerdo y guardo con absoluto cariño es cuando éramos niños y él llegaba a casa de trabajar. Mis hermanos y yo, ni bien escuchábamos la puerta, salíamos disparados de donde estuviéramos y corríamos cual tropel para alcanzarlo gritando como desaforados ¡llegó mi papáaa! Y él, nos esperaba en la puerta con los brazos abiertos y su sonora carcajada; y luego de abrazarnos, sacaba una esperada barra de halls de su bolsillo, la cual repartía entre nosotros con premura y afecto. Aún ahora cuando veo una barrita de halls recuerdo esos momentos, aunque nunca lo halla compartido con nadie.

Con el tiempo mi papá y nosotros cambiamos mucho, y con ello muchos buenos recuerdos fueron desvaneciéndose, y aún a pesar de muchos momentos entrañables, nuestras diferencias fueron cada vez más marcadas. Juzgarlo ahora sería egoísta. Pasé mucho tiempo antes de llegar a la conclusión que definitivamente nadie te da un manual para ser papá. Es en el camino que aprendes a serlo, con todos los errores y aciertos que tengas en ese camino. Y si tuviera que agradecerle una sola cosa entre todas, es que supo escogernos una buena mamá. Eso definitivamente compensa todo lo que no pudo hacer o decir, y es en buena cuenta el mejor motivo para recordar todo lo bueno que fue con nosotros, todas las alegrías y anécdotas, todas aquellas cosas que me hacen extrañarlo y dedicarle estas líneas, mientras miro el espacio donde estaba la vieja puerta de mi casa y trato de ir hacia atrás, y escucharlo llegar, abrir la puerta. Y me miro corriendo con mis hermanos a su encuentro, empujándonos para llegar primeros y recibir su abrazo y el caramelo que nos traía a diario mientras su sonora carcajada inundaba la casa por la alegría de ver a sus hijos recibirlo con renovada ilusión y afecto.

Viejo, feliz día del Padre. Espero que cuando sea papá mis hijos guarden el mejor recuerdo de mí como yo guardo el tuyo. Espero que cuando crezcan puedan estar orgullosos de su padre. Pero sobre todo, espero que sean buenas personas y que yo pueda descansar con la tranquilidad de saber que hice lo correcto. Y espero que, cuando deje este mundo y te encuentre de nuevo, me esperes con esa enorme sonrisa tuya, con tu sonora carcajada y con esa barrita de halls en la mano, como antaño, y nos abracemos por el tiempo que no nos hemos visto y por todo el que falta para encontrarnos. Un abrazo viejo. Descansa en paz.

Con cariño de tu hijo Rodolfo

Por Rodolfo M Rodriguez - Publicado en: recuerdos
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Monday 13 june 2011 1 13 /06 /Jun /2011 04:29

X pesxr de que estx lxptop es totxlmente modernx y deberíx xndxr bxstxnte bien, últimxmente me estx generxndo un problemx. Unx de lxs teclxs, lx x, se niegx x responder x mi dedo meñique. Llevo xlgunos díxs intentxndo hxcerlx funcionxr correctxmente. Lx desxrmé hxstx soltxrle lx teclx, pero xl xpretxrlx nuevxmente, quedx engxnchxdx y debo xpretxr unx teclx que lx reemplxce. Por mxs que todxs lxs demxs teclxs funcionxn bien, no xlcxnzx: sólo unx que no xnde bien estxblece unx grxn diferencix.

 

Xdvierte cómo a pesxr de no poder usxr unx vocxl clxve, me hxgo entender, y como se hxn xcostumbrxdo x leer sin lx x, o mejor dicho, sin lx letrx que reemplxzx lx x. Imxginen si se me hubierx trxbado lx ñ o el xcento: ni se dxríxn cuentx, y lx fxllx de de lx lxptop pxsxríx inxdvertidx.

 

X veces, un grupo humxno, -un equipo- puede pxrecerse x estx lxptop cunxndo no todxs lxs personxs xctúxn xdecuxdxmente. Si el grupo funcionx xpropixdxmente, si sus roles son complementxrios hxcix lx consecución de un objetivo, y xlguno de ellos retirx o resiente su colxborxción hxcix el equipo, los restxntes deben, en lx medidx de sus posibilidxdes (e incluso, superxndo imposibilidxdes) hxcerse cxrgo de lxs txrexs y compromisos del que fxltx.

 

Cuxndo no hxgo mi pxrte de xlgo y los demxs se lxs ingenixn sin mí, uno tiende x pensxr: “Bien, yo soy xpenxs unx personx. Xl pxrecer mi xporte no consolidx ni rompe este grupo. Pxrece que pueden xrreglxrselxs bien sin mí”. Y esto me hxce dudar que mi xporte sex necesxrio. O justifico con estx xfirmxción mi inxcción en ser pxrte de xlgo importxnte, cuxndo nosotros somos como lxs teclxs mxs importxntes de estx mxquinx: nuestro xporte es necsxrio y se esperx por lo cuxl nuestro compromiso mxs coherente para que todo mxrche como se esperx.

 

Lx fxltx de mi xporte mxrcx unx grxn diferencix entre cuxndo xporto y cuando no. Necesito ser consciente que ser pxrte de xlgo encierrx unx grxn responsxbilidad, y que asumirlx es necesxrio si queremos logrxr xlgo en nuestrx vidx.

 

Lx próximx vez que crex ser sólo unx personx mxs y que mi esfuerzo es innecesario, puedo recordxr lo que me pxsx con estx mxquinx cuyxs 42 teclxs xlgunx vez respondieron correctxmente x su función. Por lo txnto, debemos sxber y entender que TODOS somos necesxrios si queremos hxcer un buen trxbxjo.

 

*adaptación de un viejo artículo

Por Rodolfo M Rodriguez - Publicado en: pensamientos
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Sunday 29 may 2011 7 29 /05 /May /2011 19:52

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Hace poco un simpático señor de acento y apellido portugués, -muy elocuente y bastante tremendista- pronosticó para mi linda y tres veces coronada villa de los Reyes una catástrofe de dimensiones colosales. No dijo “un temblor”. Dijo “EL” terremoto.

 

No sé si este amable señor es un charlatán o ve más allá de lo evidente, como Leono en los thundercats. Personalmente, respeto mucho a quienes viven del arte de la adivinación y sus oscuros derivados, y aunque sigo siendo escéptico en muchos de los casos, debo reconocer que algunas veces me han dejado muy sorprendido y en algunos casos, asustado. Aún así, pronosticar que morirá alguien importante o que habrá dentro de poco un desastre natural es como pronosticar que vendrá otro verano o volverá a ser navidad. Ser precisos en personas, eventos  o fechas es más complicado y he visto a muy pocos acertarle. El último gran adivino a quien agradecí todas sus predicciones fue el agradable pulpo paul en el último mundial de fútbol. Mi querido amigo Christian “lo peruano es mejor” perdió todas sus apuestas conmigo por creer en nuestro abanderado y peruanísimo cuy Jimmy, animalito que, con sus desacertadas predicciones, se acerca más a mi concepto sobre los adivinos y sus visiones.

 

Sin embargo, la conmoción ha sido recibida con cautela en mi casa. Cosa rara ya que esperaba tiendas de campaña y noches en sleeping, ya que recuerdo que las primeras noches desde el temblor del 2006  -vamos, aquí en Lima fue temblor- las chicas de mi familia dormían con el buzo puesto, prestas para salir corriendo al primer remezón. Comencé a observar con sorpresa botellas de agua en cada escalón de  la entrada de mi casa a las que atribuí su ubicación como un medio para espantar moscas, pero que no eran otra cosa que nuestras futuras reservas líquidas en caso se desate un terremoto en la ciudad. Las mochilas con ropa, comida en lata, linternas y curitas aparecieron en el  corredor, listas como mochila de soldado ante el primer remezón. Claro, el detalle que faltaba es que hay que revisarlos cada cierto tiempo, ya que como todo peruano, pasado el susto y relajados los controles el liquido en las botellas se puso verde, las pilas sulfataron las linternas y el atún tomó vida y salió corriendo dentro de su lata al haber mutado luego de su prolongado vencimiento.

 

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Guardar la calma en esas circunstancias no es nuestra mayor virtud para nosotros los peruanos. No sé si sea totalmente cierto que es la falta de preparación. Hay a veces un espíritu arraigado de desorden y pánico heredado para el que ningún simulacro te prepara. Nadie espera que te muevan el piso y salgas tranquilo como si tocaran el timbre y supieras quien es. Ni bien hay un temblor -por pequeño que sea- hordas de madres devastadas se agolpan en las puertas de los colegios reclamando a sus hijos, salimos a las calles para ver como quedó el barrio y comentar dónde nos agarró, nos dan libre lo que queda del día en muchos trabajos y a los pocos días se programa un simulacro en el que -pasado el susto- muy pocos participan.  Algunos lo podemos tomar con mucha serenidad pero a otros joder! Abran paso pa correr!!

 

A pesar que un evento natural es siempre preocupante y hay que tomarlo con mucha responsabilidad, a veces sucede tan rápido que no te das cuenta de lo que pasa. Yo recuerdo vivamente en mi niñez a mi mamá sacándome de mi cama cuando la tierra se movía llevándonos hasta a dos hijos por brazo. Con el tiempo –y hasta hace poco- mi mamá y mi tía perfeccionaron su sistema anti temblores y se repartieron las responsabilidades espirituales: Empezado el remezón, agarraban al más próximo y nos sacaban de los cuartos a todos,  y en un santiamén nos agolpaban bajo alguna columna de la casa, donde hasta al perro se acurrucaba. Eso sí, todos juntos eh! Que si nos morimos nos encuentren a todos bajo la misma columna. Y mientras una gritaba diez padres nuestros en cinco segundos la otra se encargaba a viva voz de recitar las plegarias recetadas para aplacar la tierra“¡aplaca tu ira Señor!” “Aún no Señor!!”  Todo esto sucedía tan rápido que a nosotros nos angustiaba lo desgarrador de tales rezos y ruegos, mientras en la habitación del fondo, mi papá –que nunca se movía de donde estaba- se mataba de la risa del temblor, como retándolo a que lo saque de su cama.

 

Algunas veces el temblor me sorprendió en el colegio. Siempre lo había tomado con mucha tranquilidad (quería emular a mi viejo) pero a veces no podía. Recuerdo claramente que una vez, estando en secundaria, se sintió un sacudón y yo, casi como reflejo y acercándome bastante a la agilidad de mi mamá, salí disparado a la puerta del salón. Cuando abrí la puerta en franca solidaridad y arrojo para que los demás escaparan de las garras de la naturaleza, me encontré con que yo era el único de pie al lado de la puerta. Tratando de minimizar la vergüenza, tuve que improvisar y lance lo que tenía en los bolsillos al tacho que estaba al lado, y regresé a mi sitio.

 

El último gran temblor en Lima me sorprendió en el trabajo. Para mi mala suerte mi oficina se ubicaba en una antigua casona de adobe y quincha, y con el pasar de los segundos se empezó a mover de un lado a otro como había escuchado sólo se movían las casonas antiguas, con lo cual la puerta de metal se atascó. Cuando al fin pudimos salir, se fue la luz en toda la zona mientras la tierra se seguía moviendo. Hasta ahí la gente gritaba y se abrazaba, pero cuando de pronto el cielo resplandeció en la oscura noche empecé a asustarme. Para algunos transeúntes parecía que aquel resplandor inusual no era otra cosa que el aviso del fin, pues muchos se arrodillaron o se tiraron al piso repitiendo las mismas frases  de mi tía y mi mamá, pidiéndole a Dios que aplacara su ira, que no se los lleven, que los perdone, etc. En la confusión yo pensaba: cómo no estoy con mi familia… claro, la del egoísta que si se va a morir, se quiere morir con toda la familia. Al menos los que integrábamos mi oficina no entramos en pánico y luego de cerrar todo pude volver a mi casa, sin luz ni teléfono, donde mi papá, aún cuando ya se encontraba enfermo y sin poder hablar, se mataba de la risa por el temblor, mientras su enfermero al lado, obligado por mi hermano a quedarse junto a mi papá cuando se aprestaba a salir disparado, aún seguía privado del susto.

 

A pocas cuadras mi mamá se encontraba en su trabajo con una sorprendente tranquilidad hasta que, una vez que el cielo resplandeció, una de las monjas con  las que trabajaba le tocó el hombro y acercándose a su oído le dijo “Hilda, es el fin”.  Que te lo diga cualquier persona se puede tomar como un comentario propio del temor, pero que esa frase la escuches de una religiosa con la tranquilidad de quien espera el fin es como avisarte que te prepares a ver desfilar a los jinetes del apocalipsis o que ahorita se abren las tumbas y vuelve Cristo. Nunca le pregunté cómo tomo esa frase, pero supongo que multiplicaron y aceleraron sus padres nuestros y ave marías por los hijos que, al parecer, no volvería a ver.

 

Felizmente no fue el fin para Lima pero tristemente si para muchos en el sur, que lamentablemente no fueron auxiliados con eficiencia y eficacia, y hasta ahora no pueden recuperarse, material ni espiritualmente de tal calamidad. Vivimos en una ciudad que hace cuarenta años no sufre de un sismo de gran intensidad, con lo cual no somos conscientes de lo frágiles que somos, no sólo en la precaria infraestructura que nos rodea actualmente, sino también en la tarea de prevención. Cambiamos un caño no cuando gotea sino cuando la gotera se convierte en chorro, cambiamos el interruptor no cuando está quiñado sino cuando ya está roto o nos pasa electricidad y reparamos el carro no cuando está sonando sino cuando se revienta y no anda más. Y eso son solo ejemplos domésticos, ya que si hablara como barrio, comunidad o país los esfuerzos son aún más limitados.

 

Así que, queramos o no, pronosticado o de improviso, deberíamos prepararnos de una vez. Yo por mi parte, voy a chequear si mi mochila de campaña está al día, si no tengo productos vencidos y verificar que mi perro no se halla comido otra vez la bolsa de mis galletas field que siempre guardo y que siempre desaparecen en su estómago.

 

Por Rodolfo M Rodriguez - Publicado en: recuerdos
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Saturday 14 may 2011 6 14 /05 /May /2011 08:42

Hay personas que solo saben decirte lo mal que haces las cosas buenas y lo bien que haces las cosas malas. Hay personas que buscan un solo defecto tuyo para estigmatizarte, marcarte o señalarte. Que esperan des un traspié para tener una excusa para recalcar lo mal que vas. Las que te recuerdan y reprochan los errores pasados (y perdonados). Basta una palabra mal dicha u otra mal interpretada para prejuzgarte o adelantar opinión, de tal manera que puedan decir que tenían razón sobre ti, que aquella idea que habían escuchado o elaborado sobre ti es real o tangible.

 

Y es por ello que a veces nos la pasamos jugando para la tribuna. Haciendo o diciendo cosas que sabemos le gustarán a los demás, tomando actitudes y comportamientos que nos darán más aceptación y menos rechazo. Y dejamos de ser auténticos por ser como los demás quieren que seamos, perdiendo aquello que nos hace ser diferente, y por tanto, nosotros mismos.  Y nos pasa con los amigos, con la familia, con nuestra pareja. Una cosa es aprender a ceder y conciliar y otra muy distinta es dejar de ser “yo” para tratar de ser un poco más “tu”. ¿Y porqué mejor no dejas de ser "tu" para ser mas "yo"??.  El tema es que no necesitamos dejar de ser nosotros mismos sólo para  ser lo que los demás esperan que seamos. Ser un poco más "tu" parte del fin en sí mismo de cualquier sociedad que es el bien común, la adaptación a las necesidades del otro, aprendiendo a ceder, y tambien a otorgar. Pero sin dejar nuestra esencia, aquello que nos hace diferentes. 

  

Yo creo que aquél que más te dice que estas mal, que no vas a cambiar, es justamente quien, consciente o inconscientemente, te lo dice para no aceptar que también se habla a sí mismo. Aquel que te recuerda aquello que hiciste mal aún cuando ya no lo hagas, lo dice porque no perdona aquello que suponía superado; o cree difícil que puedas cambiar.

 

Todos sabemos cuánto nos equivocamos. Pocos lo aceptamos, y muy pocos hacemos algo al respecto. Pero, aunque hay personas que mejoran o empeoran pero no cambian, también las hay que aprenden de sus errores, que necesitan caer para ver desde abajo lo que es realmente importante en la vida. Y cambian. No tanto por los demás, sino por uno mismo. Y cuando alguien que quieres o que crees que te conoce te dice que sigues igual, que no cambias, pues como que te desalienta un poco, te sientes en una carrera en círculos, como si hubieras vuelto al punto de partida, a pesar de haber hecho el trajín. 

  

Leí alguna vez la historia de una muchacha que toda ella era un problema, y toda su vida le habían hecho sentir que sólo la querrían cuando cambiara. Pero a pesar de sus esfuerzos por ser mejor, cada caída la volvía más impenetrable. Hasta que una vez alguien le dijo: “No cambies si no quieres. Yo te quiero y siempre voy a quererte, al margen de que cambies o no. Te quiero  porque lo que siento trasciende lo que eres, y lo convierte en lo que representas para mí”. Y, como si estas palabras abrieran automáticamente una puerta que siempre estuvo cerrada, ella se supo, en su imperfección, querida. Y cambió.

 

Yo tenía hasta hace poco un jefe bastante ortodoxo –léase pegado a la antigua- y con un estilo de dirección que no coincidía en nada con el mío. Sin embargo, tengo que reconocer que él, a pesar de que muchos le decían que su método estaba desfasado, nunca se dejó intimidar por esos comentarios. Era tan auténtico que le importaba poco lo que pensaran de él mientras fuera íntegro y honesto, y era feliz así. Por ello, a pesar de no coincidir en algunas cosas con él, se ganó mi admiración y respeto.

 

Hay personas que solo saben decirte lo mal que haces las cosas buenas y lo bien que haces las cosas malas. Pero depende de ti y solo de ti darte cuenta de esa diferencia escondida, de quien te lo dice porque necesita que te sigas sintiendo el de antes, o porque realmente necesitas un cambio drástico en tu vida. Escucha en tu interior y sabrás la respuesta. A veces también nos equivocamos y nos llevamos por lo externo, sin percibir nuestro interior. A veces necesitamos decirle al otro que es imperfecto para evitar escuchar nuestra voz interior que nos dice exactamente lo mismo. La mejor manera de saber de que estamos hechos es aceptando nuestras fortalezas y debilidades, y frecuentando amigos verdaderos y sinceros, alejándonos de los adulones y aprovechados, que en buena cuenta siempre te dirán que eres el mejor mientras les seas útil.

 

No magnifiquemos los defectos ni minimicemos los esfuerzos del otro. Tampoco dejemos que lo hagan con nosotros. Lo importante es que seas feliz contigo mismo y hagas feliz al mundo regalándole tu presencia y compañía. Todos cargamos nuestra vida en nuestras propias manos; si estando llenas algo se me cae, no quiero que sólo me digas que algo se me cayó... me ayudarías mas si me ayudaras a recoger aquello que estoy perdiendo. Y si ves que en mi carga hay algo que no necesito o que puedo prescindir, dímelo con sinceridad mientras me ayudas a retirarlo; aún cuando tus manos también estuvieran llenas... pues a pesar de cargar nuestra propia vida, la carga compartida siempre es mas ligera.

 

A pesar de los tropiezos y los aciertos que tengamos, quiero que me digas lo bien que puedo mejorar lo malo y lo mal que haría en dejar lo bueno que hay en mi.

 

Por Rodolfo M Rodriguez - Publicado en: pensamientos
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